Opinión

Antifelipismo Redivivo

El expresidente del Gobierno, Felipe González.
El expresidente del Gobierno, Felipe González. | Rober Solsona/EP

Una de las principales consignas de autodefensa de los comentaristas socialistas ante el caso Zapatero ha sido saltar a la yugular de José María Aznar y de Felipe González. Desde que se produjo la imputación, tanto la división tuitera como los interlocutores del PSOE en las principales tertulias de Atresmedia y, especialmente, de TVE soltaban el mensaje. Si Zapatero iba para adelante, antes que él tenían que ir los malvados José María Aznar y Felipe González. Y, si bien en el ADN socialista hay una animadversión patológica hacia todo lo que representa Aznar, el caso de Felipe González sí que merece cierta reflexión.

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Es un caso en el que la polarización muestra su peor cara, la de la incoherencia, y donde es difícil saber cuál de los dos bandos resulta más ridículo de cara a su hemeroteca. Si la derecha, que durante años estuvo esmerándose en convencernos de que Felipe González era la encarnación del mal y que el PSOE no sería un partido político democrático hasta que no se descontaminara del 'felipismo', es la misma derecha que, acaudillada por Núñez Feijóo, ahora parece más cómoda loando a Felipe González que a los gobernantes pasados de su propio partido, es algo que tendrían que hacerse mirar; en el caso de la izquierda han pasado de defender a aquel sevillano como el principal activo del partido y de la propia democracia al que había que defender ante la injusta campaña de acoso y derribo contra él que había padecido —porque desde Azaña nadie había sufrido una mayor campaña de desprestigio y demonización que Felipe González—, a retirarle tal título.

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El argumentario sanchista actual le retira tal título victimista a González y pasa a sostener que es Pedro Sánchez el único merecedor del mismo, el dirigente progresista que ha sufrido la más dura campaña de destrucción personal causada por la ultraderecha en toda la historia de la humanidad y que González no pasa de ser un facha infiltrado y traidor, al estilo de lo que decían las consignas de los sectores radicales de las Juventudes Comunistas de Santiago Carrillo.

Algunos de estos nuevos antifelipistas sostienen que, si Rodríguez Zapatero ha hecho golfadas internacionales, seguro que Felipe González también las tiene que haber hecho. Aunque el único 'crimen' que han podido encontrar de González como expresidente es haber osado ser consejero de una empresa española como Gas Natural durante cuatro años. Algunos dicen que es una 'puerta giratoria', lo cual, habiendo pasado más de 14 años desde su salida de La Moncloa, parece difícil de sostener. Pero lo más importante de la comparación que estos zapateristas parecen olvidar es que aún no se ha podido demostrar que en ese periodo González ejerciera de comisionista de Gas Natural u otra entidad haciendo favores de cara al Consejo de Ministros, ni que guardara joyas en su caja fuerte, elementos necesarios para esa comparación que tanto desean.

El caso GAL no quitó ni un solo voto a Felipe

La laguna inevitable en el relato de los leales seguidores de consignas es la motivación exacta de ese antifelipismo redivivo. Una popular periodista y comentarista de televisión argumentaba en su cuenta de X que dejó de votar a Felipe González ante el estallido del caso GAL. Y a una parte importante de esos sanchistas que postean en redes sociales les ha dado por utilizar como argumento para zurrar a Felipe González, en su desesperada defensa de Rodríguez Zapatero, el recordar que Felipe González era el de los GAL y el de la cal viva. Quizá creyendo que rememoran a Pablo Iglesias en el Congreso, olvidando que antes de él fue el PP y Francisco Álvarez Cascos quien usó como arma de ataque aquel escándalo cuando hablaba del "terrorismo de bodeguilla" y que entonces toda la comunidad socialista, desde la división tertuliana hasta la militancia, se volcó en masa en apoyo de Felipe González.

