Podemos afronta el Consejo Ciudadano Estatal de este sábado, su máximo órgano de dirección entre asambleas, envuelto en los mismos términos de debate que dieron luz a la formación antes de las elecciones europeas de 2014. Con una diferencia importante: las posiciones monolíticas de entonces, que lo eran al menos en público de cara a sus primeros procesos electorales, hoy presentan discordancias que afectan a la base misma del partido, a su rol en la sociedad y a su construcción ideológica.

Nunca negó Podemos sus influencias, que descienden de los postulados que el italiano Antonio Gramsci propugnaba ya en los años 20 y 30 y que sirvieron de guía al eurocomunismo, revitalizado tres décadas más tarde. Sin embargo, la hegemonía cultural gramsciana, que aboga por la creación e instauración de un relato social propio y controlado, es flexible y sirve de referencia aún hoy, cuando los dirigentes de Podemos hablan de «construir patria» y se refieren a «la casta».

Los conceptos clave en el auge de Podemos son herencia del populismo clásico de Laclau y Mouffe

No obstante, esos conceptos tienen más que ver con la lógica populista formulada por Ernesto Laclau. En Hegemonía y estrategia socialista (1985) primero (junto a la belga Chantal Mouffe) y en La razón populista (2005) después, el argentino define todas las nociones que marcan el día a día de Podemos en la actualidad. En ambas obras, el pensador dibuja un populismo alejado del componente peyorativo del término y lo propone como tabla de salvación de la izquierda, con el socialismo en vías de agotamiento y el resto de -ismos amortizados.

Por eso el miércoles, cuando Iglesias admitía en la presentación del nuevo libro de Jorge Alemán que el gran debate pendiente en Podemos era «decidir si tenemos que seguir siendo populistas o no», el secretario general recogía esa herencia llevando la memoria al origen de su partido y a la base académica del término, que en su día entendió igual que su secretario político, Iñigo Errejón, pero ya no. Hablaba, como lo hacía en 2014 desde su programa Fort Apache, del populismo como «movimiento que evita que la política se convierta en mera administración». Es su principal temor desde que el partido puso un pie en el Parlamento.

Los símbolos de Podemos

¿Y cómo lo evita? En ese mismo programa, en el que también participaban el propio Jorge Alemán, Alberto Garzón, Carolina Bescansa, Manolo Monereo, Enric Juliana e Iñigo Errejón, el actual número dos de la formación morada describía las teorías de Laclau y Mouffe, a los que estudió durante su período de tesis, y con los que ha trabajado estrechamente después.

«No se trata de hacer alianzas. [El populismo] es una creación nueva, una multiplicación que es más que la suma de sus actores», decía entonces para referirse a un movimiento que asumía como propio y que nace, aseguraba, «cuando las instituciones no son capaces de dar cauce o promesa confiable de cauce a las reivindicaciones populares». «Es la crisis orgánica que diría Gramsci y la crisis de régimen que decimos nosotros», apostillaba Garzón en plural cuando la confluencia todavía era un plan lejano.

El populismo supera el concepto de clase obrera y busca categorías nuevas en las que agrupar movimientos de todo tipo

Reivindicaciones populares de todo tipo, que superen el concepto de la clase obrera fundamental en el marxismo y que se agrupen en torno a «significantes vacíos», rellenables con cualquier elemento que ayude a construir la identidad deseada. En el caso del populismo, como formulaba el propio Laclau, «lo característico es que haga una diferenciación entre los de arriba y los de abajo, apelando a los de abajo».

También subrayaba el filósofo que, para que el movimiento de representación popular pase a ser populista, «lo que se necesita es que todas esas demandas cristalicen alrededor de ciertos símbolos que las unifiquen como una totalidad». Podemos los estaba construyendo todavía en 2014, aunque poco a poco los asimiló alrededor de un concepto que certificó el propio Garzón: «Casta es un significante flotante muy efectivo», decía. Alemán iba todavía más lejos: «Podemos es un gran significante vacío».

El partido, insatisfecho, fue más allá aún: mientras se asentaban los conceptos, convirtió al mismísimo Iglesias en su símbolo. Imprimió, incluso, su cara en las papeletas de aquellos comicios.

Papeleta de Podemos en las elecciones europeas de 2014.

Papeleta de Podemos en las elecciones europeas de 2014.

El momento institucional

Así cimentó Podemos su gran salto, de 0 a 69 diputados en apenas un año utilizando conceptos simples para agrupar sensibilidades muy distintas: del feminismo al ecologismo, del anti racismo a las mareas universitarias. Sin embargo, ya tras las europeas, cuando el partido todavía no había recibido ni un solo voto en elecciones generales, Errejón empezaba a vislumbrar el muro al que la formación se enfrenta hoy: «Todo régimen se construye siempre sobre un pueblo nuevo. Pero todo régimen, una vez constituido, dice: ‘Váyanse a casa y dejen que las instituciones operen'».

El debate, hoy, es si a Podemos le ha llegado ese momento. Y la interpretación es libre porque Laclau murió en abril de 2014, en la piscina de un hotel de Sevilla, cuando Podemos era aún un embrión. Habría cumplido 81 años este jueves, un día después de que Iglesias, en el centro cultural La Morada, expresase vehementemente un deseo: «Me encantaría que por esa puerta entrara Ernesto Laclau y dijera: ‘No tenéis ni puta idea de lo que estáis diciendo sobre mí'».

