La malversación española sin duda era otro tipismo español, una malversación como del destape, castiza y salvaje pero tierna, con la que no podíamos ir por Europa, que parecíamos Alfredo Landa con una boina con rabillo de sandía. Sánchez no podía permitir esto, que él fuera por Europa, con su traje berenjena y su sonrisa encoloniada que ya le venía, muy españolamente, del calzoncillo Abanderado, y que la gente lo confundiera todavía con un torero, con un civilón, con un alcalde de tranca, con un malversador premoderno de descabello o garrote vil. Menos, todavía, pensando él que pronto tendría que ser el príncipe de Europa (Sánchez no se está preparando para una presidencia de turno en la UE, sino para ser su príncipe de vals, con cojincito para el zapato de cristal y el culito de cristal). Todo esto quería arreglar Sánchez, así que rebajó las penas, cambió tipos y no sé si sustituyó nuestro pan carcelario, como del Algarrobo, por baguettes. Pero ahora resulta que Europa le exige volver a aumentar las penas y hasta volver al pan de miga gorda. Y yo estoy descolocado, no sé si hemos dejado de ser Europa o es que Europa se ha rendido por fin a nuestro suave salvajismo pecholobo.
Quizá piensen ustedes que fue Felipe González el que nos llevó a Europa, o mejor trajo Europa aquí, donde todavía teníamos señoras con toquilla negra pegadas a los cristales y a los cestos, como moscas del vinagre, y teníamos a los pobres malversadores como si fueran galeotes. Pero lo de Felipe apenas fue decorativo o accesorio, apenas poner el Curro de la Expo o el Cobi de las Olimpiadas montando al toro de Osborne, como payasos de rodeo. Yo creo que la modernidad de verdad, que nos hurtó no ya Franco sino Fernando VII, sólo nos la ha traído Sánchez una vez que armonizó lo de la malversación. Sí, él lo llama armonización por no ofendernos, por no llamarnos catetos y atrasados, que aquí teníamos la malversación como un pecado, como el divorcio o el topless, un escándalo que ya no se entendía en Europa, llena como de malversadores en tetas o amancebados que no tienen que acabar en la vergüenza eterna ni en una cárcel conventual. Comparado con este salto definitivo, moral, civilizatorio, lo demás, lo de Felipe y tal, sólo es farolillo y alquitrán.
Ahora llega la Comisión Europea, cuando aquí ya éramos europeos morales, y dice que la pena mínima para el malversador debe ser 5 años, no 4. Me parece como volver a un castigo de ladrón de zoco, perder un año como perder una mano"
De todo lo que nos separaba de Europa, o sea renta, PIB, empleo, industrialización, y puede que incluso la imprenta, lo que marcaba la diferencia en realidad, más que otra cosa, era la malversación. Esas penas desaforadas que teníamos aquí para la malversación, como unas penas desaforadas para el ladrón de melones o de virgos, nos convertían en una especie de medievo con teas y cerveza, que algo así es el Madrid de Ayuso, sin ir más lejos. O sea que la medida de nuestra distancia con Europa no era económica, industrial ni cultural, sino moral. Todavía teníamos aquí una Inquisición del dinero público, con los pobres políticos descoyuntados en el potro o en la prensa, o quemados por los muñones, apenas por unos milloncejos distraídos, desviados, perdidos, y que aquí tomábamos como si fueran la flor o el honor perdidos. Sánchez fue el único que vio que la malversación era lo que nos mantenía en el atraso y en la crueldad. Los agoreros señalan con mala intención el interés de los socios catalanes de Sánchez, pero lo que pasa es que los catalanistas siempre han querido ser franceses, o se creen que son franceses, y ésa es la única razón de su manga ancha con la malversación y con el salseo: su superioridad civilizatoria.
Ahora llega la Comisión Europea, cuando aquí ya éramos europeos morales además de europeos burocráticos, y dice que la pena mínima para el malversador debe ser 5 años, no 4, que es donde la armonizó Sánchez. A mí, la verdad, me parece como volver a un castigo de ladrón de zoco, perder un año como perder una mano. Y lo peor no es que se vuelva a sentir uno al otro lado del mundo con el malversador, con la sueca, con la lascivia, con el sueldo o con el espanglish, sino que uno se siente ridículo y engañado, como si sólo nos hubieran llevado a Europa de excursión, como si nos hubieran llevado a la modernidad y a la civilización igual que al Parque Europa de Torrejón. A Sánchez no lo pueden pasear por Europa, dejarle ver a los malversadores vivir su vida sin peritos como sin comadres, hacerle sentir que tenía que armonizarnos para escapar de la España negra, de trabuco y sambenito; llevarlo incluso a Viena, a enseñarle todos esos cordones dorados de cortinas que él se imagina enseguida, naturalmente, por sus hombros; hacer todo eso, decía, y luego dejar nuestra armonización y nuestra modernidad como en un penoso intento de suflé. Eso es una crueldad, una involución y una putada.
Yo no creo que Sánchez, con su tino y su dulce labia, haya pecado por exceso en lo de ser Europa, que haya caído en un afrancesamiento amanerado que al final nos ha hecho más Europa que Europa, algo que sólo han conseguido en Cataluña. No, yo lo que creo es que Europa se ha visto cautivada por la España romántica y torera desde que vio a Sánchez entrando en Bruselas de nazareno y oro. Sánchez les conquistó, hasta les chuleó dinero o perlas, y es como si Alfredo Landa hubiera por fin enamorado a todas las suecas de un tirón. Ahora, Europa quiere a nuestro malversador como a nuestro bandido guapo o a nuestro calvo peludo, que parece una contradicción pero no lo es. Europa quiere ser salvaje en el dinero como en el amor, quiere más cárcel como quiere más pelo. Menos mal que aún tenemos a Sánchez y a los indepes, no con salto del tigre sino con superioridad moral. Ellos son lo único que queda ya de finura en la mentira y de Europa en Europa.
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