El Supremo ha paralizado cautelarmente el registro en el censo electoral de residentes ausentes (CERA), donde a lo mejor se estaban colando nietos apócrifos, represaliados entredudosos, indianos sepultados, españoles al peso, nostálgicos al vuelo y hasta hijos incluseros de Sánchez, que yo creo que los tiene por todos lados, como hijos de valido desperdigados por aldeas, ínsulas y virreinatos. Muchos países han redactado leyes para otorgar la nacionalidad a descendientes de expatriados, pero sus gobernantes y sus partidos no mandaban expediciones enteras para encontrarlos y evangelizarlos, o para fabricarlos y afiliarlos, y luego inscribirlos en el censo de un pueblito perdido de alguna circunscripción sensible, donde acaba habiendo más argentinos con súbita morriña que paisanos con acostumbrada resignación. Por Galicia y Asturias ya hay pueblos en los que el censo CERA duplica o triplica el de residentes, y es que el PSOE no sólo ha aprobado una ley sino que luego ha hecho recolección o más bien minería del votante afín, o ha hecho, simplemente, un bautismo sistemático del extranjero susceptible, sin más, para agrandar el rebaño. Si todo esto resultaba ya sospechoso, todavía lo es más que salga Bolaños como si el Supremo le hubiera quitado al hijo hospiciano, criollo, matero, rioplatense de la calle Ferraz como de La Boca.
Esta ley de nietos, sobre todo de nietos sin abuelo, de nietos nombrados nietos o de argentinos nombrados gallegos de Galicia por el PSOE, guasonamente, como Sánchez nombra sus cargos independientes, conlleva un riesgo de alteración irreversible del censo, viene a decir el Supremo. En realidad el problema no es la ley en sí sino su desarrollo administrativo, que permite una tramitación masiva y bastante alegre en cuanto a requisitos y papeleo. Todo fue muy sospechoso desde el principio, que tanta prisa, tanta diligencia, tanto despliegue y tanto interés no nos cuadran ni con la política en general ni, menos aún, con este sanchismo que sabemos que es reposado y vacacionante, que sólo se mueve y sólo gasta si puede conseguir un beneficio claro o al menos una foto bonita, mucho más bonita que Sánchez con sombrero de frutas o aureola de arrecife rosa o de mandíbula de tiburón, me refiero. Y fue aún más sospechoso cuando vimos a esos cargos del PSOE ir a hacer campaña a las Américas, como esas folclóricas de la nostalgia que también eran folclóricas del parné. Sí, iban los socialistas porque aquello era un auténtico reclutamiento.
El Supremo ha parado toda esa melancolía tan masiva, tan dirigida, tan calculada, tan bien distribuida en el mapa electoral y sentimental, tan alegre en papeles y requisitos
Con la ley y con la morriña, con los nietos sin abuelo o con los abuelos sin nieto, Sánchez sólo buscaba un ejército de hijos (me recordó a los segundos hijos de los señores feudales, que solían hacer carrera militar). Y con ese ejército de nuevos españoles recién reclutados o recién paridos, bien dirigidos por el carguito expresamente enviado a otro continente para eso, lo que pretendía y sigue pretendiendo Sánchez es alterar el cuerpo electoral, ahora poco propicio a hacerle fiestas a ese otro cuerpo, el suyo, alegre y renegrido, de folclórico de Miami, de Julio Iglesias de la Mareta. Esto sí encaja perfectamente en la episteme sanchista: si no se puede cambiar la realidad, y cada vez resulta más difícil modelar su percepción (Ceuta lo está demostrando), se altera directamente el electorado trayendo convencidos ya seleccionados y colocándolos, con ingeniería electoral o sólo agropecuaria, en el pueblo acertado, en la circunscripción matemáticamente calculada para maximizar la posibilidad de robar algún escañito. Esto sí cuadra con los modos, con la historia y con el carácter de Sánchez, con el de las urnas con cortinilla y milagro, como el Grial, y con el del pucherazo como la revocación de la democracia más sencilla y mecánica posible, que no necesita ni sociología, ni relato, ni siquiera intriga.
Bolaños, que tampoco se preocupa mucho por ocultar nada, como su jefe (Sánchez ya sólo confía en la sencilla mecánica de la fuerza bruta o del engaño igual de brutal), ha pedido al Supremo que resuelva la cosa definitivamente antes de las elecciones, que se van a quedar, él y todo el PSOE, viudos de hijos, huérfanos de abuelo y tiesos de voto. No lo ha dicho así, claro, pero cuando el sanchismo comparece con preocupación, prisa, la mano en el pecho, el nubarrón en la gafa y el nudo en la garganta, como la pajarita de lunares que le falta a Bolaños, y de esa guisa nos recuerda que el asunto es serio porque se trata “de lo más sagrado” de la democracia, del derecho al voto, ya sólo podemos estar seguros de que en ese plan suyo les va la vida. De momento, el Supremo aprecia que las comprobaciones en este registro son laxas y que otorgar el derecho al voto a cientos de miles de personas sin los debidos controles y garantías podría causar un daño irreparable en las próximas elecciones. Claro que los daños irreparables son el empeño y la especialidad del sanchismo.
El Supremo ha parado cautelarmente un registro o algo más, un ejército que venía entre la nostalgia y el desquite, como aquellos indianos, más verdaderos o falsos, más opulentos o aparentes, que llegaban en barcos blancos y trenzados como sus trajes. El Supremo ha parado toda esa melancolía tan masiva, tan dirigida, tan calculada, tan bien distribuida en el mapa electoral y sentimental, tan alegre en papeles y requisitos, tan oportuna para Sánchez cuando ahora la democracia no parece lo más oportuno para él. Sí, ya saben que no tenemos una propuesta de alternancia en España, a pesar de que Bolaños nos hable de “lo más sagrado”, persignándose y besando su medalla de niño de comunión o de banderillero con gafas.
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