Conocí a Elena Valenciano una tarde de la última semana del mes de noviembre del año 2010 en la sede del Partido Socialista Obrero Español, en la calle Ferraz. Ella, como secretaria de relaciones internacionales de la Comisión Ejecutiva de su partido; el que escribe, un mero integrante de la delegación de entidades solidarias con el pueblo saharaui que había sido convocada a reunirse con urgencia. Poco más de dos semanas antes se había desarrollado los dolorosos y violentos acontecimientos que habían cortado de raíz la protesta pacífica germinada en el campamento de Gdeim Izik.

Ella no me recordará, del mismo modo que yo nunca me he vuelto a acordar de su nombre ni a interesarme por su figura política; pero lo que no he podido olvidar ni un solo día es el cinismo con él que se comportó en aquella entrevista. Todas nuestras peticiones, en busca de garantías para las vidas y las propiedades de la población autóctona y el respeto a las muchas decenas de detenidos en esos momentos, fueron desatendidas; hasta aquellas que eran exclusiva competencia del gobierno de España; quien hizo una absoluta dejación de sus responsabilidades, incluso las humanitarias, en esos días. Y menos mal que no dudaba en expresarnos su abierta simpatía, tras haber declarado una semana antes, en los Desayunos de TVE, que “es a España a quien más le importa” el conflicto saharaui como consecuencia de su compromiso “ético y político con el Sáhara Occidental”.

Pero no es eso lo que motiva este texto, por mucho que cuando el río suene agua lleve. Nuestra pretensión es reflexionar y entender cuanto hay detrás de un escrito, pretendidamente riguroso, que la recientemente nombrada Consejera del Reino firma y en el que, retóricamente (pues todo en él es calculada y predeterminada respuesta), se interroga sobre nuestro futuro y el Sur.

Indefectiblemente tenemos que preguntarnos qué es ese Sur, además de un punto cardinal, una referencia convencional que utilizamos para orientarnos.

Si buscamos nuestra inspiración en Adelaida García Morales el lugar donde materializamos aquello que nuestra sociedad nos coarta y limita; si hacemos caso a Serrat la situación en la que viven, intensa y desprendidamente, los desposeídos por todos los zombis que se empoderan y pretenden dominar el mundo. Lo cierto es que no deja de ser un término cuyo valor simbólico es aquel que cada uno quiere darle... No olvidemos que, nosotros mismos, integramos un Sur europeo visto con curiosidad y desconfianza por un Norte industrializado y aparentemente estricto.

Para Valenciano, ese Sur es, simple y llanamente, Marruecos

Pero si nos centramos en la lectura de su artículo, en la versión prosaica de la Sra. Valenciano ese Sur es, simple y llanamente, Marruecos. Un país de tamaño complejo de inferioridad que se ha autodenominado como al Magrib, el poniente, el oeste, Occidente..., convirtiendo una mera referencia geográfica en su signo de identidad colectiva. Nuestra tierra de promisión y la de toda Europa, según la autora; (sic) “...quizá más que nunca la oportunidad de innovar, de dar ejemplo y de imprimir un nuevo impulso al sentido de la Historia".

Pero esa extraña asociación pasa a estrambótica ecuación cuando, no contenta con la sorprendente identificación, la señora Consejera establece la siguiente equivalencia: Sur=Marruecos=¡África! Un soplo de presunta originalidad que más pareciese retórica interesada que sopesado razonamiento cartesiano.

Es incuestionable que, si la Unión Europea pretende tener credibilidad y peso específico propio en el mundo, debería de desarrollar una política exterior coordinada y coherente, más basada en sus propios intereses y menos subordinada a sus aliados preferentes. Aunque para ello tuviese que ser más la representación de una colectividad múltiple y su caudal de experiencias y saberes que la de una unidad de intereses mercantiles generados a partir del expolio colonialista.

La UE debería desarrollar una política exterior coordinada y coherente, más basada en sus propios intereses y menos subordinada a sus aliados preferentes

A partir de estas premisas, o incluso desde las actuales, nuestras alianzas deberían de construirse desde la multilateralidad y teniendo como bases el respeto, el mutuo beneficio y la distensión como grandes objetivos. Y hacer un ejercicio efectivo de esos principios desde el respeto y el diálogo franco y abierto. Una línea de acción que, hasta ahora, ni se ha debatido ni parece pueda llegar a conformarse en un futuro próximo.

Establecer que nuestra alianza preferente con Marruecos, auspiciada por Pedro Sánchez pero desaprobada por el Parlamento y la gran mayoría de las fuerzas políticas del estado, es esencial para la futura política internacional europea y la llave para una relación fluida con África es una pretensión más propia de una ensoñación quimérica que de la realidad de la política internacional.

