El ex presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, acudió “al corazón de Europa”, Bruselas, para llamar la atención de la comunidad internacional. Lo consiguió entre la prensa, que abarrotó una sala mal acondicionada que se tornó en caos. Pero apoyos políticos sólo recibió uno. Fue el de Tom van Grieken, el líder de los ultranacionalistas flamencos del Vlaams Belang, el partido más a la derecha del espectro político belga, que en 2004 tuvo que desaparecer y refundarse tras ser condenado por racismo y xenofobia.

Van Grieken, uno de los líderes más jóvenes de Europa a sus 30 años, manda en el Vlaams Belang desde 2014. Está pilotando el fracaso de un proyecto que en su día fue relevante en el puzzle político belga. Llegó a tener 18 diputados de 150 en la Cámara de Representantes en 2003, hoy sólo tiene tres. Llegó a ser la segunda fuerza en la cámara flamenca, con 32 asientos de 124 en 2004: hoy sólo tiene seis, y es la sexta fuerza. En el Parlamento Europeo se ha quedado con un solo eurodiputado, adscrito al grupo del Frente Nacional francés, la Liga Norte italiana, el UKIP británico, la New Right polaca y Alternativa por Alemania.

El Vlaams Belang sufre un ‘cordón sanitario’ en Bélgica desde los años 80 para evitar su acceso a las instituciones

Vlaams Belang es un partido marginado en la enrevesada fotografía política de la sociedad belga. Desde los años 80, cuando todavía se llamaba Vlaams Blok. De hecho, el acuerdo del resto de fuerzas políticas para excluir las negociaciones con el Blok originó el concepto político del “cordón sanitario”, que después se ha extendido por toda Europa, y que consistía en evitar el acceso a las instituciones de un partido siempre rodeado de polémicas por sus tendencias fascistas.

En 2001, en una entrevista con la televisión holandesa, el vicepresidente e ideólogo del partido Roeland Raes puso en duda el número de judíos exterminados en el Holocausto, cuestionó el uso extensivo de las cámaras de gas y negó la autenticidad del diario de Anna Frank. Tres años después, el partido fue condenado al cese de su actividad por “incitación repetida a la discriminación” y se refundó con el nombre actual, Vlaams Belang. “Cambiamos nuestro nombre, pero no nuestras políticas. Cambiamos nuestro nombre, no nuestro programa”, dijo entonces el líder de la refundación, Frank Vanhecke.

El declive del partido ha sido imparable desde entonces. El cordón sanitario permanece hoy. “Creo que terminará alguna vez. Hemos tirado cañas y puede haber posibilidades. Pero primero el votante debe pronunciarse: cuanto más fuerte sea nuestro mandato, mayor será el riesgo de que se corte el cordón”, dijo Van Grieken este verano durante la presentación de su libro: El futuro en nuestras manos, revuelta contra las élites.

El programa actual del Vlaams Belang es el propio del populismo de ultraderecha, islamófobo y euroescéptico

El programa del Vlaams Belang es a día de hoy el propio del populismo de ultraderecha, euroescéptico y separatista. Cierre de fronteras, deportación de delincuentes extranjeros y expulsión de inmigrantes que no se adapten o rechazen la cultura de Flandes. En los últimos años, han dejado a un lado las posiciones antisemitas que les llevaron casi a la desaparición y de hecho han formado parte de delegaciones de viaje a Israel para defender su derecho a existir y defenderse del extremismo islámico, contra el que basan actualmente la mayor parte de su programa.

Van Grieken, de 30 años y última bala del partido para evitar el ostracismo, lleva apoyando el proceso independentista catalán desde su inicio. Este martes, fue el único político belga presente en el Press Club de Bruselas donde Puigdemont trató de vender la internacionalización de la causa independentista. Lo retransmitió paso a paso desde sus redes sociales, donde se muestra muy activo. El tweet fijado en su cuenta de Twitter enlaza a un artículo en el que se lamenta de que el 70% de las subvenciones sociales se las lleven, supuestamente, ciudadanos de origen “no-belga”.

“El combativo Puigdemont no pide asilo. La Generalitat no reconoce su cese y continua con la batalla política”, escribía este martes desde la comparecencia del ex presidente catalán, que firmaba con el hashtag #respect.

La propia cuenta del partido confirmó la representación institucional, y presumió de ser “el único partido que ha venido a apoyar a Puigdemont”. De hecho, el Vlaams Belang y el propio van Grieken llevan semanas tratando de revindicar su posición en el espectro nacionalista flamenco, reprochando que el apoyo del mayoritario N-VA (el partido más votado en Bélgica) se produce sólo a través de las redes sociales.

“Nunca daré la espalda a mis amigos, incluso si están en problemas”, dijo este martes el presidente del N-VA, Bert de Wever. A Van Grieken le faltó tiempo para responder en las redes sociales. “Como buen amigo, más te valdría reconocer el Estado catalán. Ese es el apoyo que Puigdemont necesita ahora”, le lanzó para certificar que, lejos de conseguir la unidad de la comunidad política internacional, el viaje de Puigdemont a Bruselas de momento ha servido para desgajar más si cabe el complicado mapa político belga, e incluso al separatismo entre sí.