Seguramente, Patxi López será el primer político español que pase a la historia por haber hecho un pregunta en público. Más concretamente en el debate televisado entre los tres candidatos que optaron en las primarias a liderar al PSOE. La pregunta trampa, preparada, sin duda, de antemano para descolocar al adversario le hizo pasar un mal rato al que luego sería su jefe: el secretario general Pedro Sánchez: “Vamos a ver, Pedro, ¿sabes lo que es una nación?”.

Sánchez salió como pudo del aprieto: “Claro que sí: es un sentimiento que tienen muchísimos ciudadanos en Cataluña y en el País Vasco y que tiene que ver con su lengua, su cultura…”.

López, que iba preparado para ese resbaladizo asunto, le dio una teórica sobre los dos conceptos de nación: la nación como sujeto de soberanía política, que da lugar a los estados; y la “nación cultural”, ligada a aspectos como la tradición, el folklore o la lengua, etc., pero que no es sujeto de soberanía.

Sánchez podría haberle devuelto la pelota con sorna y no sin razón si le hubiera constestado: “Nación es lo que quieran que sea los nacionalistas”. Al fin y al cabo, la identidad nacional es una invención del nacionalismo.

Como bien dijo López, el concepto nación es relativamente moderno y tiene que ver con el desmoronamiento del antiguo régimen. La  nación, en origen, tiene más que ver con determinados valores que con la lengua, el territorio, la religión o la cultura. La nación americana nace con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, aprobada por el Congreso en Filadelfia en 1776. La nación francesa es hija de la Revolución de 1789, así como la nación española, propiamente dicha, emerge con la Guerra de la Independencia y adquiere corpus político en la Constitución de 1812.

Por ello resulta tan ridículo por parte del nacionalismo catalán revestir como guerra por la independencia de Cataluña lo que no fue sino una guerra de sucesión, conflicto dinástico, que acabó con la derrota de las tropas del archiduque Carlos a manos de la coalición liderada por Felipe V el 11 de septiembre de 1714.

Recuerda Tomás Pérez Viejo (Nación, identidad nacional y otros mitos nacionalistas, Ediciones Nobel) la reveladora declaración de Massimo d’Azeglio en la primera reunión del parlamento de la Italia unificada (1861): “Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer a los italianos”.

Frente a la nación como voluntad, como contrato social en el que el ciudadano juega ya un papel esencial con la creación del concepto de soberanía nacional identificada con el pueblo, el romanticismo recreó la idea de la nación cultural. La nación concebida así es anterior al Estado y es, fundamentalmente, el resultado de una historia común.

Plantear el debate sobre España como nación de naciones supone dar oxígeno a los que piensan que el reconocimiento nacional no es más que el primer paso para la creación de un estado propio

Por eso es tan importante para los nacionalistas fabricar una historia alternativa en la que el pueblo, la nación, encarna unos valores superiores que, en algunos casos, fueron aplastados por las armas. Esa construcción al gusto del nacionalismo tiene que hacer a veces verdaderos vericuetos para eludir algunos hechos que contradicen la supuesta coherencia del sentimiento nacional con raíces históricas que se pierden en la memoria. Por ejemplo, ¿cómo explicar que un siglo después del glorioso levantamiento de la Generalitat contra los españoles, los ciudadanos de Cataluña desempeñaran un papel tan esencial en la lucha contra las tropas francesas en la Guerra de la Independencia?

El nacionalismo se convierte en una nueva religión, cuyo primer papa fue el filósofo alemán Johann Gottfried von Herder (1744-1803), inventor del concepto Volksgeist (espíritu del pueblo), y para el que la “naturaleza crea las naciones”.

Esa idea, que tan ardorosamente abrazaron los románticos del siglo XIX, sigue siendo muy del gusto de los nacionalistas del siglo XXI: la existencia de una esencia, el ser catalán o el ser vasco, que es previo a la constitución de los estados y que dota a cada pueblo de una idiosincrasia específica y diferenciada, bien por la lengua, las tradiciones o una historia siempre confeccionada para identificar a ese pueblo con unos valores que merecen ser conservados y exaltados.

El problema al que nos enfrentamos es que la nación cultural catalana, tal como la definirían López y Sánchez, quiere convertirse en un Estado catalán. El reconocimiento de las peculiaridades catalanas, el respeto a sus tradiciones, a su lengua, a su cultura, que ha sido garantizado por las leyes tras la muerte de Franco, ya no les es suficiente a los nacionalistas catalanes.

Quieren su estado propio y van a someter a toda la nación española a un conflicto sin precedentes. Apoyados en una exigua mayoría parlamentaria, van a poner en riesgo la convivencia pacífica de la que han disfrutado los ciudadanos catalanes durante los últimos cuarenta años.

Para reforzar argumentos tan endebles como la imposibilidad de sentirse plenamente catalán dentro de España, se ha ido creando durante años, por parte del nacionalismo, un contencioso de agravios que se resumen en una idea: los catalanes dan mucho más de lo que reciben del Estado central (“España nos roba”, fue uno de los lemas electorales de más éxito para la extinta CiU).

Pero, ¿está dispuesto el PDCat a inmolarse en un enfrentamiento con el Estado que no desean la mayoría de sus votantes?; ¿estará dispuesto ERC a utilizar permanentemente la muleta antisistema de la CUP para lograr sus objetivos?; ¿se conformará la CUP con una Cataluña independiente pero burguesa?

Las ensoñaciones nacionalistas han llevado a los mayores desastres en el último siglo. Dejemos que diriman entre ellos sus irreconciliables diferencias.

La cuestión es qué hará un partido como el PSOE ante el problema más grave que tiene planteado España. Coquetear con la idea de las naciones culturales no lleva realmente a ningún sitio. Ese es un debate viejo que ya se solventó -con todos sus inconvenientes- en la Constitución de 1978.

La cuestión es si Pedro Sánchez ha entendido que su planteamiento de España como nación de naciones no aporta gran cosa al debate político. Si acaso, da oxígeno a los que defienden que toda nación necesita de un Estado y que, por tanto, reconocer el hecho nacional en Cataluña no es más que la antesala para su independencia.

La puerta abierta por Sánchez ha sido rápidamente aprovechada por el líder del PSOE en Valencia, Ximo Puig, que se ha apuntado al nacionalismo valenciano por lo que pueda pasar. No vaya a ser que Cataluña consiga algo y los valencianos se queden a la luna de Valencia.

Es esa política de vuelo raso y cortas miras, ese tacticismo de campanario, lo que proporciona a los nacionalistas unos aliados inesperados y valiosísimos.

El liderazgo se determina por la capacidad de decir no al oportunismo y a la corrupción esencial de la política: renunciar a los principios a cambio de un puñado de votos.

Sánchez debería saber ya qué es una nación y lo peligroso que es darle coartadas a los nacionalistas en un momento en que está en riesgo la estabilidad política del país. Si el líder del PSOE quiere llegar a presidente del Gobierno, ningún ciudadano debería tener dudas sobre lo que piensa al respecto.