“El racismo es el mal”. Y está encarnado “en el Ku Klux Klan, los neonazis, los supremacistas blancos y otros grupos de odio”. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha tardado 48 horas en darse cuenta de que la exaltación violenta de la superioridad de la raza blanca, que se vivió en Charlottesville el fin de semana, a imagen y semejanza del nazismo, es una línea roja que ni los republicanos más conservadores toleran que se salte. Un atropello intencionado de manifestantes contra el racismo cometido por un joven filonazi es un atentado terrorista. Racismo es racismo, y terrorismo es terrorismo.

Demócratas como el alcalde de Charlottesville, Michael Signer, y republicanos como el senador Ted Cruz coincidieron en condenar lo ocurrido el sábado en esta ciudad sureña. Grupos de nazis y racistas blancos sembraron el caos por la localidad en vísperas de una manifestación de supremacistas que fue prohibida. Cuando confluyeron racistas y antirracistas, James Alex Fields, filonazi de 20 años, embistió a la multitud con su automóvil y mató a la activista Heather Heyer, de 32 años. Otras 20 personas resultaron heridas y dos agentes que patrullaban la zona en un helicóptero perdieron la vida

Las críticas de los republicanos a Trump, que en un principio condenó la violencia y el odio «de muchas partes», sin aludir al atentado terrorista ni dar el pésame a la familia de la víctima, han sido las más severas desde que inició su mandato hace ocho meses. Ni la investigación por la conexión rusa, ni el manejo de sus negocios, ni sus alardes intervencionistas, habían despertado tal furor entre los políticos conservadores.

Siempre directo en sus declaraciones, en esta ocasión el tuitero-en-jefe prefería no llamar a las cosas por su nombre y evocaba la unión de América para ocultar el crimen. Finalmente ha tenido que elegir entre defender a los nazis o ponerse del lado del pueblo americano.

El atentado terrorista se suma a los otros 30 cometidos por los racistas en suelo de EEUU desde el 11-S en 2001. Según un estudio de New America, han muerto 48 personas en ataques no yihadistas, y 26 en acciones del terrorismo yihadista, aunque se percibe, incluso por parte de las fuerzas de seguridad, como un peligro mayor.

Los racistas le felicitaron por no señalarles con el dedo en esa primera declaración del sábado. The Daily Stormer, una web nazi, elogió directamente al presidente por su reacción. “No nos ha atacado. Dijo que la nación debería estar unida. Nada específico contra nosotros. Realmente bueno. Que Dios le bendiga”, decían en un post. El número de estos grupos racistas aumentó de 892 en 2015 a 912 en 2016.

«No nos ha atacado. Dijo que la nación ha de estar unida. Nada específico contra nosotros. Realmente bueno», afirma la web nazi ‘The Daily Stormer’

Según señala Jelani Cobb, en The New Yorker, “estas fuerzas han visto en Trump como uno de los suyos, y consideraron su reticencia a denunciar a David Duke (dirigente del KKK) durante la campaña y sus retuits de cuentas supremacistas como una señal de que su momento había llegado”. Se sentían impunes y la primera reacción de Trump mostró que tenían razón.

Sin embargo, entre las filas republicanas el clamor contra el atentado racista fue unánime. Los violentos de Charlottensville llevaban esvásticas, banderas del KKK y entonaban el “sangre y suelo” (Blut und Boden) filonazi. En la mente de muchos están las decenas de miles de soldados americanos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial contra el nazismo.

El senador Ted Cruz dijo que los supremacistas blancos son “repulsivos y malignos y todos tenemos la obligación moral de hablar contra el odio que propagan”. John McCain, cada vez más heroico frente a Trump, los calificó de “traidores” a la patria. Y Marco Rubio apeló directamente al presidente para que describiera lo sucedido “como un ataque terrorista de los supremacistas blancos”.

Newt Gingrich, de los más leales a Trump, le dijo directamente que había perdido “la gran oportunidad de distanciarse de David Duke”, ex líder del KKK, convocante de la marcha Unite the Right, junto a Jason Kessler, en Charlottesville en protesta por la retirada de la estatua del héroe confederado, el general Lee. Los confederados defendían la esclavitud y perdieron la guerra de Secesión. Los supremacistas blancos se resisten aún a hacerse a la idea.

Popularidad en caída libre

Coinciden estas críticas de los republicanos con el peor momento de popularidad de Trump. Según una media de encuestas publicada el lunes por fivethirtyeight, cuenta con el apoyo más bajo en décadas, apenas un 37,4% de aprobación y un 56,6% de desaprobación. Este récord de desafección se da sin que pueda achacarse la razón a cuestiones como una crisis económica, o una intervención militar impopular, por ejemplo.

