Opinión

EL GOLPE

Maricarmen, lluvia de mármol

Maricarmen, lluvia de mármol
Velas y flores en la Puerta del Sol en recuerdo de Maricarmen | EFE

Ha muerto Maricarmen en mitad de las plazas, de la campaña, de España, del caos, en una Puerta del Sol como de un Goya acrílico, en un hospital como de buque hospital, en un país como de guerra perpetua, una guerra como andamios que nunca se quitan. Ya muerta, a Maricarmen la siguen llevando y trayendo, como un pajarillo muerto en una caja de costura, porque aquí los muertos son muy llevables y pajariles, leves como almas, y además son muy agradecidos y no dicen nada en la ceremonia ni en los lloros ni en los desprecios ni en las hipocresías. Aquí enterramos muy bien, como dijo Rubalcaba, al que vi entrar en el Congreso en su féretro como un faraón de la política, con sus propias palabras grabadas en el sarcófago, hechas de ojos, aves y peces. Aquí enterramos maravillosamente porque nos gusta quedar bien hasta con los muertos, o sobre todo con los muertos, que se diría que creemos que nos van a absolver de todo si los lloramos, si les llevamos esas flores de nuestro propio cuerpo, tan baratas, que son las lágrimas. Pero también dice mucho de nosotros la manera en la que sólo derrochamos en lo barato, que yo creo que es lo que está sucediendo con Maricarmen, que no cuesta nada llenar la cajita de costura de pétalos, lágrimas o algodón, y cuesta mucho afrontar los problemas. 

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De los muertos no esperamos que nos solucionen nada, ni tampoco vamos nosotros al entierro faraónico o doméstico o político para solucionar nada. Vamos al entierro para que nos perdone el muerto, o para perdonarnos nosotros, o para que nos perdone la gente, que enseguida nos examina del entierro como del carné de conducir. Nunca se juzga al muerto, ni siquiera se juzga lo que pensaba o lo que esperaba o lo que quería, sólo se juzga cómo se le llora y cómo se le entierra, por eso los entierros son para los vivos, son como una puesta de largo para los vivos, mientras el muerto hace de decorado o acompañamiento, de cortinaje negro, de caballo negro, de piano negro. Nos gusta envolvernos en la pañoleta gruesa de la tragedia, en el sudario sedoso de la compasión, en la consoladora injusticia de la muerte más que en la irresoluble injusticia de la vida, y llorar esa leve lágrima culpable o nostálgica, como una gota de anís de señora de velatorio, o lágrimas profusas y vítricas, esas lágrimas casi meteorológicas que acompañan a los muertos. Los muertos son como una lluvia en domingo, que tapa el domingo y te obliga a vestir de lluvia, porque uno se tiene que vestir para la muerte como para la lluvia, quiera o no, y al final tampoco sirve de nada.

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No hemos hablado de vivienda, como casi nadie, con esta lluvia de mármol que nos cae del cielo y estos capiteles de lágrimas que nos brotan en las aceras

No sé yo si Maricarmen se ha muerto como un símbolo, que parecía que la tapaban con la sabanita como si se tapara una estatua, o se ha muerto como cualquiera, o sea para que luego la usen de florero, de mueble bar, de cofrecito, de herencia o de seto de jardín (los cementerios siguen diseñándose como jardines, con pérgolas, veladores y ángeles de tumba como ángeles de estanque, a ver si así nos convencen de que la muerte es eso, un jardín recién encalado, y no la nada). Yo creo que todos los muertos llevan como un salvoconducto de San Pedro, no para ellos que se van, o no se van, a ese cielo como una terracita, sino para los vivos que se quedan aquí adornando el muerto o adornándose con el muerto. Sí, un salvoconducto que te permite ser un santo o un justiciero, incluso ser un hijo que nunca fue hijo, o un político que no hace política, sólo por aparecer por el entierro, por llorar en el entierro, por conmoverse poniendo una flor sobre otra flor como una mano sobre otra mano. Esto a uno no le parece ni bondad ni justicia ni amor, sólo ballet, el lago de los cisnes de los muertos, el pájaro de fuego de los muertos, con tutú de escayola y ala de garabato. Esas cosas hay que demostrarlas en vida, las tienen que demostrar en vida los hijos, los amantes, los amigos y también los políticos, que no hacen nada en vida, todo lo hacen en cielos futuros y paraísos de tramoyista. 

Ha muerto Maricarmen, atravesada de ángeles, médicos, acreedores y mirones, o sea como todos. Ha muerto con causa, que es como morir con escudo y lema, como un mosquetero, aunque una vez que te has muerto es verdad que la causa te la pueden cambiar o mover, como si te cambiaran o movieran ese velador o esa nube de ese cielo de veladores o nubes. Los muertos son discretos y agradecidos, no se quejan así acaben bajo una hornacina, en un robledal o en un cenicero. Los muertos son muy llevables, no pesan con todo lo que eran sino sólo con lo que les recordamos o nos interesa recordar de ellos, y que pesa lo que un anillo o una carta del muerto. Los muertos son incluso muy casaderos, que a veces les salen más novios de muerto, cuando son ricos en simbología como en tierras, que los que les salían de vivo, cuando eran pobres como la misma realidad. Lo peor es que la muerte tapa la vida y hasta el muerto tapa a su vivo, como lo de la lluvia y el domingo. Hasta la simbología tapa los problemas, y con menos gasto que las soluciones. Ya ven que no hemos hablado de vivienda, como casi nadie, con esta lluvia de mármol que nos cae del cielo y estos capiteles de lágrimas que nos brotan en las aceras.

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