La pregunta la formuló desde el estrado. La hizo con semblante relajado y tono confiado, sabedor de la respuesta mayoritaria. “¿En manos de qué partido depositarías tus llaves para que cuiden tu casa?”. Las encuestas aseguran que la mayor parte de vascos en las suyas. Probablemente el próximo domingo el candidato del PNV, Iñigo Urkullu, reciba las llaves para liderar el gobierno de Euskadi por otros cuatro años más. Lo hará entre aplausos e ikurriñas y rodeado de los suyos en la sede del PNV, Sabin Etxea. En Euskadi nadie duda de su victoria. La auguran con holgura todas las encuestas y la reconocen incluso sus adversarios. Lo que resta por ver es cómo será: relajada y sincera, sonrisa inquieta y preocupada o forzada y amarga. La primera la otorgaría una mayoría suficiente junto al PSE, su aliado preferente y hoy debilitado socio de gobierno en las principales instituciones vascas. La segunda, la más previsible, la forzaría un hundimiento del socialismo vasco aún más profundo del que anuncian los sondeos, que rebajan a la mitad sus 16 escaños actuales en el Parlamento Vasco. Y por última, la tercera, la sonrisa amarga, requeriría de una sorpresa que pocos prevén en forma de mayoría absoluta del binomio EH Bildu-Elkarrekin Podemos.

Este maestro de profesión, de 55 años cumplidos en campaña, padre de tres hijos y vinculado al PNV desde que era un adolescente, ha recorrido todas las categorías de la política hasta la presidencia del Gobierno vasco. Sabe que el lunes comienza otra campaña. Quizá más larga, tediosa y minuciosa. Negociar un acuerdo de gobierno o de legislatura nunca ha sido sencillo. Demasiados reproches por olvidar. Pero Urkullu (Alonsotegi 1961) ha demostrado habilidad para encandilar y acordar. Enemigo de la mano de hierro y de la improvisación, prefiere el trabajo discreto, la mano izquierda y el pragmatismo. En cuatro años en el Gobierno ha logrado niveles de aceptación muy superiores a los de voto. Los últimos sondeos sitúan el respaldo al PNV en alrededor del 35% pero la aprobación a la labor de Urkullu en casi un 72%, según el CIS. Su apuesta por la centralidad y la moderación ha calado en una sociedad cansada del tensionamiento tras décadas de violencia y que hoy disfruta de la paz y ansía la normalidad.

La ‘transfiguración’ de Otegi

Desde la próxima semana el ‘estilo Urkullu’ volverá a poner a prueba. En el PNV no quieren reeditar las penurias con las que nació la recién concluida legislatura. Un mandato durante el cual el lehendakari se vio obligado a gobernar en solitario con los 27 parlamentarios de su partido, lejos de la mayoría absoluta -­38 escaños- e incapaz de sacar adelante leyes e iniciativas. El ciclo 2012-2013, con la crisis asfixiando, dejó un mal reguero: presupuestos prorrogados, leyes aparcadas e impotencia para poner en marcha muchas iniciativas. Tres años después varios dirigentes jeltzales reconocen que retornar a aquel escenario en soledad no sería nada deseable.

«No nos fiamos», aseguran en el PNV sobre el supuesto acercamiento del líder de Bildu

Por ahora, a lo largo de la campaña que toca a su fin, en la dirección del PNV han comenzado a marcar distancias y a insinuar acercamientos. En los últimos trece días la izquierda abertzale ha insistido en buscar la mano tendida con el PNV y proponer un acuerdo a tres EH Bildu-Podemos-PNV para gobernar Euskadi en clave soberanista. El presidente del PNV, Andoni Ortuzar, dejó claro el miércoles que desconfía de la “transfiguración” de Arnaldo Otegi, el ‘no candidato’ de la coalición radical pero que ha ejercido como tal durante toda la campaña: “La forma de atacarnos ahora es más sutil. Intentan mezclarnos con ellos. Mano tendida para luego arrastrarnos”, afirmó ayer antes de concluir, “no nos fiamos”.

Pero de alguien tendrán que hacerlo. La historia de la democracia en Euskadi muestra que los acuerdos de gobierno son casi una seña de identidad. Los ha habido en diez de los once gobiernos constituidos desde 1978. El abanico ha sido multicolor y con el PNV en todas las combinaciones excepto en 2009, cuando el PP facilitó la llegada a la Lehendakaritza del socialista Patxi López. La formación de Urkullu ha sabido entenderse con izquierda y derecha. Ha gobernado con el PSE, con Izquierda Unida-Ezker Batua, Euskadiko Ezkerra y con una parte de EH Bildu, Eusko Alkartasuna. Por ahora, la izquierda abertzale tradicional, convertida hoy en Sortu, no ha ocupado despachos en Ajuria Enea.

