“Ustedes ensalzan a los arrepentidos. Aquí arrepentido es al que le pillan in fraganti cometiendo delitos y entonces lo que hace es esparcir basura sobre otros compañeros de partido; y entonces, en ese momento, el señor que es un delincuente, para algunos se convierte en un héroe”.
No era Gabriel Rufián ni Óscar Puente hablando de Víctor de Aldama, es Francisco Granados, exsecretario general del PP madrileño, hablando de David Marjaliza por colaborar con la justicia.
A ningún grupo le gusta que entre los suyos haya alguien que sea investigado y pueda acabar condenado por haber cometido delitos, pero, por mucho que esto le disguste, nunca despertará tanta animadversión como saber que uno de los tuyos es un “arrepentido”, es decir, alguien que ha colaborado con la justicia. Quien ose tal cosa siempre despertará mucha más animadversión que cualquier compañero que vaya a la trena por meter la pata (o la mano).
El argumentario desplegado por el trato de favor del Tribunal Supremo al premiar a Víctor de Aldama por colaborar con la justicia, expuesto desde ministros hasta por todos los medios gubernamentales (empezando por TVE), responde principalmente a la actual estrategia monclovita de convencer a sus partidarios de que sus verdaderos antagonistas son los jueces. Pero también supone recuperar esa vieja consigna de que, por muy desafortunado que sea un corrupto, siempre es mejor que un chivato. Fue Luis Roldán el que dijo: “Los arrepentidos son los verdaderos corruptos”. El mismo PP no se atrevió a empezar a insultar a Luis Bárcenas, hasta que fue consciente de que estaba filtrando cosas del caso.
Caso UCIFA
“Solo los arrepentidos son corruptos”, afirmaba el flamante director de la Guardia Civil en la portada de ABC el 6 de enero de 1993. Quien así hablaba era Luis Roldán, director de la Guardia Civil felipista. El motivo era que el juez Garzón había pillado a dos guardias civiles, Vicente Domínguez y Doroteo Gómez, con temas de trapicheos de droga con confidentes, y estos, en ese momento, habían pasado no solo a confesar, sino a señalar a los máximos responsables de su unidad, la unidad antidroga UCIFA: el teniente coronel Francisco Quintero y el comandante José Ramón Pindado, como los auténticos “cerebros” de aquellos tejemanejes.
Roldán, en una entrevista al periódico entonces dirigido por Ansón, parecía más escocido con el “chivateo” de aquel dúo de “arrepentidos” que con la posibilidad de que los jefes de la UCIFA fueran unos chorizos. No compartieron esa opinión los tribunales, que dictaron sentencia de 8 y 9 años de cárcel, mientras que los dos arrepentidos fueron condenados a penas leves (2 años) y no entraron en prisión. Tanto los familiares de los condenados como sus abogados se centraron siempre en culpar a los dos arrepentidos: ellos eran los verdaderos culpables. Como si les resultara extraño que hubiera un tratamiento diferente entre los que confesaban y los que no lo hacían.
Caso CESID
A Narcís Serra le costó su cargo de vicepresidente del Gobierno y su aspiración de ser presidente de la Generalitat de Catalunya el descubrirse que, en su etapa como ministro de Defensa, el CESID había estado espiando gente. Pero el día que se hizo pública la sentencia que condenaba a la trena al entonces máximo jefe de los servicios secretos españoles, el general Emilio Alonso Manglano, ni Serra ni los otros grandes dirigentes del PSOE de la época (Joaquín Almunia o el mismo Felipe González) hicieron crítica alguna a Manglano. Todo lo contrario: le seguían defendiendo como una figura que había prestado grandes servicios al Estado.
En cambio, ¿quién era descalificado por esos mismos políticos cada vez que tenían un micrófono delante? Perote, el traidor. Ese que había colaborado primero con la prensa y luego con los tribunales. Para Serra y los demás era inadmisible que compartieran banquillo y destino el íntegro Manglano con “el traidor” Perote. Leguina, entonces en la Ejecutiva del PSOE, llegó al punto máximo cuando dijo que Perote era militar y que un militar que traicionaba a su país hubiera sido fusilado.
Caso Filesa
El PSOE nunca dejó de defender al senador Josep Maria Sala, el principal socialista condenado por el caso Filesa. Hasta el punto de que, después de cumplir su condena, el partido (que nunca le suspendió de militancia) hasta le dio un cargo en la ejecutiva del PSC de Montilla. Eso sí, cuando se les preguntaba por ese caso a los dirigentes socialistas, no podían evitar rajar contra el contable Van Schouwen, diciendo de todo contra él, desde que solo había actuado por dinero hasta que tenía vínculos con dictaduras de América Latina. El mismo patrón. ¿Qué es peor, cometer delitos como Sala o colaborar con la justicia como el contable? Para los socialistas, Sala había sido leal al partido.
