Tras el sorpasso frustrado del 26-J, la principal autocrítica emergida desde el seno de Podemos fue la expresada por Carolina Bescansa, secretaria de Análisis Político y Social de la formación. «No hicimos encuesta propia antes de las elecciones, fue un error gravísimo», reconoció la dirigente, que asumió la responsabilidad de haber dado por buenas todas las predicciones que garantizaban el adelantamiento al PSOE. Para compensar el déficit demoscópico, la propia Bescansa fue la encargada de organizar una consulta a posteriori, con el objetivo de establecer las causas que habían generado la desmovilización de su electorado y con hipótesis de toda clase: guerra sucia, Venezuela, la confluencia con Izquierda Unida…y el liderazgo de Pablo Iglesias.

Ya entonces, el rol del líder asomó como uno de los factores que podrían haber alejado a la estrategia de concentración del voto de la izquierda del esperado efecto multiplicador, aunque se matizó su inclusión en el análisis. «Se trata de buscar una explicación, no responsables», dijo Bescansa, que añadió además que «el respaldo [a Pablo Iglesias] entre la gente que nos apoya es indiscutible y en absoluto ha tocado techo».

Entre votantes tradicionales de IU y el electorado moderado del PSOE, el tono ‘relativamente agresivo’ de Iglesias ‘genera rechazo’

Una conclusión compartida, en esencia, por todo el espacio político, pero que mira más hacia dentro que hacia fuera. «Entre los votantes de Podemos no hubo un factor Pablo Iglesias que desincentivase el voto», explica Berta Barbet, experta en comportamientos electorales y doctora en Ciencias Políticas por la Universidad de Leicester, «lo cual no implica que no haya ciertos grupos externos para los que Pablo fuese un problema». La politóloga identifica a esos colectivos: votantes tradicionales de IU y electorado moderado del PSOE, entre los que el tono «relativamente agresivo» de Iglesias «genera rechazo», pese a que el lema oficial de aquella campaña fuese, precisamente, La sonrisa de un país.

No faltó el debate sobre aquella estrategia, y es básicamente el mismo que polariza las diferencias internas en el partido cuatro meses después. Sonreír o dar miedo, cooperar dentro de las instituciones o impugnarlas, tender puentes con el PSOE o romperlos del todo. Iglesias ha reforzado sus mensajes de regreso a los orígenes, que coinciden con las segundas partes de todas esas dicotomías, aunque lo hace según Barbet siguiendo «una tendencia de perfil interno y partiendo de la base de que no vamos a ir a elecciones».

En pleno camino hacia el Vistalegre 2, donde se discutirá el futuro liderazgo del partido aprovechando el descanso electoral, estas cuestiones volverán a ser centrales. Ya lo están siendo, de hecho, en federaciones regionales como la que lidera Pablo Echenique en Aragón y que en septiembre se apuntaron al debate para la renovación de los documentos políticos, su hoja de ruta particular que deberán aprobar las bases en las próximas semanas. También en los procesos de primarias abiertos en Madrid, Andalucía o Extremadura.

Opciones de consenso

Cuando se convoquen de nuevo las urnas, sin embargo, Iglesias ya se cuestiona la validez de su tono y su estrategia para apelar a sectores más amplios. Maneja, por ello, la idea de Alberto Garzón como perfil con el que neutralizar a Íñigo Errejón si su marca personal terminase siendo un lastre para el partido, como ha informado esta semana El Independiente.

«Iglesias subió gracias a su estilo, pero fuera de su espacio más seguro la agresividad acostumbra a ser un problema que hace que al partido le cueste entrar en ciertos sectores», analiza en esta línea Barbet. «Ahora que el PSOE muestra su cara más moderada y se pliega a la razón de Estado, sería el momento de acercarse de forma amable a una izquierda amplia y plural que, si no, corremos el riesgo de dejar huérfana», sugiere por su parte el ex coordinador general de Izquierda Unida Gaspar Llamazares, una de las voces más críticas con la confluencia durante su gestación.

No creo que la pérdida de atractivo de UP sea un problema personal de Pablo Iglesias», opina Gaspar Llamazares

Para el líder asturiano, no obstante, la amabilidad y la expansión electoral no dependen sólo de nombres. «No creo que la pérdida de atractivo de Unidos Podemos sea un problema personal de Pablo», explica, «y tampoco de Íñigo o de Alberto». Se trata de un asunto, según su opinión, político: «Ni el asalto a los cielos ni cavar trincheras me parecen la mejor opción». Tanto Garzón como Errejón u otros líderes de la izquierda, mejor valorados en las encuestas que Iglesias, «se quemarían con la misma estrategia».

El desgaste hunde su valoración

Parten, en todo caso, con una ventaja notable en términos de percepción pública. En el últimos CIS electoral, publicado el 8 de agosto, la valoración de Pablo Iglesias volvió a hundirse hasta el 3,48, cerca ya del 3,35 de Mariano Rajoy, y lejos del 3,97 de Alexandra Fernández (En Marea), el 4,55 de Alberto Garzón (Izquierda Unida), el 4,87 de Xavier Doménech (En Comú-Podem) o el 4,96 de Joan Baldoví (Compromís).