Los demócratas fueron aún más a la yugular de Trump por su tibieza con los racistas nazis de Virginia. El alcalde de Charlottesville, Michael Signer, que dijo a los racistas que eran “la escoria del país”, relacionó lo sucedido con la elección de Trump. Añadió: “No estamos viendo ningún liderazgo en la Casa Blanca”. El ex dirigente demócrata Howard Dean apuntó a tres de los asesores de Trump que respaldan las ideas de los sureños: Steve Bannon, Stephen Miller y Sebastian Gorka. “Debería despedirles”, dijo.

De hecho, el consejero Steve Bannon, nacido en la sureña Virginia y supremacista sin ambages, parece estar en la cuerda floja por desavenencias con el nuevo jefe de gabinete, John Kelly. The New York Times publica el martes cómo la supervivencia de Bannon, tras esta crisis interna, peligra. El magnate mediático Rupert Murdoch habría aconsejado reiteradamente a Trump que le aparte. Bannon es quien más ha defendido ante Trump esa actitud tibia ante los racistas, que son parte de su base electoral.

Después de este terremoto político, la Casa Blanca intentó calmar la situación con una declaración anónima en la que condenaba a los racistas, y luego salió el vicepresidente Mike Pence a dejar claro que el presidente tenía claro quiénes eran los violentos y que se estaba dando demasiada importancia a la omisión, algo que también avaló el fiscal general, Jeff Sessions.

Pero la industria también empezó a reaccionar. El lunes vimos la primera dimisión por la omisión del presidente. Se trataba del director ejecutivo de la farmacéutica Merck, Kenneth Frazier, que renunciaba a su puesto en el Consejo Presidencial de Manufactura.

En su comunicado de renuncia, Frazier, el único afroamericano en este organismo, decía: “Los líderes estadounidenses deben honrar nuestros valores fundamentales mediante una clara expresión de rechazo a las muestras de odio, racismo y grupos supremacistas, que van en contra del ideal estadounidense de que todas las personas son creadas iguales”.  Apenas una hora después, Trump, vía Twitter, le instaba a que bajara el precio de las medicinas. También renunciaron por el mismo motivo los directores ejecutivos de la empresa deportiva Under Armour, Kevin Plank, y de la tecnológica Intel, Brian Krzanich.

Los líderes estadounidenses deben honrar nuestros valores fundamentales mediante una clara expresión de rechazo a las muestras de odio», dice el presidente de Merck

En Europa, especialmente en Alemania, donde cualquier guiño al nacionalsocialismo es delito, se contemplaba con estupefacción el talante apaciguador de Trump. “Las escenas de la marcha de extremismo ultraderechista son repulsivas, racismo puro y duro, antisemitismo y odio en su forma más cruel”, afirmaba la canciller Merkel a través de su portavoz.

Cuarenta y ocho largas horas después del atentado racista, un Trump desconocido, que hablaba del amor y la lealtad, rectificaba, sin reconocerlo por supuesto, y por fin reconocía que “el racismo es el mal” y llamaba “criminales” a supremacistas y miembros del Ku Klux Klan, que pidió el voto para el millonario republicano en las pasadas elecciones.

“Hemos de redescubrir los lazos de amor y lealtad que nos unen a los americanos. El racismo es el mal. Aquellos que causan violencia en su nombre son criminales y matones, incluidos el KKK, neonazis, supremacistas, y otros grupos de odio que son repugnantes y se alejan de lo que queremos los americanos. Somos una nación fundada en la verdad de que todos somos creados igual”, declaraba Trump, sin admitir preguntas. Poco después, también vía Twitter, se quejaba de que los medios no se dieran por satisfechos.

Su antecesor, Barack Obama, el primer afroamericano en la Casa Blanca, nada más conocerse los trágicos sucesos de Charlottenville, evocó a Nelson Mandela en esta red social. “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su raza o su religión. Las personas deben aprender a odiar, y si pueden aprender a odiar, pueden aprender a amar. El amor llega con más naturalidad al ser humano que su contrario”. Su tuit es uno de los más difundidos de la Historia. Más de un millón de retuits y casi dos millones y medio de «me gusta».

El odio racial, que fomentaron los nazis en la Alemania de los años 30 y ahora cultivan los grupos supremacistas en EEUU, es una línea roja que no puede saltarse el presidente del pueblo americano. Trump vivió el sábado el peor día de su Presidencia. La Historia, su partido, esta vez sí, y miles de ciudadanos airados le dieron una lección.