Cuando David Cameron llegó al poder en mayo de 2010, después de 12 largos años en la oposición bajo la sombra del laborismo de Tony Blair y Gordon Brown, pocos podrían creer la catástrofe en la que se acabarían encontrando los tories 12 años más tarde: de pasar a representar el rigor en la gestión económica y fiscal, con ciertos toques de apertura en cuestiones sociales, al caos y la sensación de vergüenza pública que en estas horas transmite la formación política que más ha gobernado el Reino Unido desde la Segunda Guerra Mundial. Más apabullante es si se tiene en cuenta que el Partido Conservador goza de una amplia mayoría absoluta conseguida en las elecciones de diciembre de 2019. 

La dimisión de Liz Truss pone punto y final al que, sin duda, pasará a la historia como el peor gobierno de la historia contemporánea del país: encarnando un proyecto económico cuyo propósito consistía en beneficiar a las rentas más altas bajo el azote de la peor inflación en 40 años, seguido de una rápida crisis en los mercados de deuda y en humillantes rectificaciones públicas a golpe de realidad, que acabaron por destruir su poca autoridad política.

La nueva batalla por la sucesión – la cuarta en seis años-, puede agravar más las disensiones internas, al polarizar el grupo parlamentario y la militancia entre los que pretenden imponer un candidato con capacidad de gestión y capaz de arreglar el estropicio causado por Truss – léase Rishi Sunak o Penny Mourdant– y los que creen – sentimiento de buena parte de la militancia y los votantes- que es hora de traer de vuelta a Boris Johnson, al haber aceptado muy a regañadientes que el Partygate fuera motivo suficiente para expulsarlo del cargo.

Si se imponen Sunak o Mourdant, deben ser conscientes que van a pilotar el partido en una situación de extrema debilidad y con un público profundamente hostil que les pedirá elecciones al no tolerar el sainete de cambios de primer ministro sin pasar por las urnas; si se impone Boris, parte del grupo parlamentario que propició su caída le hará la vida imposible y a pesar de ser el político más carismático de su generación y tener la posibilidad de reconectar otra vez con parte de la base electoral, es dudoso que la opinión pública general le perdone a corto plazo el bochorno público del Partygate.

La situación de la formación es bastante crítica: todos los sondeos coinciden en señalar una diferencia de alrededor de 30 puntos a favor del Partido Laborista, con la percepción que ahora mismo, es el party-in-waiting, es decir, que solo tienen que esperar a las próximas elecciones para que Keir Starmer sea el nuevo inquilino de Downing Street.

Por increíble que parezca ahora, los tories deberían haber tenido una hegemonía política garantizada durante otra década con el tipo de victoria que obtuvieron hace tres años»

Por increíble que parezca ahora, los tories deberían haber tenido una hegemonía política garantizada durante otra década, con el tipo de victoria que obtuvieron hace tres años: una coalición de clases medias, conservadores fiscales y segmentos de población empobrecidos, unidos por cierto conservadurismo entorno a la inmigración, el Brexit y sin miedo a invertir en el NHS o los servicios públicos. Una coalición electoral que paradójicamente, bebía del votante laborista de toda la vida y les dejaba arrinconados en las grandes urbes de Inglaterra a modo de aldea gala. En cosa de menos de tres años, han dinamitado toda esta argamasa, a base de escándalos y especialmente, después haber auspiciado un giro reaganiano en la visión económica, estructurado por el ala más a la derecha del partido nostálgica de la revolución neoliberal de Thatcher, pero que nadie más allá de ellos había pedido. 

La duda principal es si el daño infligido primero por Boris y especialmente – el más grave de ellos- por la incompetencia de Truss, es de carácter estructural. Si así fuese, está claro que el reemplazo por otro líder solamente intensificará la sensación de rumbo a la deriva, de un Partido llamado a ser el de la responsabilidad por defecto. Sirva como ejemplo la encuesta publicada ayer por Savanta ComRes, donde el 60% cree que es imposible que un nuevo líder conservador pueda ganar la confianza del electorado, frente a un 27% que sí lo cree, lo que demuestra los niveles de escepticismo de los británicos ante otro cambio de liderazgo en el Gobierno, el tercero en tres años.

Otra posibilidad es que el cambio de líder, junto con la vuelta formal al conservadurismo de una sola nación y la recuperación por el camino las promesas del Brexit (el control de la inmigración, la más importante), sirva para conseguir reducir drásticamente la diferencia abismal con el laborismo y reorientar el rumbo de la nave, como mínimo, elevando la fidelidad de voto de aquellos que votaron a los tories en 2019 –dato que, en las encuestas más recientes, ha colapsado por debajo del 40%-. 

Lo más elocuente, dado el grado de ingobernabilidad que demuestra el propio grupo parlamentario, sería ir a unas elecciones generales, al ser constitucionalmente incapaz el Parlamento de generar y apoyar un Gobierno estable. Incluso en la hipótesis que un nuevo líder consiguiese estabilizar la situación y recortar moderadamente con el laborismo que, por primera vez desde hace una década, es visto como el partido que mejor puede manejar la economía o la inmigración, lo tendrá difícil para replicar los esquemas tradicionales de los conservadores en unas elecciones que tarde o temprano, acabarán llegando. 


Tian Baena es politólogo.