Si no fuera canciller, a Angela Merkel le gustaría ser astronauta. La Mutti de Alemania, que este domingo será reelegida previsiblemente para un cuarto mandato, se confesaba en esta campaña electoral ante un grupo de niños: “Me gustaría ver la Tierra y la Luna desde el espacio”. La ciencia, la libertad, el viaje interminable que es la vida, son las pasiones de esta mujer tan inescrutable como popular dentro y fuera de Alemania. Encarna la esencia alemana: un valor seguro.

Angela Merkel, nacida Angela Kasner en 1954 en Hamburgo, sigue siendo un enigma 12 años después de llegar al poder. En 2005, tras ganar al socialdemócrata, Gerhard Schröder, se convertía en la primera mujer canciller federal. Educada en la República Democrática Alemana, encarnaba el éxito político de la reunificación.

Comenzaba ya haciendo historia. Al terminar su cuarto mandato habrá superado a Konrad Adenauer y habrá gobernado tanto tiempo como su padre político, Helmut Kohl.

Discreta y distante en apariencia, hay que remontarse a sus orígenes para acercarse a su extraordinaria personalidad. Angela Merkel, que adoptó su apellido de su primer marido, un compañero de estudios llamado Ulrich Merkel, pasó sus primeros 35 años de vida en un país de la órbita comunista que ya no existe, la RDA.

El silencio, que Merkel confiesa que encierra una gran belleza, y la discreción eran fundamentales en el régimen que colapsó con la caída del Muro en 1989. “Aprender cuando había que estar callada fue una gran ventaja de esa época en la RDA. Era una de nuestras estrategias de supervivencia”, confesaba años más tarde, según cita su biógrafo Stefan Kornelius en Angela Merkel, die Kanzlerin und ihre Welt (La canciller y su mundo).

Aprender cuando había que estar callada fue una gran ventaja de esa época de la RDA, una estrategia de supervivencia”

Angela Kasner vivió en un entorno privilegiado para el desarrollo de sus dotes intelectuales. Su padre, Horst Kasner, era un pastor protestante con talento para la educación, muy reconocido en Templin, donde se establecieron. Su abuelo paterno era polaco y germanizó su apellido, de Kazmierczak a Kasner.

Su madre, Herling, no pudo ejercer como maestra de inglés y latín en la RDA, por su matrimonio con un pastor. De ella Angela heredó su pasión por los idiomas. Dicen que como su madre quería ser maestra y que de los dos heredó su vocación por el servicio público.

En la escuela destacaba en ruso y viajó a Rusia como premio a su destreza con la lengua de Dostoievski. A la vez nunca ha ocultado su fascinación por la idea del sueño americano. Cuando era joven, decía que a los 60 años, cuando en la RDA ya daban permisos de viaje, iría a Estados Unidos. Lo pudo hacer mucho antes, en un viaje oficial en 1991, y dos años más tarde con el amor de su vida, su segundo marido el científico Joachim Sauer, recorrió la Costa Oeste.

Su gran amor

Sauer, que no ejerce como consorte, es el gran amor de la canciller. Estuvo antes casado y de ese matrimonio tiene dos hijos, Adrian y Daniel. Angela Merkel, que no ha tenido descendencia, ha reconocido que muchas veces busca su consejo. En esta campaña ha confesado excepcionalmente que conocerle ha sido lo que más feliz le ha hecho en la vida.

Viven en un apartamento en el centro de Berlín, no en la cancillería, y suelen escaparse a su modesta casita de campo en Uckermarkt, a hora y media de Berlín, donde la canciller cultiva sus propias patatas. Allí suelen visitarles amigos, algunos de ellos colegas científicos de Joachim Sauer y también sus hijos y nietos.

Figura Joachim Sauer entre las personas a quien agradece su ayuda en su tesis doctoral sobre El cálculo de las constantes de velocidad de las reacciones elementales en el ejemplo de los hidrocarburos simples ya en 1984. Se casaron, por consejo de quien ha sido su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, 15 años más tarde. Ni siquiera acudieron al enlace sus padres o hermanos, Marcus e Irene. Angela Merkel es la primogénita.