Los votantes de Unidos Podemos valoran mejor a Garzón que a Iglesias. Entre los socialistas, la diferencia es mayor aún

El despiece de los datos da más detalles sobre esta tendencia. No son sólo los enemigos políticos de Iglesias los que tiran de su nota hacia abajo, que también. Incluso entre los votantes de Unidos Podemos, Garzón es mejor valorado (7,14) que el secretario general de la formación morada (6,93). Entre los socialistas, la diferencia es mayor aún: Garzón recibe un 4,73, Iglesias no pasa del 3,20. Esto se explica después en la autoubicación ideológica: Iglesias sólo aprueba entre los que se sitúan entre el 1 y el 3, sobre una escala de 10. Garzón extiende su éxito hasta el 4, y en general recibe mejores valoraciones entre el electorado moderado, pese a que su procedencia teórica sea tan radical o más que la de Iglesias.

«Es evidente que las figuras que no están en primera fila, si no existe un motivo especial, acostumbran a tener valoraciones más positivas porque generan menos rechazo entre los votantes que no son de su partido», explica la profesora Barbet, en la misma línea que Llamazares, que sufrió este efecto durante su etapa al frente de la federación: «En tiempos de mudanza todos envejecemos demasiado rápido», ilustra, «y los que vuelan cerca del sol envejecen y se queman antes».

Hace referencia el histórico líder de IU al mito griego de Ícaro, que trató de escapar de la isla de Creta volando, con unas alas unidas con cera a su cuerpo y el consejo de su padre: ni demasiado cerca del sol, porque la cera se derrite; ni demasiado cerca del mar, porque las plumas se mojan y es imposible remontar el vuelo. «No es cuestión de cambiar a Ícaro», abunda Llamazares en la comparación, «y sí quizá de avanzar de otra forma y más lejos del sol». En el desenlace del mito, Ícaro no hizo caso a Dédalo y terminó muriendo, con la cera derretida y las alas despegadas de su cuerpo.

¿Está listo Podemos para superar a Iglesias?

La posición oficial del partido es que el actual secretario general es la persona adecuada para gestionar ese rumbo. «El liderazgo de Pablo ahora mismo es indiscutible y necesario», cuentan desde la formación. «Es un líder indispensable y la persona más adecuada para llevar a Podemos», confirmó Echenique, secretario de Organización, este mismo martes, aunque añadió: «Hasta el propio Pablo Iglesias se imagina un Podemos sin Pablo Iglesias».

«Ahora mismo, Podemos tiene espacio propio y debería ser capaz de sobrevivir a un liderazgo», analiza Barbet, aunque en este extremo no hay consenso entre la comunidad politóloga. Jorge Verstrynge, cercano al partido, fue claro en este sentido en declaraciones a El Mundo tras las elecciones del 26-J, cuestionado por esta misma situación: «Si algún día Pablo se fuera, Podemos se acabaría».

Un 25% de los votantes de Unidos Podemos no se plantea apoyar nunca a otro partido

Los números, sin embargo, contradicen esa teoría. Recientemente El País, basándose en datos del CIS, se preguntaba cuántos votantes incondicionales tiene actualmente cada formación. «Personas que le votan, le votarán siempre y nunca a nadie más». Del análisis se desprende que Unidos Podemos cuenta, sólo tres años después de su creación, con una base electoral tan sólida como la del PSOE, con más de un siglo a cuestas: un 25% de incondicionales contra un 27%. El PP es el partido con una base más fidelizada, con un 37% de votantes que no se plantean cambiar, mientras que Ciudadanos es el más volátil: sólo un 18% de sus fieles lo son de verdad.

Podemos, en definitiva, ya no es el partido que necesita imprimir el rostro de su candidato en las papeletas, como sucedió en los comicios europeos de 2014, apenas meses después de su creación. El líder, sin embargo, sigue ocupando un rol de importancia capital, sea Iglesias, Garzón, Errejón u otra figura. En algunos sectores del partido, por ejemplo, está extendida la idea de que el candidato en unas próximas elecciones debería ser una mujer. El problema, en cualquier caso, vendría, según analiza Barbet, del proceso de sustitución: «Supondría unos conflictos internos que, seguro, perjudicarían al partido».

Desequilibrio en las autonomías

La influencia del líder en el voto es clara si se comparan los datos de las elecciones generales con los de las convocatorias autonómicas. Enfrentando los resultados del 20-D, las últimas generales a las que Podemos acudió en solitario, con los procesos autonómicos de 2015 y 2016, donde en general también lo hizo, la conclusión es aplastante. Sólo en Aragón (+1,95%), con Echenique como cabeza de cartel, y en Valencia (+4,33%), gracias a la fuerza de Compromís, el resultado autonómico mejoró al cosechado en la región por el partido en los comicios nacionales.