El PSE, la primera opción

Tras el 25-S la prioridad parece clara: el PSE. Es la primera opción. Durante el último tramo de la primera legislatura ha sido su aliado preferente. Una sintonía que se ha ido acrecentado hasta transformarse en pactos de Gobiernos en las tres diputaciones forales y en los ayuntamientos de las tres capitales vascas. Ahora un pacto para el Gobierno vasco, además de dar oxígeno al languideciente socialismo en Euskadi, cerraría el círculo de su acercamiento institucional. El problema radica en que podría no ser suficiente. De cumplirse el pronóstico, los 27 ó 28 escaños de la formación de Urkullu y los 8-9 que se asignan al PSE les dejarían, en el mejor de los casos, a un escaño de la mayoría absoluta.

Los populares de Alfonso Alonso podrían lograr 8 parlamentarios

Es ahí donde el tablero se complica; entraría en juego el PP. Los populares vascos de Alfonso Alonso podrían lograr 8 parlamentarios, frente a los diez actuales. La clave radica en el precio de su apoyo. El PNV ha reiterado que no respaldarán en ningún caso a Mariano Rajoy y menos aún si le avala una alianza con Ciudadanos, formación a la que el PNV ha situado como la mayor amenaza a las aspiraciones de autogobierno de catalanes y vascos. Urkullu tiene una ventaja; el PP vasco no tendría mucha más opción. Apoyar un gobierno EH Bildu-Elkarrekin Podemos, si alcanzara, parece una hipótesis imposible.

Urkullu aseguró antes de convocar las elecciones que Euskadi tendría un gobierno antes que España. El calendario por ahora parece darle la razón y las urnas, probablemente también. “No nos vamos a dejar arrastrar por el desgobierno de España, por ese espíritu de bloqueo, veto, anulación e imposición”, aseguró ayer en Barakaldo. La dirección del PNV continúa sin ver despejado el horizonte para apoyar una alternativa a Rajoy. Sus cinco diputados se decantan más por una alternativa liderada por Sánchez que por facilitar la continuidad del presidente del PP. Los recursos a leyes y medidas aprobadas por el Gobierno de Urkullu, la falta de diálogo y sintonía entre ambos gobiernos y lo que consideran un progresivo proceso de recentralización impulsado por Rajoy ha roto los canales de entendimiento que Urkullu se empeñó en explorar con el presidente del Gobierno. Canales que continúan atascados.

Un parlamento soberanista

A partir del lunes a Urkullu se le abre una legislatura con asignaturas pendientes, heredadas de su primer mandato, y nuevos retos. También más opciones. La irrupción de Elkarrekin Podemos amplía el campo de juego. Insertado entre las formaciones de corte nacionalista o partidarios de mayores cuotas de autogobierno, el trío PNV-Podemos-EH Bildu podría copar más del 75% de los asientos de la Cámara de Vitoria. La candidatura que encabeza Pili Zabala ya ha anunciado que respaldará la consecución de mayores cuotas de autogobierno, la convocatoria de consultas y la puesta en marcha de un proceso equivalente a la Ley de Claridad de Canadá. Y la propuesta de Podemos, partidaria de la transversalidad y de no forzar una ruptura con España, sino una nueva convivencia, guarda similitudes con la propuesta de “soberanía compartida” que plantea Urkullu. Ambos quieren “actualizar” la relación con el Estado. Urkullu apela a la profundización de los derechos forales reconocidos en la Constitución como aval legal para avanzar hacia un nuevo estatus de Euskadi. La independencia es un concepto desfasado y anticuado, ha dicho el lehendakari, el nacionalismo de este siglo se sustenta en acuerdos y pactos para “compartir soberanías” en estados “cada vez más complejos”.

Si en 2012 se comprometió a una consulta en 2015, esta vez el PNV no se ha puesto plazos. Ahora se limita a considerar “conveniente” que se pueda celebrar una “consulta habilitante” para, en su caso, avalar la propuesta de actualización del estatuto vasco que se pactará en el Parlamento Vasco. Sólo tras esa consulta se remitiría la propuesta a las Cortes españolas para su tramitación.

Sellar el final de ETA

La segunda asignatura pendiente será certificar el final de ETA. Lo ha reclamado reiteradamente pero sin éxito. El final de la banda y el futuro de sus presos parecen están conectados. Acabar con la dispersión de los etarras en cárceles alejadas de Euskadi vuelve a estar sobre la mesa. Urkullu la concibe como la decisión capaz de desbloquear la situación y contribuir al mismo tiempo a apuntalar el camino de reparación del daño causado y la profundización de la convivencia en Euskadi. Aún queda trecho por recorrer. En campaña el candidato del PNV no ha logrado que EH Bildu asegure en la televisión pública que “matar estuvo mal”. Tampoco el PP, en la figura de su candidato, fue capaz de reconocer a Pili Zabala, víctima de los GAL, como víctima del terrorismo. Los cinco segundos de mirada tensa y silenciosa durante el debate electoral en ETB han sido una de las imágenes de estos días.

Y sin duda la gran urgencia y prioridad que Urkullu se ha fijado pasa por el empleo y la recuperación económica, primera preocupación de los vascos. El objetivo que se ha marcado es rebajar la tasa de desempleo del 12,5% actual al 10% en 2020. El referente es Europa, a la que apela de modo constante, “somos referentes en Europa y queremos ser líderes en Europa”.