En Pekín, una librería llamada Lilith organiza clubes de lectura, sesiones de cine y cursos solo para mujeres. Las asistentes pueden hablar de sus madres, de sus jefes, de la presión para casarse antes de los treinta o de los hijos que no quieren tener. La librería les pide una sola cosa: que eviten los asuntos políticos. No es una cuestión de principios. Es un cálculo.
La escena procede de un reportaje de Inma Bonet publicado en El País el 21 de octubre. Describe librerías y cafeterías de Pekín y Shanghái donde mujeres jóvenes comparten experiencias que hasta hace poco vivían en soledad. Una cuenta que su padre le hizo saber desde niña que habría preferido un hijo. Otra, cuando le piden descendencia en nombre del interés nacional, responde que ese interés no es asunto suyo. El reportaje es valioso, y su centro de gravedad es la escena amable. Lo decisivo está en lo que cuenta de pasada.
Para entender por qué un club de lectura excluye la política hay que volver a 1949. El Partido Comunista nunca se presentó como enemigo de las mujeres. Prohibió los matrimonios concertados en 1950, las llevó en masa a las fábricas y adoptó la consigna de Mao de que las mujeres sostienen la mitad del cielo. Una librería de Pekín lleva hoy ese nombre. El Partido fundó también la Federación Nacional de Mujeres, una de las organizaciones de masas con que encuadraba a cada sector de la sociedad. El método era el de los regímenes de inspiración soviética: no bastaba con prohibir las asociaciones independientes, había que ocupar su lugar con otras oficiales. La igualdad existía. La definía el Estado.
Ese límite no se ha movido. En marzo de 2015, en vísperas del Día de la Mujer, la policía detuvo a cinco activistas que preparaban una campaña de pegatinas contra el acoso sexual en el transporte público. Pasaron treinta y siete días encerradas. En 2021, Weibo y Douban cerraron decenas de cuentas y foros feministas. En 2024, la periodista Huang Xueqin, una de las impulsoras del MeToo chino, fue condenada a cinco años por incitación a la subversión. Una pegatina, un foro y una investigación periodística. Ninguno de los tres es en sí un acto político. Los tres suponían mujeres coordinándose fuera del Partido.
Las necesidades del Estado, en cambio, sí han cambiado. China registra la natalidad más baja de su historia. En 2023, Xi Jinping pidió a la Federación de Mujeres que "guiara" a las mujeres hacia el matrimonio, la maternidad y las buenas costumbres familiares. En 2025 y 2026, la Administración del Ciberespacio lanzó campañas contra los contenidos que alientan el rechazo al matrimonio y a la maternidad. La organización fundada para movilizarlas recibe ahora el encargo de devolverlas a casa.
Reconocer la valentía de lo que ocurre en los clubes de lectura para mujeres de librerías chinas como Lilith no debería convertirla en prueba de libertad
Las librerías de Bonet funcionan dentro de ese sistema, no contra él. Son espacios tolerados. Un derecho permite reclamar cuando la autoridad intenta arrebatarlo. Una tolerancia dura mientras quien la concede no cambie de opinión, y su retirada no exige explicaciones. Lo que existe en esos locales es una libertad administrada: se puede hablar del malestar, no organizarse contra sus causas.
De ahí la cautela del vocabulario. Zhang Li, profesora de la Universidad Normal de Pekín, prefiere decir "perspectiva de género" porque la palabra feminismo se ha vuelto conflictiva. Otra entrevistada rechaza la etiqueta. Una década de detenciones, cierres y despidos ha enseñado qué palabras conviene usar.
Nada de esto resta valor a lo que ocurre en esas librerías. Descubrir que una humillación personal es una experiencia compartida es el primer paso de cualquier movimiento. Sería injusto exigir valentía, desde Madrid, a quien tiene que medir cada frase. Pero reconocer esa valentía no debería convertirla en prueba de libertad. La prudencia de las protagonistas termina suavizando el retrato del sistema que las obliga a ser prudentes.
La prueba está en el propio reportaje. Según lo que circuló en las redes, la profesora de Derecho Pei Yi había preguntado en el grupo de su asignatura por qué ninguno de los siete miembros del Comité Permanente del Politburó podía ser mujer. El mes pasado, el Instituto de Tecnología de Pekín la despidió por "graves infracciones de la ética profesional".
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