A Pedro Sánchez no le gusta que le abucheen. Es natural. Pero en él, la aversión a verse rechazado se ha convertido en enfermiza. El presidente del «gobierno de la gente» no concibe ser insultado por la gente.

Cuando puede, Sánchez evita el contacto directo con la calle, porque allá donde va siempre hay un grupo más o menos numeroso dispuesto a aguarle la fiesta.

Pero lo sucedido ayer antes del comienzo del desfile del 12 de octubre en el Paseo de la Castellana de Madrid supera todo lo imaginable. El presidente hizo esperar a don Felipe y a doña Letizia en el coche oficial para coincidir con ellos y, de esa forma, evitar la pitada que en Moncloa daban por segura.

La pitada, el abucheo, se ha producido pese a todo. Eso sí, con el Rey y la Reina presentes y con cara de circunstancias. Al presidente del Gobierno no le ha importado colocar al Jefe del Estado en esa desagradable tesitura con tal de amortiguar la protesta de una parte de los asistentes al desfile.

Pitar al presidente es una falta de respeto, algo que no se debe hacer. Pero el presidente, como todo hombre público, tiene que asumir que el riesgo existe y debería hacerle frente con naturalidad. Incluso con una sonrisa. A veces, desde Moncloa nos critican a los periodistas por dar publicidad a ese tipo de actos; «son un grupo de fachas», dicen. ¡Cuánto les gustaría poner sordina a las portadas de los informativos!

No ha sido una anécdota. Sino, más bien, una muestra de la forma de entender el poder del presidente, que no ha tenido empacho en hacerles compartir a los Reyes unos pitidos que iban dirigidos sólo a él

Sin embargo, lo sucedido este 12 de octubre cobra un valor simbólico. El presidente ha usado al Rey como parapeto para evitarse un abucheo. Es una particular forma de entender el papel de las instituciones y, en este caso, de la Corona, que debe estar por encima de cualquier artimaña política. Bastante tiene Felipe VI con la herencia que le ha tocado como para tener que hacer de escudo de otros.

Sánchez tiene una manera de ejercer el poder que le distingue de todos sus antecesores, ya sean de derechas o de izquierdas. Es, con mucho, el más presidencialista de todos los presidentes de Gobierno que ha tenido nuestro país desde la muerte de Franco. Experto en mandar por decreto ha construido una mayoría parlamentaria variopinta que se sustenta sólo para evitar que el PP o la derecha lleguen al poder. Es inteligente, porque sobre su debilidad ha construido su fuerza.

Con la mayoría más exigua que ha tenido nunca un partido en el gobierno, pretende manejar todos los resortes del Estado con mucho menos control que otros gobiernos con mayorías absolutas.

Ha aprovechado la torpeza del PP -muchas de las cosas que ahora suceden en el mundo de la Justicia no ocurrirían de no haber sido por aquel infame mensaje de Cosidó– para fabricar la tesis de que la derecha quiere seguir controlando el CGPJ, el Supremo y el Constitucional. Todo el lío de la renovación del CGPJ sólo encierra la obsesión del presidente por controlar el Tribunal de Garantías. Si la jugada le sale bien, sólo quedará el Supremo como último valladar de la independencia del poder judicial.

Yo no sé si son fachas los que le pitan a Sánchez. Si son un grupo organizado que le persigue por doquier. Pero me da la impresión que el enfado que suscita, el rechazo, lo que ha provocado que las encuestas le sean adversas a pesar de sus esfuerzos por darles la vuelta, no tiene que ver con que sea de izquierdas, con que sea del PSOE, no. Más bien es porque la gente, mucha gente, piensa que Sánchez es capaz de cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder.

Por eso lo de ayer en el desfile tiene trascendencia. Es la constatación de la falta de escrúpulos de Sánchez, que no ha tenido reparo en ampararse en la figura del Rey para ahorrarse unos pitos o unos insultos. Esa convicción, cada vez más generalizada. es la clave de su incapacidad para ser apreciado y querido por una amplia mayoría de españoles.