Caso Gürtel
Esperanza Aguirre ha concedido muchas entrevistas para hablar del tema y de su versión del caso, pero rara vez personaliza en su relación con los condenados, rara vez se para a hablar de López Viejo, Guillermo Ortega, etc. En cambio, sí lo hizo para concretar lo muy corrupto que le parecía Pepe Peñas por haber intentado con Correa aquel pelotazo en Majadahonda. Al final, el desprecio hacia el “arrepentido” siempre está en el ADN, y parece que siempre caen peor los colaboracionistas que los corruptos. A Pepe Peñas su colaboración con la justicia no solo le valió para tener una pena leve primero y luego un indulto, sino también para ser presentado en medios como el héroe “que destapó” el caso Gürtel. Todo un honor para alguien que estuvo años en nómina de Correa.
Caso GAL
Uno de los casos más paradójicos fue la investigación por los llamados Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), los responsables de la guerra sucia contra ETA en los años 80, donde la posición mediática cambiaba en función de que los procesados fueran arrepintiéndose.
Cuando Amedo y Domínguez fueron procesados por Garzón, el PSOE y, muy particularmente, el Gobierno y el Ministerio del Interior, salieron en su defensa como personas que habían prestado servicios impagables en la lucha contra el terrorismo, contando con el apoyo de los medios mejor relacionados en aquella época con Interior, peticiones de indulto incluidas. Cuando en 1995 Amedo y Domínguez pasaron a ser “arrepentidos” y a culpar del crimen a sus superiores, Sancristóbal y Damborenea, entonces la postura hacia Amedo y Domínguez cambió radicalmente y pasaron a ser “delincuentes condenados sin credibilidad”, argumento sostenido por la plana mayor del PSOE, incluyendo el propio presidente del Gobierno, Felipe González. En cambio, los medios que hasta entonces habían atacado a aquellos policías pasaron a defenderles, y los que entonces les habían defendido pasaron a atacarles.
Cuando unos meses después Sancristóbal y Damborenea cambiaron también de postura y pasaron a ser igualmente “arrepentidos” y a acusar a Barrionuevo, Vera y Felipe González de ser los auténticos cerebros de los GAL, los cambios se repitieron. Los medios que antes no les atacaban pasaron a repudiarles (El País los llamó “terroristas confesos”) y los medios que antes les machacaban, como El Mundo, pasaban a tener una postura más suave hacia ellos.
Cuando se produjo la condena a Barrionuevo y Vera por los GAL, que les obligaba a una breve estancia en prisión, los del PSOE organizaron que toda una comitiva de militantes socialistas los vitoreara públicamente como héroes. Por ahí andarían los jovencísimos Rodríguez Zapatero, que ya era diputado, Pedro Sánchez y Óscar Puente. Solo hubo un momento en que los vítores se convirtieron en abucheos, y es cuando los coches en los que iban Damborenea por un lado y Sancristóbal por otro pasaron frente a aquella comitiva. “¡Damborenea, traidor!”, gritaron aquellos militantes. Lo grave no era, por tanto, que miembros de su partido hubieran cometido crímenes de Estado; lo grave es que algunos de los que habían participado hubieran osado luego delatar a otros durante el proceso. Siempre el asco que despiertan los arrepentidos.
Aparentemente Amedo, Damborenea y Sancristóbal ya habían pactado que a cambio de su colaboración habría indulto, y lo hubo, aunque para disimular el pacto el PP también tuvo que indultar a Barrionuevo y Vera, que actualmente sostienen una versión algo diferente a la que sostuvieron entonces.
Caso Soares Gamboa
La lista de “arrepentidos” que logran beneficios penitenciarios es enorme. Y siempre conlleva desprecios de los allegados a aquellos a los que delatan. Quizá a la cabeza de todos ellos estará el etarra Juan Manuel Soares Gamboa. Implicado en más de 80 crímenes de ETA que causaron cientos de asesinatos. Decepcionado con ETA, se entregó a la Justicia en 1995 y decidió colaborar con ella. Dio información clave para condenar a compañeros de comando y a miembros de la cúpula de ETA, declarando contra ellos en infinidad de juicios. En consideración de ello, y a pesar de estar condenado a miles de años de prisión, en 2003 quedó en libertad.
La AVT criticó aquella liberación. Pero no fueron los más duros. Los más duros fueron, no solo los de Herri Batasuna, sino todo el nacionalismo vasco. El mismo Iñaki Anasagasti lo criticó; era entonces portavoz del PNV en el Congreso. Resultaba que el PNV, el partido que nunca había criticado la liberación de ningún etarra por beneficios penitenciarios (fueran asesinos como Esteban Nieto, Bolinaga o el propio Iñaki de Juana), en el caso de Soares Gamboa sí le pareció reprobable: “Soares Gamboa acabará en el PP o de director del Instituto Cervantes”, dijo con sorna aquel día Anasagasti. Al final, el impulso a despreciar a los “arrepentidos” siempre florece, a pesar de ser una figura tan necesaria para lograr la colaboración de reos con la justicia, y que pone en evidencia que, aunque los políticos digan que apoyarán siempre la acción de la justicia, por mucho que escenifiquen que odien la corrupción, siempre odiarán mucho más al que se sale de la fila a la hora de afrontar un proceso, siempre es preferible el corrupto silencioso que el acusica delator. El partido por encima de la verdad.
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