Si lo que se pretende es la estabilización del Magreb, un territorio en permanente conflicto político interno y cuyo desequilibrio se acentúa por el prolongado aplazamiento del proceso de descolonización del Sáhara Occidental, no se entiende que una relación bilateral y preferente con un único actor facilite la relación con los demás. De todos es sabido que el tratado preferencial de la UE con Marruecos y la exagerada política de subvenciones sin control con las que se ve beneficiado establecen una clara discriminación con respecto a otros estados de la zona.

Una actitud que sería mucho más grave si consideramos el papel que haya podido tener el lobby pro-marroquí del que, recientemente, se ha tenido noticias y cuya actuación ha podido ser decisiva para la firma de acuerdos y tratados que vulneran la legalidad internacional y que se encuentran sometidos a investigación policial y al veredicto de los Tribunales de la Unión. Algo que no parece garantizar esa madurez que la autora le otorga a la política marroquí ni los valores que dice en su texto que comparte con Europa a menos que la vigilancia ilegal, la compra de voluntades, el autoritarismo despótico o el chantaje político sean las similitudes que nos acercan e identifican a ambos. La afirmación rotunda de que “la UE sabe que Rabat escucha y es un socio fiable” quizás parezca demasiado precipitada: no se duda de que escucha, tal vez en desmedido exceso, pero la posible fiabilidad ha quedado totalmente desacreditada.

Le adjudica usted, entre sus éxitos, la configuración de la estrategia euro-mediterránea. Paso por alto el carácter francamente colonialista de esa denominación pues Europa es, en esencia, mediterránea, como lo son los países del Norte de África a los que no se nombra... Lo que no sé es si esa atribución por su parte es correcta, pues la defensa del proyecto euro-mediterráneo, muy lateral a una política verdaderamente europea, se definió a partir de la Declaración de Barcelona de 1995 deturpada posteriormente por las iniciativas políticas defendidas por José Luis Rodríguez Zapatero y su colaborador Miguel Ángel Moratinos. Lo que, dada la afinidad política que ambos mantienen con el régimen alauita, no pareciera ser muy diferente de lo que señala; por mucho que ellos representaran, eso se decía, los intereses de España y de los españoles. En cualquier caso, a día de hoy, ese proyecto no ha logrado consolidar una política definida más allá de las buenas intenciones.

Al intercalar identificándolas la política europea y la española tiende usted a mistificar una realidad que es considerablemente más compleja en el plano internacional. En todo caso, puede estar segura de que Marruecos no es la puerta de entrada a África ni, mucho menos, la llave que va a garantizar una fácil penetración de la política europea; y ello por dos razones capitales: porque su alianza con Israel y su política de sobornos no establece la confianza suficiente entre sus aliados (con la excepción de la corrupta Guinea Ecuatorial); y, más importante aún, que su papel absolutamente marginal en la Unión Africana no le otorga ninguna relevancia a nivel continental.

Si el futuro es parecido a lo que nos dibuja, casi es preferible aplazarlo sine die

Naturalmente, a fuerza de querer defender la necesidad de una relación estrecha se olvida expresamente de su papel como importador de la práctica totalidad del hachís que se introduce en España pese a la esforzada y nunca suficientemente reconocida labor de los cuerpos de seguridad españoles. Como también considera irrelevante el que, para chantajearnos haya abierto, en su momento, sus fronteras a la inmigración ilegal hasta el punto de invitar a pasar la frontera a quienes lo deseasen hasta el punto de la incitación. Ciertamente una estrategia política de altura y muestra de que “Marruecos es sin duda uno de los países con los que nuestra cooperación de vecindad es más profunda”.

Ni se le ha ocurrido mencionar la eficaz labor policial marroquí, al servicio de España, que ocasionó la muerte de un elevado número aún indeterminado de africanos en la valla de Melilla. Ciertamente “ninguno de nuestros canales con los países de la región puede presumir del mismo grado de madurez”. Sin duda, son sus palabras, “el interés es mutuo”. Solo desde la interlocución abierta y el respeto compartido se puede no solo entender al otro sino, más allá, valorar sinceramente sus criterios y sus acciones.

Si el futuro es parecido a lo que nos dibuja, casi es preferible aplazarlo sine die.

Señoras y señores responsables de la edición de El País, Elena Valenciano no es una ex de la política como ustedes se ocupan de presentarla en su periódico. Es más bien, y a las pruebas me remito, una impecable arquitecta de increíbles castillos de palabras sin ninguna gota de pensamiento añadido; pero, eso sí, con un poso tranquilizador y aparentemente serio. Un ejemplo de la libre expresión al servicio de la manipulación más burda, con la que paga adecuadamente sus fidelidades. Bienvenida de nuevo al mundo real.


Santiago Jiménez es historiador y ex profesor de Historia de la Universidad de Santiago de Compostela