Francisco Correa, el jefe de la trama Gürtel, ha vivido sus quince minutos de gloria como diría Andy Warhol en las diez horas de interrogatorios a las que le ha sometido la fiscal Conchita Sabadell, divididas en dos jornadas de esta vista. El próximo lunes contestará a las preguntas que le hará el representante del PSOE, Virgilio de la Torre, y su abogado, Juan Carlos Navarro. A pesar de que las palabras que más ha empleado durante su extensa declaración han sido «colaborar y ayudar» aún es demasiado pronto para decidir si esta confesión es suficiente para lograr que la Fiscalía le aplique la atenuante de arrepentimiento.

Lo que ha quedado claro en estas manifestaciones son las fobias y las filias del que un día fuera apodado «Don Vito» aunque él no se reconozca en este mote porque no es un «mafioso sino un trabajador». Correa ha repetido las veces que ha hecho falta que los hombres y mujeres que trabajaron a sus órdenes no tenían que estar en este juicio porque se limitaron a obedecer sus instrucciones salvo una excepción, la de Isabel Jordán, a la que tuvo que tuvo que despedir, según su versión, por meter la mano en la caja y gastar lo que no era suyo en tiendas de lujo.

La profesionalidad de su equipo

A pesar de ello, cada vez que contaba que no podía permitir esta actuación como coletilla añadía que la que fuera su antigua colaboradora era «una gran profesional». Tampoco tuvo palabras amables para José Luis Peña, el hombre que le traicionó grabando sus conversaciones durante dos años.

Atacó a una de sus colaboradoras, Isabel Jordán, por haberle robado

Sin embargo, el jefe de esta red corrupta se ha empleado a fondo para exculpar a Álvaro Pérez, el Bigotes, al que presentó como un tipo peculiar pero del que dijo que «jamás había entregado un sobre a un político» e insistía en esta idea «porque es muy importante porque estamos jugando con la vida de una persona».

No obstante, reveló que su empleado, hombre fuerte de sus negocios en Valencia, era un hombre de gustos caros y comía «un día sí y otro también» angulas en un restaurante madrileño por lo que no le extrañaba que le hubiera podido pasar una factura de 600 euros. Y todo con el objetivo de negar que El Bigotes fuera el encargado de pagar los sobornos a Jesús Sepúlveda, el ex alcalde de Pozuelo y ex marido de Ana Mato, a pesar de que sus siglas aparecen relacionadas en la contabilidad de la caja b, pero Correa juró y perjuró que se referían a otro Jesús.

Pablo Crespo dejó la política por él

El jefe de la trama de corrupción también recurrió a Álvaro Pérez para revelar uno de los mayores misterios de este sumario: la identidad de Luis el Cabrón. Un mote que, según el jefe de esta red de corrupción, le puso el Bigotes a Luis Delso, presidente de Isolux, que en un viaje de Valencia a Madrid le prestó un dinero porque Pérez parece que siempre estaba a la cuarta pregunta y Correa se acababa haciendo cargo de sus deudas con el dinero que escondía en su caja b. La policía creyó al inicio de este caso que tras este taco se escondía el ex tesorero del PP Luis Bárcenas.

De su número dos afirmó que se volvió paranoico y que hablaba por teléfono como los indios

De Pablo Crespo, su número dos, habló poco y sólo reconoció que antes de que fueran detenidos se volvió un poco «paranoico» porque estaba convencido de que les habían pinchado los teléfonos y «hablaba como los indios». No obstante, también le presentó al tribunal como un gran profesional que abandonó la política por su insistencia y usó sus malas relaciones en Galicia con Mariano Rajoy para justificar el fin de su relación empresarial con el PP. «No había química», aseguró.

Cambia la versión sobre Rajoy

No obstante, un día más tarde ofreció otra versión y mantuvo que sus empresas dejaron de trabajar para el partido conservador porque contrató a instancias de Alejandro Agag, a Antonio Cámara, secretario de José María Aznar, que tenía malas relaciones con el equipo del actual Presidente del Gobierno en funciones. Justificó este cambio de versión por las pocas horas que había dormido, pero no resultó muy convincente.

Las fobias del jefe de esta red corrupta se concentraron en el otro acusado que más poder ha tenido en los años locos de la década de los 90 del siglo pasado, Luis Bárcenas. Y Correa jugó con ventaja por declarar primero. Aunque le presentó como «un hombre muy serio y muy duro» no ofreció detalles del acuerdo al que llegaron para llenar sus bolsillos con las comisiones que les pagaban los empresarios por adjudicaciones públicas. Tampoco explicó, porque no se le preguntó, por la necesidad de que Bárcenas le usara a él como intermediario.

La pieza a cazar

Su relación con el ex tesorero del PP parece que se limitó a los negocios y no ofreció detalles del motivo de la ruptura más allá de que se enfadó «por las formas» en que Bárcenas prescindió de sus servicios con el partido. Correa quiso dejar claro que tenían montado un chiringuito en el que se repartían las mordidas que cobraban a empresarios de primer orden como «OHL, ACS y Dragados» porque su mediación se llevó a cabo en la construcción de carreteras, autopistas, obras del AVE y medio ambiente. OHL anunció la presentación de una querella contra Correa por esta acusación. Un aviso que no inquietó lo más mínimo al jefe de la red de corrupción, según fuentes de su entorno.

Correa se cobra la pieza de Bárcenas y de otros políticos del PP a los que financió campañas municipales

El jefe de esta red de corrupción también se ha cobrado otras piezas menores en esta trama como los ex alcaldes de Pozuelo, Jesús Sepúlveda, y Majadahonda, Guillermo Ortega, apodado La Rata, el ex parlamentario Alberto López Viejo y Gerardo Ortega, pero libró de todo pecado al ex concejal de Estepona Ricardo Galeote y a Francisco Álvarez-Cascos. Y, cada vez que la ocasión se le presentaba, mentaba a la ex presidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre que le hizo perder una suculenta comisión por la venta de unas parcelas en Majadahonda a un amigo suyo que luego se quedó Sacyr.

Una vida a todo trapo

En medio de todos estos negocios legales e ilegales, Correa aún tenía tiempo para hacer el bien y agasajar «como se hace en la empresa privada» a los que le generaban beneficios en sus cuentas bancarias. Y dejado entrever que su vida era digna de envidia porque era cliente asiduo en joyerías, sastrerías, travesías en barcos, casas y viajes, eso sí, casi todo pagado en negro. Por ello, no dudó en afirmar que para él «mandar unos payasos o pagar unos globos» no era dinero, en referencia a los regalos que hizo a Mato para las fiestas infantiles de sus hijos.

Todas estas confesiones han estado permanente acompañadas por una controlada humildad, aunque su carácter de hombre prepotente y acostumbrado al poder ha salido a relucir en varias ocasiones. «Yo soy del Atlético de Madrid y tenía 25 palcos como el presidente del Real Madrid»; «desde pequeño me han interesado las causas de los débiles», «contraté al hermano de Bárcenas, pero acabó en Iberia».

Objetivo cumplido

Eso sí, sus frases más repetidas han sido «reconozco los hechos» y por si no resultaba convincente se dirigía a la fiscal y mirándola a los ojos le decía: «Estoy haciendo un esfuerzo importante para que vean mi colaboración». Al final Correa, según fuentes de su entorno, se marchó de la sala seguro de que había cumplido su objetivo.