De Sauer se dice que ha renunciado a una carrera científica que podría haber desembocado en el Nobel por seguir al lado de Merkel. Cuando comenzó ella a dar sus primeros pasos en política, en los últimos meses de vida de la RDA, Sauer trabajó durante un tiempo en Biosym Technologies, una empresa de software para la investigación científica, en San Diego, EEUU. A su regreso en Berlín se integró en la Sociedad Max Plank. En los últimos años era catedrático de química cuántica en la Universidad Humboldt de Berlín.

Sauer ha sido el fiel compañero en la retaguardia de Merkel. Nunca da entrevistas, salvo alguna excepcional para hablar de su especialidad o de ópera, su pasión. Suelen acudir juntos cada año al festival de Bayreuth, donde asisten a las representaciones de las óperas de Wagner, las favoritas de la pareja. Sobre todo, Tristán e Isolda, una de las más bellas historias de amor jamás contadas.

Cae el Muro y despega en política

De Merkel se sabe que estaba en una sauna cuando cae el Muro. Como suele hacer cuando pasa algo que no estaba previsto, se lo tomó con calma y luego pasó al oeste a ver el ambiente. Cuando lo construyeron, el 13 de agosto de 1961, era una niña pero sí recuerda los lloros de su madre y los rezos en la iglesia. Fue desmoronarse la RDA y empezar a tomar forma el principio de una vida nueva para Angela Merkel. Siempre dijo que no sintió nunca la RDA como su hogar, pero que aprovechó las ventajas que ofrecía.

En las postrimerías del régimen, empezó a trabajar en prensa en un pequeño partido llamado Despertar Democrático. Le sedujo el nombre. También conocía al pastor Reiner Eppelmann por su familia. La formación terminó asociándose a la sección germano oriental de la CDU. Apenas unos meses antes de la reunificación, inició su colaboración Lothar de Maizière, el último primer ministro de la RDA, clave en su ascenso político.

De Maizière es una de las pocas personas que supo ver el gran potencial de Angela Merkel. “Recuerdo a esa chica discreta que andaba por el Palacio de la República en aquellas fechas y nadie habría imaginado entonces que sería la canciller federal algún día”, comenta Pilar Requena, autora de La potencia reticente: la nueva Alemania vista de cerca.

Lo curioso es que Merkel acabó en la CDU, pero podría haber terminado en otro partido. Stefan Kornelius lo explica en su biografía: “Podría haber recalado en los socialdemócratas, o en Alianza 90, una organización de varios grupos comunistas que luego se unieron con los Verdes. Estaba interesada en todos los grupos políticos. Quizá fuera el igualitarismo del SPD lo que le disuadiera y la batalla contra la energía nuclear de los ecopacifistas”, señala.

Merkel encarna la esencia alemana: seguridad, tranquilidad, austeridad y consenso”, dice Requena

Su curiosidad y su acercamiento científico a los hechos, más que una falta de ideología, explican su centralidad. Como señala Requena, “Merkel encarna la esencia alemana, es decir, la seguridad, la tranquilidad, la austeridad y la búsqueda siempre del consenso”. También el autocontrol, como demostró cuando Putin la puso a prueba al dejar que su labrador se acercase a ella, que tiene miedo a los perros desde que uno le mordió en una pierna.

Es tal su habilidad a la hora de buscar compromisos que suele hacer suyos principios que no lo eran. Y lo hace con convicción. Es pragmática y los problemas le plantean un desafío que hay que resolver, en general, acercando posiciones de uno y otro lado.

Le gusta comparar sus tesis con los adversarios y buscar el mínimo común denominador. Eso sí, siempre quiere resultados. Con Kohl, que se refería a ella como das Mädchen (la chica), fue ministra primero de Mujer y Juventud, y en 1994 de Medio Ambiente. Su bautismo de fuego internacional fue la cumbre de Berlín de 1995, y fue donde se curtió en la resolución de conflictos y en tareas de mediación.