Con las fechas en la mano, el caso GAL alcanzó a Felipe González cuando, en diciembre de 1994, fueron imputados dirigentes de la cúpula de su etapa; cuando, durante el año 1995, el caso alcanzó al secretario de Estado Rafael Vera; cuando ese mismo 1995 aparecieron los restos de Lasa y Zabala enterrados en cal viva y, especialmente, en enero de 1996, cuando fue imputado el ministro del Interior, José Barrionuevo. El PSOE en ningún momento dejó de apoyar ni a González, ni a Vera ni a Barrionuevo durante esos escándalos. En las elecciones generales de 1996, Barrionuevo, imputado por la Justicia, siguió en las listas electorales del PSOE (el caso GAL se juzgó en el Tribunal Supremo porque en ningún momento el PSOE le hizo renunciar a su acta de diputado). De hecho, como las listas del PSOE en Madrid las encabezaban González, Almunia y Leguina, se decía que hacían honor a las siglas al ser las listas electorales del GAL.

Felipe González había ganado las elecciones de 1993, antes del estallido del caso GAL, logrando 9.150.083 votos. Después del estallido del caso GAL, con Barrionuevo imputado en sus listas, en las elecciones generales de 1996 Felipe González logró 9.425.678 votos. González perdió el poder gracias a que Aznar logró más votos procedentes de abstencionistas y a sus pactos con Pujol y Arzalluz, pero podía reconfortarse con que el caso GAL no le había hecho perder ni un solo voto. No fue casualidad que hablara de que había sido una dulce derrota. El PSOE asumía que gran parte de ese buen resultado se debía al activo electoral que representaba el propio González (de hecho, el partido no ha vuelto a lograr nunca el techo electoral que alcanzó con aquel hombre).

Siempre resultará más fácil respetar a Felipe González, con todo su historial, que a esos lectores de consignas del PSOE, monógamos de su soberbia

Felipe González no usaba entonces el término lawfare; acaso teníamos menos paletismo cool. Aquel mandatario era más castizo al atacar a la judicatura denunciando la existencia de una conspiración en la que participaban «jueces descerebrados» y "comentaristas de porno-tertulias". Y bien que consiguió que aquella militancia le siguiera apoyando hasta el final. Y que, al salir la sentencia del caso GAL, dijeran que era injusta, y que el día de la entrada en prisión aclamara con vítores y aplausos a Rafael Vera y José Barrionuevo en un pasillo en el que andaban, desde Rodríguez Zapatero hasta Pedro Sánchez y Óscar Puente, jaleando como héroes a personas condenadas por terrorismo de Estado, sin que aquello pareciera dar cargo de conciencia a ninguno, a pesar de la gravedad de algunos de aquellos delitos (junto con ellos, aplaudiendo a Felipe y a Barrionuevo aquel día, estaba hasta el general Galindo).

Si los actuales lectores de consignas sanchistas fueran honestos, tendrían que reconocer que su antifelipismo no tiene nada que ver con los GAL ni con Gas Natural y que se basa en algo tan simple como que González no ha secundado la estrategia del actual líder del partido a partir de su "cambio" con respecto a la amnistía, al contrario que todos esos ministros y diputados que, con lealtad 'perruna', no han tenido problemas de pasar a sostener lo contrario de lo que decían cuatro días antes por la necesidad de lograr una investidura. Si alguien debería entenderle, sería el propio González y su amienemigo Alfonso Guerra, pues también hay hemeroteca de cómo trataban ellos a sus críticos internos en la etapa en la que reinaban en Ferraz, aunque es verdad que ellos nunca llegaron a algo tan ridículo como afirmar "no habrá amnistía" y desdecirse ante la realidad electoral sin que se bajara del barco ni un grumete.

Aun así, hemerográficamente hablando, siempre resultará más fácil respetar a Felipe González, con todo su historial, que a esos lectores de consignas del PSOE, monógamos de su soberbia, que ni ellos mismos parecen acordarse bien de por qué dejaron de idolatrar a ese González al que hoy odian con la misma ceguera radical y extrema que usaban ayer para amarle. Y lo mismo puede decirse de sus equivalentes en el PP, a los que la palabra "oportunista" se les queda pequeña.

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