Opinión

Sánchez, Moratinos y el Sáhara

Miguel Ángel Moratinos.

Miguel Ángel Moratinos. EP

Desde que el pueblo español tuviera conocimiento del cambio de postura del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sobre la vía para solucionar el conflicto del Sáhara Occidental, surgió una pregunta: ¿Quién está detrás de ese apoyo a la autonomía dentro de Marruecos como la base «más seria, creíble y realista» para solucionar un «diferendo» que lleva más de cuarenta y cinco años enturbiando las relaciones entre España y Marruecos?

Para responder a esta pregunta, acudiremos a la hemeroteca y al Archivo Documental del prestigioso Centro de Estudios sobre el Sáhara Occidental de la Universidad de Santiago.

En su edición del 2 de agosto de 2005 (dos años escasos antes de que Marruecos enviara a la ONU su proyecto de autonomía), El Mundo publicaba una Carta abierta sobre el Sáhara firmada por el a la sazón ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. En ella, tras hacer referencia a la «pulsión solidaria” de los españoles hacia los saharauis, alimentada en un primer momento «de la precipitada y confusa salida de España», mostraba sus convicciones firmes sobre los derechos que tenían. Defendía la necesidad de «preservar los lazos privilegiados con Marruecos», desde el convencimiento de que «la defensa de los derechos del pueblo saharaui incluido el de autodeterminación, no es disociable de la búsqueda de una solución justa y definitiva del conflicto del Sáhara«.

Esa búsqueda debería hacerse -según el diplomático- «sin tomar partido», pidiendo a los actores que «asuman sus responsabilidades y encuentren el camino de la paz buscando un gran acuerdo que armonice el derecho de las partes».

Más adelante, sitúa al mismo nivel «el dolor del exilio y el sufrimiento humanitario de los saharauis” y “la falta de sosiego necesario para llevar adelante su proyecto nacional” por parte de los marroquíes.

Frente a la “neutralidad pasiva” de Gobiernos españoles anteriores, defiende en su escrito Moratinos el «compromiso activo y la implicación del pueblo saharaui del Gobierno español».

El lector habrá comprobado la coincidencia de los argumentos de Moratinos con los rescatados por Pedro Sánchez para justificar en el Congreso de los Diputados, el pasado 30 de marzo, el viraje que acababa de dar a la política española sobre el Sáhara.

El pueblo saharaui ha recibido la segunda gran puñalada de un Gobierno español, y resiste en las condiciones más duras imaginables

La posible discrepancia entre el presidente y el exministro podría desprenderse del penúltimo párrafo de la carta de éste, en el que afirma: «España no puede tomar partido por una opción concreta de las varias teóricamente resultantes del ejercicio del derecho de autodeterminación, pues ello equivaldría a prejuzgar y vaciar de contenido el referéndum».

Pero esta discrepancia deja de ser tal cuando Pedro Sánchez hace suyo -y Moratinos asiente- el proyecto de autonomía marroquí. En él, después de reservar al Estado “sus competencias, particularmente en lo relativo a la defensa, a las relaciones externas y a las atribuciones constitucionales y religiosas de S.M. el Rey» (anulando, por tanto, la aspiración saharaui de gobernarse por sí mismos), se establece en su punto 8: «El Estatuto de autonomía resultante de las negociaciones será sometido a una consulta mediante referéndum de las poblaciones concernidas, conforme al principio de la autodeterminación y a las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas» (sic).

Es aquí donde radica la artimaña marroquí que apoyan Sánchez y Moratinos: el pueblo saharaui votaría en referéndum, pero sólo la aceptación de una ridícula autonomía, vulnerándose así el derecho reconocido por las Naciones Unidas.

Como sus dos citados correligionarios, Felipe González, María Teresa Fernández de la Vega, Zapatero, López Aguilar, José Bono y tantos y tantas que un día abrazaron la causa saharaui, defienden hoy interesadamente la posición marroquí sobre el Sáhara, mostrando al tiempo un afecto farsante hacia el pueblo saharaui. Un pueblo que ha recibido la segunda gran puñalada de un Gobierno español, que resiste en las condiciones más duras imaginables, que está dispuesto a que la autonomía sea una opción contemplada en un hipotético referéndum, siempre que se incluya también la opción de la independencia. Un pueblo que sigue considerando el español como lengua oficial pese a tanta afrenta. Un pueblo, en suma, que ve cómo se silencia en los medios de comunicación de nuestro país -con honrosas excepciones, como El Independiente, Público y El Diario– la guerra que sostiene con Marruecos y la brutal represión que sufre por parte del país ocupante ilegal de su territorio.


José Ignacio Algueró Cuervo es historiador.

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