En el resto, las bajadas son aproximadamente uniformes, con la excepción de los territorios con particularidades históricas en los que Podemos aprovecha el «voto dual» del nacionalismo. Esto sucede en Cataluña y el País Vasco, donde la formación morada se deja más de un 15 y un 11%, respectivamente, cuando se vota en clave autonómica, pero también en Cantabria, debido al PRC de Revilla, y en las islas, a causa de la fortaleza electoral de Més y Coalición Canaria.

Los secretarios generales autonómicos están acostumbrados a este reto: vender la marca Podemos sin los rostros que la identifican. «Nadie debe ser imprescindible, pero es verdad que la presencia de Pablo ha sido fuerte y decisiva», analiza en ese sentido José García Molina, máximo dirigente del partido en Castilla-La Mancha, para quien la figura de Iglesias «sigue siendo muy necesaria».

La presencia de Pablo ha sido fuerte y decisiva, sigue siendo muy necesario», explica un dirigente autonómico

Su ejemplo es uno entre muchos. En Castilla-La Mancha, cuando se vota en clave nacional para que Pablo Iglesias sea presidente del Gobierno, la fuerza de Podemos pasa del 13,6%. Cuando la papeleta se mete en la urna para que García Molina sea presidente de la Comunidad, sin embargo, apenas supera el 9,7. Un descenso muy similar al que se produce en La Rioja, Extremadura, Asturias, Murcia o Castilla y León, donde la formación cuenta con líderes no demasiado expuestos al foco mediático y con niveles de conocimiento discretos. Por ello, explica el dirigente castellano-manchego, «el ideal es que sea posible un Podemos sin Pablo, pero aún es muy pronto y tenemos que acabar de consolidar muchas cosas».

Lo(s) que falta(n)

Entre los asuntos pendientes se cuentan el asentamiento de los círculos, la consolidación de las políticas en las ciudades y regiones en las que Podemos ostenta o controla al Gobierno y la definición de una línea de actuación clara y uniforme en su relación con el resto de fuerzas de izquierdas.

«Tenemos una capacidad intelectual y una fuerza de análisis político enorme, encarnada en figuras como Iglesias, Bescansa o Errejón», afirma al respecto Alberto Jarabo, responsable de la formación en Baleares, donde la relación con el PSOE es más estrecha y el eco de las discrepancias en Madrid, «resolubles y compatibles», llega más débil. «Sería bueno que se pusieran de acuerdo lo antes posible para resolver las diferencias de criterio», insiste en ese sentido.

El ejemplo del archipiélago es quizá el más significativo para ilustrar el ideal por el que aboga la rama transversal de Podemos: acuerdos de estabilidad y no sólo de investidura, controlados por comisiones de seguimiento continuas, relación fluida y entrada en el Gobierno de instituciones secundarias pero relevantes, como los consejos insulares.

Control, pero también cooperación y no desprecio, un problema que ha lastrado, en opinión de Barbet, el crecimiento de Podemos hacia el centro: «Pablo Iglesias no ha sido hábil a la hora de cuidar el cariño que algunos votantes le pueden tener al PSOE como partido histórico, partido al que votaron o al que lo hicieron sus padres».

Iglesias no ha sido hábil a la hora de cuidar el cariño de algunos votantes hacia el PSOE como partido histórico», sentencia Barbet

En ese sentido, recuerda un ejemplo significativo que se produjo tras las últimas elecciones generales y que protagonizó un personaje público de la influencia, pretendida o no, de Jorge Javier Vázquez, reconocido y tradicional votante socialista que, desencantado, pensó en la jornada de reflexión en darle su voto a Unidos Podemos. En un artículo publicado después en Lecturas, sin embargo, el presentador confesó que no lo hizo porque no podía «votar a un partido liderado por Pablo Iglesias» y añadía, además, que suponía que era «lo mismo que había sentido muchísima gente». Acabó por votar al PACMA.

Lejos de concederle valor sólo de anécdota, Barbet recupera el caso para utilizarlo como ejemplo ilustrativo de un perfil de votante «decepcionado con la izquierda tradicional del PSOE», pero que busca una fuerza «que sea capaz de hablar y entenderse con ellos, porque viene de ese espacio».

Un perfil de votante que ha sido, hasta ahora, identificado como el muro electoral contra el que ha chocado Podemos, aunque Pablo Iglesias discrepe abiertamente cada vez que se le pide opinión. Esta misma semana, en una entrevista concedida a eldiario.es, el secretario general insistía en que el voto procedente del PSOE ya está amortizado y que la bolsa de crecimiento de su partido está «en un sector importante que está harto de la clase política en general, que si va a votar vota a Podemos y, si no, se queda en su casa». Es la batalla que libra el partido en su interior: primero el rumbo, después el conductor.