Feijóo le ha hecho a Sánchez una moción de censura sin moción de censura y sin Sánchez, allí en el Senado como bajo un puente, un Feijóo solo y como llovido bajo las dovelas amarillentas y falsas, de mesón segoviano, de la Cámara Alta. “Pase ya a la historia”, le decía a nadie, a las piedras, a las ranas, al arroyo del destino, a esa misma historia hecha un barquito de papel, porque Sánchez no estaba, claro. Hablarle a Sánchez sin Sánchez a mí me parece todavía peor estrategia que no hablarle, o que hablarle desde los periódicos posando como un capitán de Pescanova con jersey gordo o con fondo de marejadilla o de escalopes. En realidad no le ha ido mal a Feijóo enfrentándose en el Senado a Sánchez, siquiera con ese cuartito de hora, como de visitador médico, que él tenía frente al tiempo señorial, o sea sin tiempo, del presidente. O cruzándose los dos en una breve ráfaga cañonera, como la última vez. Estaría bien verlos en el Congreso, que parece hecho para una espectacular naumaquia. Pero Feijóo no quiere moción de censura ni en pintura y yo creo que va a terminar haciendo oposición sólo epistolar o sólo mímica.
Feijóo no quiere moción de censura y sólo se atreve a hacer estos ensayos sin función y casi sin público, hablándole o recitándole a Sánchez de lejos, como si fuera su Dulcinea. Era un intento íntimo y vergonzante, como delante del espejo de un armario, que el Senado desabrigado tiene, por disposición y por color, algo de cajón de calcetines o bufandas medio vacío y medio revuelto. Allí, ya digo, no estaba Sánchez, ni su sombrero, ni un bolsito sorayesco, sólo estaba María Jesús Montero, y aquello era como si a los sonetos de amor desesperado y balconero de Feijóo contestara la portera del edificio, apuntándole con la escoba. Feijóo pedía elecciones como si pidiera que le arrojaran una trenza por la almena y Montero, que maneja bien la descalificación y la deslegitimación por historia o por herencia, como siempre ha hecho el socialismo andaluz (al menos hasta que les ganó un soso con pinta de yerno que prepara Notarías); Montero, decía, le contestaba que él quería elecciones pronto porque ya se veía como Casado. Era como si el poeta, el trovador, el enamorado con serenata, se hubiera conformado al final con la portera con mocho o con la dueña de media toca.
Feijóo no se atreve a la moción de censura, sólo a estas cosas, estos combates en el zaguán sobre lo fregado y esas arengas reverberantes ante el espejo del afeitado y ante el domingo periodístico de los perezosos. Esto no sólo me parece una pérdida de tiempo, sino que tener al líder de la oposición enfrentándose a los percheros o hablándole al loro como a una calavera shakesperiana uno lo ve como una devaluación de su figura, de su misión y de sus posibilidades. El efecto Feijóo se desinfla, ya lo he dicho alguna vez, porque ni el personaje ni el estilo están hechos para una explosividad continuada, sino para ese triunfo casi seguro de la costumbre y hasta de la resignación. Pero Feijóo no puede estar hasta las elecciones planeando desde las alturas de su primer efecto, ahí con su jersey ancho al viento, como una ardilla voladora.
Feijóo no quiere moción de censura y sólo se atreve a hacer estos ensayos sin función y casi sin público, hablándole o recitándole a Sánchez de lejos, como si fuera su Dulcinea
Para terminar siendo costumbre y seguridad, ya que nunca será estrella de rock ni estrella de nada, Feijóo tiene que aparecer, tiene que insistir y tiene que convencer. Pero no puede aparecer solo y sólo en ese Senado que parece una sala de música de cámara, con audiencia de música de cámara y repercusión de música de cámara. No puede aparecer solo y sólo ante los abrigos que se ha dejado allí Sánchez, esos ministros que son todos trencas dadas la vuelta, ni puede aparecer solo y sólo ante los medios que le dan más o menos coba y le ponen una foto donde está entre señor mayor de crucero y señor mayor superando la prostatitis. Feijóo tiene que aparecer ante Sánchez, tiene que enfrentarse a Sánchez, no a sus ayas ni a sus tertulianos; tiene que hacerse oír ante Sánchez, tiene que fajarse ante Sánchez y tiene que ir desmontando a Sánchez con su cosa de relojero o de señor lento y lanoso que mete barcos en botellas. Y, a ser posible, tiene que hacerlo en el escenario real, profético, del mismo Congreso.
Feijóo no quiere moción de censura, parece que sus asesores, con su plantilla política como una plantilla de presupuesto de fontanero, ven segura la trampa y ven seguro el resultado, eso de que perderla siempre fortalece al censurado. Pero Sánchez y Pablo Iglesias se presentaron así precisamente, con una moción de censura que en principio sólo era un aldabonazo en esa caoba sacramental de la política española que es el Congreso (luego ya, por cosas del destino o de las brujas, la de Sánchez acabó triunfando). Ya he dicho aquí que Feijóo debería presentar esa moción de censura, no para ganarla, ni siquiera para pelearla, sino sólo para estar. Feijóo apenas puede hacer otra cosa que estar, y tampoco tiene muchos sitios para estar, que ya ven que aprovecha lo mismo un jersey de Mimosín que un Senado hecho un salón de Bécquer. Sin embargo, no aprovecha poder estar en el Congreso, ese paredón y ese teatro de España, enmaderado como un ataúd, morboso como una alcoba antigua, bello y peligroso como el Orient Express.
Feijóo no está en el Congreso, aún parece un polizón en la política o aún parece mi abuelo marinero en Madrid, cuando él venía a Madrid por cosas de males con todo el mar gaditano todavía en las manos como un pulpo vivo. Pero Feijóo tiene que estar en el Congreso, tiene que ir haciéndose sitio en aquel anfiteatro romano lleno de espigas, laureles, tigres y tiros, y tiene que ir haciéndose sitio en el costado magullado de Sánchez. En el Senado, con sus apenas quince minutos como de inspección del gas, Feijóo ya consiguió que Sánchez le hiciera oposición a él y que le dedicara ataques ad hóminem con dosier preparado, como en los chantajes, o sea que casi salió presidente sin moción y sin nada. Feijóo no debería hacer mociones de sombras chinescas en un Senado vacío como un Ikea vacío, sino en el Congreso, con toda España enchufada, con hambre y con morbo. Salvo que no se vea capaz de vencer a este Sánchez agónico más que en las encuestas o en las apuestas, más que por inercia o porque lo lleve una corriente de aire o de arroyuelo. Y, si es así, el PP tiene, otra vez, un gran problema.
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