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Walter Lippmann: pandemia, medios y opinión pública

Los invitados debaten si la ciudadanía carece de las herramientas y del interés para evaluar el mensaje de los medios

Imagen del Podcast culturas políticas con un montaje de uan cabeza partida de la que salen medios de comunicación y la cara de Walter Lippman a la izquierda

Carmen Vivas

En este tercer episodio del podcast Culturas Políticas, dialogamos con Rafael Rubio (Universidad Complutense de Madrid) y Juan Luis Manfredi (Universidad de Castilla la Mancha) acerca de la obra de Walter Lippmann. Nacido en 1889, Walter Lippmann observó como nadie el nacimiento de la comunicación política en la sociedad de masas.

Dos de las obras de Lippmann son aún hoy enormemente relevantes: La Opinión Pública de 1922 y Público Fantasma de 1925. Ambos textos entroncan con la visión, pesimista y escéptica ante las sociedades modernas en la que también coincidía, por ejemplo, el Ortega y Gasset en su La Rebelión de las Masas (a su vez publicado en 1929). 

Testigos del primer tercio del siglo XX, tanto Lippmann como Ortega reflexionan sobre el papel de la opinión pública y la sociedad de masas en la terrible guerra que asoló Europa entre 1914 y 1918 y en los aún más terribles efectos de esta. A su manera, ambos también anticipan los horrores, entonces aún por llegar y que terminarían por destrozar Europa y el mundo durante la Segunda Guerra Mundial.

El pensamiento de Lippmann se basa en la idea de que en sociedades complejas el público es completamente incapaz de aproximarse a una realidad ajena y complicada

El pensamiento de Lippmann se basa en la idea de que en sociedades complejas como las nuestras el público es completamente incapaz de aproximarse a una realidad lejana y complicada. Para interpretarla, la ciudadanía solo cuenta con las narrativas proyectadas por los medios de comunicación de masas.

En el primer capítulo de La Opinión Pública, titulado Las imágenes en nuestras cabezas, Lippmann reflexiona sobre un grupo de europeos de varias naciones que viven en una isla en el verano de 1914 y sobre cómo aún convivían en paz cuando sus compatriotas que sí tenían acceso a los medios se encontraban ya en guerra.

Esa paz se interrumpió de inmediato cuando el ferry trajo con sigo los periódicos: la cuestión no era tanto la lejanía o proximidad del frente o la percepción de la realidad en el entorno inmediato como el relato, como lo llamaríamos hoy, sobre esa realidad generado por la prensa. 

En opinión de Lippmann, que nació cuando la prensa amarilla de Estados Unidos inventaba una Guerra de Cuba a medida de sus intereses y presenció el apogeo de la propaganda de masas en la Gran Guerra, la ciudadanía carece de las herramientas (y, las más de las veces, del interés) para evaluar críticamente el mensaje que le llega de los medios. En su lugar, la mayoría de la opinión pública, según Lippmann, prefiere aferrarse a lo que él llamó «estereotipos». Es decir, en relatos simplificados y basados en preconcepciones, en lugar de hacer el esfuerzo intelectual y emocional necesario para afrontar críticamente la realidad. 

Lippmann considera a los medios como meras correas de transmisión entre las élites dominantes y la opinión pública»

Una segunda dimensión de la obra de Lippmann es, además, aquella que considera a los medios como meras correas de transmisión entre las élites dominantes y la opinión pública. Lejos de percibir a los medios como un “»cuarto poder», presto a controlar a los gobernantes, Lippmann opina que ya entonces se había creado una relación perversa entre el periodismo como profesión y los gobiernos. Según esta visión, para acceder a información, los medios necesitaban mantener buenas relaciones con las autoridades y éstas, a su vez, utilizaban los medios para generar ciertas interpretaciones de la realidad, los citados «estereotipos» que, una vez proyectadas sobre la ciudadanía, se convertía en la realidad misma. 

Casi exactamente 100 años después, en un mundo dominado por las nuevas tecnologías del que emerge en un ecosistema de medios significativamente alterado por internet y radicalmente distinto del que conocía Lippman, la reacción de la opinión pública y de los medios de comunicación ante el Covid apunta a que estas observaciones aun parecen inamovibles.

  • ¿Se ha comportado la opinión pública en este tiempo de pandemia como un rebaño desnortado a merced de los grandes medios de comunicación de masas?
  • En teoría, la opinión pública tiene ahora acceso a más información, más opiniones e incluso a más información procedente de fuentes mejor informadas. Sin embargo, internet no ha contribuido a que las imágenes en nuestras cabezas acerca de la pandemia sean mucho más sofisticadas que los estereotipos deplorados por Lippmann. ¿Por qué?
  • Observando la evolución de la pandemia es evidente que los medios de comunicación han seguido a pie juntillas las informaciones que les daban sus gobiernos – a veces en flagrante contradicción con la información que recibían los ciudadanos en países vecinos e incluso con la información que esos mismo gobiernos daban en un momento u otro. ¿Ha confirmado la pandemia esa relación perversa entre medios de comunicación y poder político?
  • Hoy, en una sociedad globalizada, los ciudadanos tienen acceso inmediato a fuentes de información de más allá de sus fronteras y existen imperios mediáticos transnacionales como News Corporation. Esta globalización de la información ¿Ha alterado el análisis de Lippmann? 
  • Otra de las afirmaciones más deprimentes de Lippmann – y aquí coincide con otros pensadores como por ejemplo Schumpeter –  es que, en realidad, los propios políticos tampoco están especialmente capacitados para interpretar la realidad más allá de estereotipos. De nuevo, la pandemia también parece haber puesto de relieve las limitaciones de la clase dirigente, y no solo en España. ¿debemos dirigirnos hacia una sociedad que sea más tecnocrática, como la que describía Schumpeter, y entregar el poder público a técnicos especialistas?
  • En último lugar, quizás lo más importante, Lippmann opinaba que el meollo del problema reside en el propio ciudadano, que carece de los medios y, quizás más grave, del interés en informarse. Y además opinaba que el problema era irresoluble. Suele citarse la educación como solución, pero Lippmann opinaba que ni siquiera esta puede crear «ciudadanos omnisicientes», ¿Estamos condenados a ser presa los estereotipos? En ese caso, ¿cuál es la solución?

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