El Rey se ha puesto este viernes a la cabeza de un optimismo institucional reciente y sutilmente instalado en España. Y lo ha hecho en Oviedo, en ese referente histórico del país donde cada mes de octubre y desde aquel lejano día en que, con 13 años, pronunciara su primer discurso como Príncipe, viene trasladando a los españoles sus palabras más personales. Al cabo de un largo año de interinidad política, en vísperas de una posible investidura, y en medio de una solemne ceremonia centrada en la cultura, la ciencia, el deporte y la solidaridad, como es la entrega de los Premios Princesa de Asturias, Felipe VI ha llamado a «una España alejada del pesimismo, del desencanto o del desaliento».

Felipe VI pone como ejemplo a los premiados para hacer un exhorto a los «esfuerzos compartidos»

En presencia del presidente de Asturias y de la gestora socialista, Javier Fernández, y del líder de Ciudadanos, Albert Rivera -por cuyas manos, entre otras, pasará la próxima semana el esperado desbloqueo político-, el jefe del Estado ha puesto como ejemplo a los premiados de la presente edición para hacer un exhorto a los «esfuerzos compartidos». «El progreso es siempre fruto de muchos esfuerzos compartidos entre personas de orígenes diversos, entre culturas y creencias distintas, entre naciones diferentes», ha afirmado también ante la presidenta del Congreso, Ana Pastor, y el único miembro del Gobierno en funciones presente, el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo. A diferencia del año pasado -por razones obvias-, no ha asistido Pedro Sánchez. Tampoco ha acudido el líder de Podemos, Pablo Iglesias, a pesar de haber sido expresamente invitado.

Una España ‘de brazos abiertos’

Claro que el monarca no ha dirigido a nadie emplazamientos directos ni concretos. Le ha bastado invocar el espíritu de los Premios y citar a Unamuno, para hacer su particular llamamiento, además de a una España optimista, a una España solidaria, de «brazos abiertos, en la que nadie pueda sentirse solo en el dolor o la adversidad».

Un pueblo que quiera, respete y ampare la cultura, nunca le temerá al futuro»

A diferencia del año pasado, en que el desafío independentista en Cataluña centraba la agenda política, el monarca ha sobrevolado el problema, si acaso, con una leve alusión. Si en octubre de 2015 Don Felipe clamó: «Las divisiones nunca hacen grande a un pueblo», esta vez ha optado por subrayar lo que une a España: «…una España fiel a su irrenunciable afán de vivir, y orgullosa de lo que somos, de lo que juntos hemos conseguido, que ha sido mucho, y admirable». Si el año pasado el monarca fue así de explícito -«que nadie construya muros con los sentimientos», dijo en alusión a Cataluña-, esta vez, y con el desafío soberanista plenamente reeditado, ha reivindicado el propio «sentimiento de amor profundo a Asturias y a toda España».

Pero sobre todo, el Rey ha insistido en su mensaje positivo a la nación, instando a los españoles a estar «seguros de nosotros mismos», y subrayando la importancia de la cultura como elemento integrador: «… Porque un pueblo que quiera, respete y ampare la cultura, nunca le temerá al futuro». Un futuro, el del pueblo español, en el que, por cierto, Don Felipe ha incluido expresamente, y entre los aplausos del auditorio, a sus hijas y a la propia Princesa de Asturias.

Antes, y tras glosar los méritos de cada uno de los galardonados, el monarca ha puesto todo su énfasis en la «afirmación cívica de la cultura frente a la ignorancia». Invocando a la figura de Don Quijote, en el 400 aniversario del fallecimiento de Cervantes, ha sentenciado: «La cultura enriquece siempre la convivencia, alimenta los más altos valores del espíritu, ennoblece los sentimientos de las personas y nos ayuda a vivir con la mayor dignidad». Cultura, pues, sólo cultura -de la que ha dado buena prueba la bilingüe interpretación de Nuria Espert, como fórmula de «progreso» para España.