En 2003 viajé por primera vez a Estados Unidos. Era Semana Santa, españoles por doquier en Nueva York, la época del give me two. En unos grandes almacenes me atendió un dependiente latino que segundos antes hablaba en español con un compañero suyo, pero cuando traté de hacer lo mismo él me respondió reiteradamente en inglés. Luego supe que había una norma no escrita que le prohibía hablar en español con los clientes. En francés, en italiano, en alemán, sí, pero en su lengua materna, no. Aunque facilitara la comunicación con todos esos españoles de inglés defectuoso que pateaban la ciudad con la tarjeta de crédito entre los dientes. Eso en el barrio, en casa, en la intimidad.
Algo más de 20 años después, un puertorriqueño ha protagonizado el espectáculo musical más popular de Norteamérica cantando en español. Ya lo saben, lo han visto en todas partes. Bad Bunny ha conseguido lo impensable: desde hace años, acabar con el monopolio de la música en inglés en Estados Unidos, y ahora asaltar el halftime show de la Super Bowl con perreo y reguetón y un alegato panamericano en plena era de supremacismo trumpiano, redadas del ICE y deportaciones. Y todo ello predicando amor, con la ideología controlada y sin mencionar a Trump, que quizá es lo que más ha molestado al presidente, y no lo de no entender palabra, que algo habrá entendido siendo de Nuevayol y con el vistoso karaoke rotulado en la pantalla gigante del Levi’s Stadium de Santa Clara.
“Estás escuchando música de Puerto Rico, de los barrios y los caseríos”, proclamaba Bad Bunny mientras recorría el asombroso laberinto de caña de azúcar montado en cuestión de minutos sobre el terreno de juego. A estas alturas no habría que explicarlo, porque cantando en español la música de Puerto Rico Bad Bunny ha logrado convertirse en una estrella en Estados Unidos. Pero la valiente apuesta de la NFL contra todas las amenazas de la galaxia MAGA ha vuelto a demostrar que los bajos instintos que animan a esta derecha mutante acaudillada por el inaudito Trump se resisten a aceptar todo tipo de evidencias; en este caso, el éxito de Bad Bunny, que el español sea un idioma genuinamente americano y que Puerto Rico sea un Estado, aunque libre y asociado, de la Unión.
Para degustar el caldo corto de su ideología merece la pena transcribir parte de la respuesta que la presentadora Megyn Kelly, figura notoria del movimiento, ofrecía hace pocas horas al periodista británico Piers Morgan durante una entrevista. “Subirse al escenario y actuar todo el espectáculo en español es una falta de respeto hacia el resto de Estados Unidos. A quién le importa que haya 40 millones de hispanohablantes en Estados Unidos. Hay 310 millones que no hablan ni una palabra de español. Se supone que este es un evento para unir al país, no solo a los latinos, ni a un pequeño grupo, sino al país entero. No necesitamos un himno nacional negro. No necesitamos un artista hispanohablante que no cante en inglés. Y no necesitamos que un enemigo del ICE o de Estados Unidos aparezca en nuestro prime time. No lo permitiremos. El fútbol, este tipo de fútbol, es nuestro. Lo llaman fútbol americano. Y el halftime show y todo lo que lo rodea debe seguir siendo esencialmente estadounidense. No español, no musulmán, nada que no sea la buena apple pie de toda la vida: debería haber pastel de carne, quizá algo de pollo frito y un artista que cante en inglés. Así debería ser la Super Bowl”.
En España no nos cuesta reconocer en las palabras de Kelly, como en el mensaje de Trump denigrando la actuación de Bad Bunny, la infecciosa retórica xenófoba en torno a la lengua propia del nacionalismo.
A Megyn Kelly no le importarán los más de 40 millones de hispanohablantes que hay en Estados Unidos, pero a Donald Trump sí. De hecho, ayer su Club Mar-A-Lago acogía la Gala de la Prosperidad Hispana 2026, un evento de etiqueta auspiciado por el presidente norteamericano y organizado por la comunidad latina conservadora que orbita a su alrededor. El invitado de honor era Javier Milei y estaba prevista la intervención a distancia de Isabel Díaz Ayuso –que cultiva una relación especial con las comunidades hispanas en Madrid y ha impulsado la celebración de la fiesta de la Hispanidad–, objeto de un reconocimiento especial. El controvertido polemista español Javier Negre figura como miembro de honor del comité anfitrión.
El pretexto de la Gala de la Prosperidad Hispana ha sido celebrar “250 años de prosperidad estadounidense y las contribuciones vitales de los hispanoamericanos al futuro económico de la nación”. También, “garantizar que la comunidad latina no solo esté presente en la sala, sino también en la mesa, dando forma al futuro en lugar de conformarse con las migajas”.
Quizá no hablar español, o hacerlo de manera vergonzante, como se veía obligado a hacer aquel dependiente en 2003, es una nueva condición, el penúltimo arancel para seguir sentados a la mesa de Mar-A-Lago, aun a costa de un autoodio lacerante. La polémica en torno a la actuación de Bad Bunny pone en evidencia las contradicciones de los aliados latinos de Trump. Pero también las de sus amigos españoles, defensores en casa de los dones de la hispanidad, de la grandeza de la lengua, adictos las resonancias imperiales del vínculo con América, pero ajenos a la persecución de todo ello en Estados Unidos. Con tal de seguir sentados a la mesa.
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