En esta campaña electoral ha desarmado a la oposición socialdemócrata al incorporar a su ideario el salario mínimo, que figuraba en el acuerdo de gobierno por la presión del SPD, y a última hora, por ejemplo, al aceptar la votación en el Bundestag del matrimonio homosexual. Ella votó en contra pero al incorporarlo en el orden del día en esta legislatura eliminó un tema de la agenda de la oposición.

No soy vanidosa pero sé cómo tratar la vanidad de los hombres”, ha dicho la canciller

Durante años se formó entre bambalinas y para los barones de su partido no era alguien temible por su ambición. “No soy vanidosa pero sé cómo tratar la vanidad de los hombres”, ha dicho en alguna ocasión. Infravalorada, se podía mover en la sombra y ver cómo iban cayendo sus competidores políticos. Empezaron a llamarle “Mutti” (mami) despectivamente y luego se ha convertido en un apelativo cariñoso para los alemanes. Para muchos Merkel está fuera del sistema de partidos.

Pese a su prudencia congénita, sabe que hay momentos en los que hay que actuar. Así lo hizo al publicar en diciembre de 1999 el Frankfurter Allgemeine Zeitung un artículo con el que se desmarcaba de su padre político, el ex canciller Helmut Kohl, envuelto en el escándalo de la cuentas secretas del partido. Ni siquiera lo comentó con el delfín de Kohl, Wolfgang Schäuble. En 2000 fue elegida por primera vez presidenta de la CDU.

También demostró su arrojo al abrir la puerta a los refugiados en el verano de 2015. “Wir schaffen es” (Lo conseguiremos) y Alemania acogió a cerca de un millón, pese a las críticas de su partido hermano, la CSU. Los ultraderechistas de Alternativa para Alemania sacaron rédito electoral en las regionales de esta decisión valiente de Merkel. Aunque aboga ahora por establecer controles y amparó el acuerdo con Turquía para evitar más oleadas masivas, sigue defendiendo lo que hizo, sobre todo, guiada por convicciones morales.

Merkel también es una maestra en el manejo de los tiempos. Sabe que la paciencia es un arma de destrucción masiva de adversarios. Dejó paso a Edmund Stoiber, líder de la Unión Social Cristiana (CSU), los socios en Baviera de la CDU, para que compitiera con el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder. Fue una jugada arriesgada. Stoiber perdió por 6.000 votos.

No me doy por vencida. Uno compite a la fuerza con otros. Me gusta sacar la cabeza del agua y no ir a la deriva”

En las siguientes elecciones, en 2005, Merkel se impuso a un Schröder incrédulo. “No me doy por vencida. Uno compite a la fuerza con otros. Me gusta sacar la cabeza del agua y no ir a la deriva”, ha confesado sobre su relación con el poder.

Desde entonces sigue en el poder al frente de la primera potencia europea.  Dice admirar a quienes “están en paz con la vida” y no tiene modelos políticos. Si hay alguien que le sirve de inspiración es Marie Curie, la científica de origen polaco, como ella, dos veces Premio Nobel.

Asegura que no quiere ser un trasto viejo cuando se retire y asocia calidad de vida con la tranquilidad que da cocinar para los suyos, sopa de patata, su especialidad, o espaguetis boloñesa, su plato favorito. Le gustaría quizá aprender francés en su jubilación o trabajar en un instituto de investigación en el extranjero.

Muchos en Alemania ya no se imaginan cómo será su país sin Merkel al frente. “No se irá en 2021”, afirma el politólogo español Ignacio Sotelo, “con 67 años aún podrá seguir adelante”. Quién sabe. En su despacho hay un retrato de Catalina la Grande, la emperatriz ilustrada que gobernó 34 años Rusia y la transformó en una potencia europea y mundial.