Errejón propone ahora priorizar las instituciones, una relajación ideológica respecto al plan ejecutado hasta el momento

Con el exabrupto interpelaba sin nombrarlo a Errejón, el gran discípulo del filósofo y sin embargo abonado a la teoría de la transversalidad. Podemos no ha logrado «asaltar el cielo» y lo que toca, según sus postulados, es ampliar la «multiplicación populista» a la que se refería en el pasado cooperando con el PSOE, atrayendo a sus bases con rostro amable y trabajando desde las instituciones. En otras palabras: relativizar la base ideológica que ha construido el proyecto hasta ahora.

El PSOE: antagonismo o agonismo

«Asumir la institucionalización implica, al menos en el corto/mediano plazo, suspender la hipótesis populista», explica el politólogo argentino Ivan Schuliaquer, «aunque a priori no tiene por qué suspender ni la democracia radical ni el agonismo». Un concepto, este último, al que Errejón aludía también en Fort Apache pero ya en 2016, cuando planteaba las dos opciones que el partido puede adoptar en su relación con el socialismo: «Antagonista, identificándolo como un enemigo al que hay que destruir; o agonista, considerándolo un simple adversario».

Las últimas semanas han servido para explicitar las posiciones de los dos líderes en este sentido. Las han hecho públicas y las defenderán a principios de 2017, si nada cambia, en la Asamblea Ciudadana. Iglesias está en lo primero, Errejón en lo segundo.

La encrucijada de Podemos es que el nuevo poder aún no es hegemónico y el viejo no termina de irse

Para Schuliaquer, licenciado por la Universidad de Buenos Aires y doctorando en la París-Sorbonne, donde ha estudiado a fondo el crecimiento de Podemos y la relación del partido con su compatriota, este debate es inevitable. «La encrucijada de Podemos es que, en lo que Gramsci llamaba la guerra de posición, el nuevo poder aún no es hegemónico y el viejo no termina de irse. De hecho, el viejo se queda. Y se volvió a quedar, ahí está el escenario», explica, para argumentar la delicada situación ideológica en la que los resultados han situado al partido. Obligado a estar en las instituciones, pero sin el poder suficiente para «superarlas» desde dentro.

Una dicotomía que exige un movimiento organizado en dos velocidades. «Con un pie en las instituciones y otro en la calle», defiende Errejón. «Con una pata en las instituciones, pero la cabeza y una pierna fuera», replica Iglesias. Matices, clave, que ya reconocía Laclau como potencial debilidad de su teoría si ésta se quedaba a medio camino del asalto al poder. Lo recuerda Schuliaquer: «Si un movimiento político pasa sólo por las protestas callejeras, sin un proyecto de ser Gobierno, tiende a diluirse porque las manifestaciones masivas no se sostienen eternamente».

Ernesto Laclau.

Ernesto Laclau.

Eso mismo opina Errejón, y lo hacía ya en mayo, tras la investidura fallida de Pedro Sánchez y antes de las segundas elecciones, en las que la demoscopia casi en bloque pronosticaba el sorpasso y la exigencia de una nueva zancada, acaso la culminación, del camino populista emprendido dos años antes. «Hay que integrar un componente ciudadano, que quiere orden y espera orden», avanzaba, incidiendo en sus habituales referencias a los países nórdicos sobre los latinoamericanos e incluso Grecia: «Esto lo hacen muy bien en el Norte y lo hacemos muy mal en el Sur: problema 1 en ventanilla 1, problema 2 en ventanilla 2…»

Las dos interpretaciones de Laclau

«Creo que Errejón ve en el parlamentarismo, que tiende a funcionar con acuerdos y negociación, un obstáculo para la impugnación de las élites pero no un impedimento», analiza en ese sentido Javier Franzé, profesor de Pensamiento Político en la facultad de la Complutense donde el partido fraguó su esencia. «Entiende que se puede y se debe luchar por ampliar la democracia, que es lo que significa construir un pueblo, en todo el terreno político y no sólo en la calle», explica.

Una adaptación clave que hace Podemos es entender que España no es América Latina: el Estado no está en crisis

Es en cierto modo una revisión del Laclau original que el propio Errejón ha liderado desde el principio a partir de un mensaje que ha sido clave en sus apariciones públicas. «Una adaptación importante que hace Podemos, ya no estrictamente de Laclau sino del populismo en América Latina es entender que España no es América Latina: en España el Estado no está en crisis y mantiene pese a todo su autoridad y su legitimidad», detalla el académico, que reconoce que la división «tajante» entre ruptura e instituciones «tiene algo de cierto», pero «no ayuda a comprender la lógica de la política, que es construir sentido desde donde sea», apunta en la misma línea que ha defendido el secretario político de la formación morada cada vez que alguien le ha querido escuchar.

Una discrepancia con la visión del secretario general que es, en sí misma, una impugnación a la teoría populista, que no admite dudas en torno a sus líderes. «Tanto en Bolivia, como en Ecuador, como en Argentina, como en Venezuela, se hablaba de evismo, correísmo, kirchnerismo y chavismo. Sus fuerzas políticas estaban en un claro segundo plano», recuerda Schuliaquer. Una característica indispensable, que a pesar de la anécdota de las papeletas de las elecciones europeas, no ha logrado consolidarse en un partido en el que, concluye el politólogo, «parte del debate pareciera pasar por el lugar que ocupa el líder dentro de la fuerza».