Un buen amigo interrumpe mi lectura de los diarios a media mañana de un domingo gris y desapacible. Es un mensaje de whatsapp: «Aplicando la ley trans de Irene Montero, si la princesa Sofía quisiera hacerle la puñeta a su hermana mayor, no tendría más que declararse hombre y mandaría a Leonor al paro, al convertirse en sucesora legítima de la Corona».

Justo estaba leyendo un artículo serio y bien trabajado de El País (Guía para no perderse en el debate sobre la ‘ley trans’) cuando esta broma un tanto distópica me situó ante la gran contradicción que supone que una ley permita a adolescentes de 16 años, sin ningún tipo de aval médico o autorización de cualquier tipo, cambiar de sexo y solicitar el DNI y el pasaporte con la nueva identidad, y, al mismo tiempo, esté en vigor una Constitución que estipula en su artículo 57 la prevalencia del «varón a la mujer» a la hora de establecer la línea sucesoria a la Corona. Sofía sólo tendría que esperar al mes de abril, cuando cumple 16 años, para solicitar el cambio de sexo, sin permiso de sus padres, y someter así a nuestra vapuleada institución a un nuevo y demoledor seísmo.

Desde luego, la Constitución y la llamada ley trans son incompatibles. La Carta Magna tendría que haber sido revisada hace tiempo. No se puede sostener que el varón tenga más derechos que la mujer por el simple hecho de serlo. Si la Monarquía quiere pervivir tiene que eliminar ese requisito sucesorio trasnochado, y los grandes partidos, si quieren que el Rey (o la Reina) siga siendo el Jefe/a del Estado, deberían ponerse ya manos a la obra para eliminar ese dislate.

El PSOE aceptará finalmente la autodeterminación de género a los 16 años en la ley trans, lo que hace posible que un cambio de sexo altere la sucesión a la Corona

La ley trans, que tanto debate ha provocado no sólo entre la derecha y la izquierda, sino en el seno del feminismo, no habla para nada de intervenciones quirúrgicas o medicación para cambiar de sexo, pero si establece un principio que es el que ha generado mayor controversia: la libre determinación del género a una edad muy temprana, los 16 años, sin ningún tipo de filtro.

Lo sensato sería que algo tan importante como cambiar de sexo, siempre que no haya un informe médico o psicológico que así lo aconseje, tuviera como mínimo el listón de los 18 años, como ocurre ahora para poder o votar o para obtener el permiso de conducir. Esa objeción no tiene que ver nada con la ideología, sino con la sensatez.

La mayoría de los testimonios de psiquiatras y médicos especialistas señalan que en la adolescencia se producen crisis de identidad y cambios constantes de opinión. Sería mejor esperar, vigilar y, en todo caso, ayudar a los jóvenes en esa autodefinición y, desde luego, no crear ningún tipo de discriminación o sentimiento de culpa en los que manifiesten su voluntad de cambiar de sexo.

El sexo no puede considerarse como algo subjetivo. Es bastante objetivo. Se puede cambiar de sexo, pero permitir que la autodeterminación pueda llevarse a cabo cada seis meses y sin límite es una aberración, al margen de la inseguridad jurídica que plantea.

Por no hablar de la llamada «violencia intragénero» (violencia entre parejas del mismo sexo), que se equipara en el texto actual de la ley trans a la violencia machista, echando por tierra uno de los elemento definitorios del feminismo clásico, que ha llevado a establecer una legislación específica más dura para delitos de violencia cometidos por hombres sobre las mujeres.

La cuestión es que el Ministerio de Igualdad no quiere cambiar el texto de la ley, ahora en tramitación en el Congreso, a pesar de las protestas públicas y ruidosas de destacadas feministas socialistas. Hay un cisma en el PSOE, pero UP tiene la sartén por el mango porque nos encontramos en la fase final de la aprobación de los Presupuestos y Sánchez no se puede permitir un revolcón de su coaligado. Por eso el presidente ha optado por una solución salomónica: no se tocará la autodeterminación de género, pero sí la «violencia intragénero», como informaba en El Independiente Juanma Romero.

Es muy probable que, finalmente, Montero trague con esta componenda. Finalmente, UP se apuntará un tanto que será aplaudido por el colectivo trans. Un triunfo político a apuntar en su lista para las próximas elecciones.

Pero la nueva ley convertirá en legal un disparate: no sólo establecerá la subjetividad del sexo, sino que la autodeterminación sobre el mismo se puede llevar a cabo, sin ningún filtro, a una edad -16 años- en la que, por lo general, uno tiene pocas cosas claras.

Así que, tras los trámites pertinentes, será posible, aunque reconozco que improbable, que, como plantea mi amigo, un cambio de sexo pueda modificar la sucesión a la Corona.