La comparecencia del presidente del Gobierno sobre el asunto del espionaje a líderes independentistas sólo ha tenido un objetivo real: responsabilizar a la directora del CNI del espionaje a Pere Aragonés y de los supuestos fallos de seguridad que provocaron la intervención de su propio teléfono y los de algunos de sus ministros.

Empleó mucho tiempo Pedro Sánchez en hacerle un traje al PP, la corrupción, las cloacas, Kitchen… para decir que él no es como ellos. Y, al final, utilizó su intervención para anunciar cambios en el CNI, encaminados a dotar al Centro de más transparencia. Como si fuera esa, la falta de transparencia, el principal problema de nuestros servicios secretos.

Pero la esencia, lo importante de la comparecencia del presidente fueron dos afirmaciones:

1º El Gobierno no tiene ninguna responsabilidad en las «decisiones operativas del CNI».

2º Ha habido «un fallo de seguridad» en los servicios secretos.

Es decir, que Sánchez nunca supo qué teléfonos de independentistas se habían intervenido; o sea, que se enteró por los periódicos de que el móvil de Pere Aragonés había sido controlado por el CNI. Y, en segundo lugar, que el hecho de que su teléfono haya sido hackeado representa un agujero de seguridad del que es responsable la directora del CNI.

De esa forma, Sánchez ha vuelto a mezclar dos asuntos que no tienen nada que ver: la intervención de los teléfonos de 18 personas por el CNI con autorización del juez del Tribunal Supremo, con el hackeo de su teléfono y los de los ministros de Defensa, Interior y Exteriores, atribuibles a una potencia extranjera, presumiblemente Marruecos.

Sánchez dio ayer un argumento a republicanos e independentistas para sostener la existencia de «cloacas» al sostener que la decisión de espiar a Aragonés fue adoptada por el CNI sin consultarle

Había que mezclarlo todo para dar sustento a la destitución de Paz Esteban al frente del CNI. La cabeza de la jefa de los servicios secretos fue entregada a ERC para recuperar su apoyo parlamentario, pero como no se podía justificar por el espionaje, justificado y autorizado legalmente, a los líderes independentistas, se buscó el subterfugio de los «fallos de seguridad» para cargársela. No se puede ser más vil y maquiavélico.

ERC, pese a todo, no se da por satisfecha con la destitución de Esteban. Quiere más. Rufián amenazó al presidente con retirarle el apoyo parlamentario una vez más, y arrojó dudas sobre el uso que hizo el Gobierno de las escuchas a Aragonés, «justo cuando negociaba la investidura» de Pedro Sánchez.

Lo que se ha evidenciado en esta sesión parlamentaria es la soledad del presidente del Gobierno, que mantiene sus cada vez más exigentes apoyos sólo sobre la base de que la alternativa sería aún peor para ellos. Y, lo que es peor, que Sánchez es capaz de debilitar a los servicios secretos, destituyendo a su directora y reconociendo que una potencia extranjera ha accedido a sus conversaciones y datos, con el único fin de dar satisfacción a un partido político que lo que pretende es debilitar al estado porque su objetivo es la independencia de Cataluña.

Con la argumentación dada ayer, Sánchez, sin pretenderlo, ha dado a ERC, a JxC, a Podemos y a Bildu razones más que sobradas para sostener que existen unas «cloacas» que controlan las fuerzas de seguridad y los servicios secretos. Porque al afirmar Sánchez que no se enteró de que Aragonés y los otros 17 independentistas fueron espiados está admitiendo que el CNI y su destituida directora actuaron por cuenta propia, saltándose la propia ley del Centro, que lo hace depender directamente del presidente.