El presidente del Gobierno sabe que la derogación del delito de sedición tiene un coste electoral en toda España para el PSOE, exceptuando Cataluña, donde el PSC crece con la llamada «política de desinflamación».

También lo saben el presidente de la Junta de Castilla La Mancha, Emiliano García Page, y el presidente de Aragón, Javier Lambán, que se han distanciado oportunamente de la medida para evitar que la derecha les aparte del poder en las elecciones del próximo mes de mayo.

Lo sabe hasta Patxi López, que justifica la reforma del Código Penal para buscar el bien de la gente, «no los votos».

Pero, como bien sabe López, son los votos, los de ERC en el Congreso, los que han obligado a Pedro Sánchez a dar este nuevo volantazo para contentar al independentismo.

Sánchez espera que el tiempo, con las Navidades de por medio, sirva para que los electores se olviden de esta nueva cesión ante los que quisieron, y dicen que lo volverán a intentar, romper España. El presidente utiliza todo tipo de argumentos para autojustificarse. Como hizo en la entrevista de La Sexta y ayer en la de La Vanguardia, esgrime su apoyo a la aplicación del artículo 155 de la Constitución, como prueba de que él no cederá ante los intentos secesionistas. Sin pretenderlo, cae en su propia trampa: ¿cómo compaginar una decisión tan grave, que significó la destitución del Gobierno de la Generalitat, la disolución del Parlamento de Cataluña y la asunción por parte de los ministerios del Gobierno central de todas las competencias de la autonomía, con la calificación de los hechos que la provocaron como simples altercados del orden público? Algo no encaja. Y, por mucho que pase el tiempo, lo que diga el Supremo en su juicio de revisión será importante, como también lo que diga la Fiscalía cuando tenga que acusar a Carles Puigdemont por lo que sucedió en 2017. Es decir, que el asunto traerá cola y la derecha, si lo sabe hacer, tiene aquí materia suficiente como para que el PSOE vuelva a situarse en los sondeos por debajo de los 100 escaños.

Pero el presidente es un experto en moverse en la cuerda floja y va a poner todo su empeño para que la izquierda, toda la izquierda, sume un escaño más que la derecha en las elecciones generales del año que viene. Por eso le preocupa tanto la división, la guerra abierta entre Pablo Iglesias y Yolanda Díaz. También ha incidido en la necesidad de la unidad de esa izquierda en las dos entrevistas en los medios citados.

El presidente quiere que su ministra de Trabajo pacte una candidatura de unidad con Podemos, para evitar que la división provoque la derrota del bloque progresista en la próximas elecciones

El fundador de Podemos ha decidido abandonar su tribuna como simple tertuliano para dar la batalla a fondo para que su formación lidere el bloque de la izquierda a la izquierda del PSOE. Iglesias ha vuelto. Y lo ha hecho en su estilo, marcando terreno, sin medias tintas, llamando al pan pan y al vino vino. Cuando en la Universidad de otoño de la formación pidió «respeto» a Yolanda Díaz lo que, en realidad, le estaba exigiendo es que se olvide de situarse por encima de los partidos y sea consciente de que, o bien le da a Podemos un papel predominante en Sumar, o bien habrá dos candidaturas en las próximas elecciones. Y ahí es donde aparece Irene Montero, a la que ya se refieren algunos militantes morados como ‘Presidenta’.

Sánchez es consciente que un descalabro de la extrema izquierda es lo peor que le podría pasar. Otra gallo cantaría si el PSOE estuviera al borde de la mayoría en las encuestas. Porque entonces, él mismo les echaría una mano al cuello. Pero no es así. Va a necesitar como el agua los escaños de esa izquierda a la que, en el fondo, desprecia.

Dicen fuentes bien informadas que Sánchez le ha pedido a su ministra de Trabajo que sea «generosa» y que se siente con Pablo Iglesias, con el que no conversa en serio desde hace prácticamente un año. Como sucede siempre en estos casos, las diferencias no son programáticas (aunque a Podemos no le sentó un pelo que Díaz respaldara con entusiasmo a Ucrania frente a Rusia), sino de nombres y de cargos.

La vicepresidenta, que sigue muy bien valorada en las encuestas, quiere que Podemos sea el grupo telonero de su espectáculo. Díaz quiere a gente suya o de Errejón en los primeros lugares de cabeza de las listas, dejando para los de Podemos las migajas, esos puestos en los que salir es casi un milagro. Por eso Iglesias le pide «un respeto».

Así que ahí tenemos al presidente del Gobierno, preocupado por el efecto de la derogación del delito de sedición, y por la disputa abierta entre los líderes de la izquierda alternativa, tratando de poner paz, ejerciendo de hermano mayor, poniendo en valor los «logros» del gobierno de coalición. ¡Quién lo iba a decir hace tres años! De no poder dormir por tener a Iglesias en el Gobierno a no poder dormir porque Yolanda Díaz no quiera ni verle, cuando hasta no hace mucho eran amigos inseparables. La política hace efímero el cariño.