El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE

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Pedro Sánchez, el héroe trágico que nunca triunfó dos veces

Política

Pedro Sánchez, el héroe trágico que nunca triunfó dos veces

Netflix ya se ha imaginado la vida de Pedro Sánchez como una serie de televisión. Un show que empieza con el protagonista alcanzando la secretaría general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y se desarrolla durante tres temporadas hasta mostrarle posando frente a las cámaras como presidente del Gobierno recién investido. El gigante del entretenimiento se reserva un gancho para lo que vendrá ahora y veremos a partir del lunes. «Próximamente»…¿qué?

El recorrido de Pedro Sánchez desde su escaño de diputado raso hasta la presidencia del Gobierno ha sido irregular. Nunca en su trayectoria había encadenado dos éxitos consecutivos. Su estado emocional ha sido durante los últimos cuatro años un balancín que lo ha hundido e impulsado a intervalos regulares. Como en un héroe de guión previsible, sobre Pedro Sánchez han actuado impertérritas las fuerzas del karma.

Cada triunfo se veía castigado por un fracaso sonoro. Y cada fracaso recompensado después con un éxito redentor. Empezó todo en 2014, con las elecciones europeas en las que el PSOE arrancó su camino hacia la crisis de la mano de Podemos, que emergió por primera vez. Pablo Iglesias, que imprimió su cara y su coleta en la papeleta electoral para hacer reconocible a un partido recién nacido ya era una amenaza importante. Pese a que cosechara sólo cinco diputados. Fueron suficientes para provocar la dimisión de Rubalcaba, las novedosas primarias socialistas y la llegada al poder de Pedro Sánchez tras superar a Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias.

Misión fracasada: neutralizar a Podemos

Fue su primer éxito, basado en un encargo: neutralizar la amenaza que crecía por la izquierda y mantener la posición hegemónica del PSOE. Durante más de un año, Pedro Sánchez se dedicó a llamar a Pablo Iglesias «populista» y a criticar el «oportunismo» de Podemos. Las elecciones del 20 de diciembre de 2015 supusieron un naufragio para su estrategia. El PSOE obtuvo un 22% del voto y 90 escaños. La suma de Podemos, sus confluencias e Izquierda Unida logró 71 asientos, pero un 24,34% de los sufragios.

El peor resultado de la historia del PSOE parecía hundir a Sánchez, atado de pies y manos por su propia Ejecutiva: le prohibió pactar tanto con independentistas como con Podemos. El secretario general del PSOE ya parecía entonces un cadáver. Resucitó gracias al rechazo continuo de Rajoy a someterse a una investidura fracasada de antemano. Su resurrección política le acabó dibujando como el hombre que debía sacar a España del bloqueo, merced a un pacto con Ciudadanos sin ningún viso de prosperar, pero que activaba el reloj de cara a las elecciones. Había logrado ganarse una segunda oportunidad.

Sánchez parecía un cadáver tras cosechar el peor resultado del PSOE, pero el inmovilismo de Rajoy le dio una segunda oportunidad

Al 26-J, Sánchez ya concurrió como un superviviente, pero como en un deja vu. Como en 2014 cuando asumió el poder, dos años después su tarea seguía siendo frenar a Podemos, que cerraba su confluencia con Izquierda Unida y amenazaba con la insistente música del sorpasso. Sánchez lo evitó pero volvió a empeorar los resultados del PSOE hasta un nuevo mínimo histórico. 85 diputados, los mismos con los que gobernará ahora navegando en una aritmética que entonces parecía inverosímil.

La frase del «gobierno Frankenstein» explotada esta semana por Mariano Rajoy y Albert Rivera, de hecho, la acuñó Alfredo Pérez Rubalcaba cuando Pablo Iglesias trataba de seducir a Sánchez con un pacto improbable: «No puede seguir jugando con la gente y decir que hay posibilidad de un gobierno de izquierda cuando no es verdad».

El cisma de la abstención

Sánchez asumió esa lógica, pero decidió plantarse en el ‘No’ a Mariano Rajoy. Durante meses, mientras la facción interna liderada por Susana Díaz presionaba por una abstención que evitara las terceras elecciones, Sánchez hizo suyo el lema #NoEsNo, convertido en mantra o en burla, dependiendo del orador.

El enroque degeneró en una caída esperpéntica precipitada por la dimisión de media ejecutiva y un Comité Federal guerracivilista que acabó con Verónica Pérez, secretaria general del PSOE de Sevilla, autoproclamándose «máxima autoridad del PSOE» a las puertas de Ferraz. El partido acabó absteniéndose en su mayoría para permitir la formación de Gobierno. Los fieles a Sánchez se mantuvieron en el ‘No’ y afrontaron sanciones. Sánchez recordaba a Susana Díaz sus palabras tras las elecciones, cuando decía que mantener el ‘No’ era lo mejor «no sólo en interés del PSOE, sino también de Andalucía».

De esa posición hizo bandera cuando decidió decir que sí a todos los que calentaban su teléfono para insistirle en que compitiese por volver a la secretaría general. No eran muchos, pero acabaron siendo convincentes. Anunció entonces que empezaría a recorrer España en coche, de pueblo en pueblo.

En un Golf sin lavar atendió a la periodista de El Independiente Carmen Torres en plena campaña. Decía que el partido con Susana Díaz al frente estaba condenado a ser «tercera fuerza política». «El PSOE es un partido a la deriva», decía, y achacaba la pérdida de rumbo a la abstención: «Llevamos nueve meses conduciendo en sentido contrario a los intereses y al sentimiento de nuestros electores. Y lo estamos viendo en las encuestas. Me llama la atención que el portavoz parlamentario del PSOE-A, que es el portavoz de la Gestora, Mario Jiménez, hable de unas virtudes de una encuesta, la última del CIS, que nos sitúa por debajo del 20%».

La pinza

En esa entrevista, pese a que ya era público que Felipe González maniobraba en su contra para impedir su regreso, seguía reclamándole como referente y rescatando su definición del desapego que define el liderazgo político: «Renunciar a todo para volver a recuperarlo todo». Una filosofía seguida siempre por Sánchez. Casi siempre a la fuerza y casi nunca por voluntad. Después, a Jordi Évole le dijo que su error al frente del PSOE había sido marginar a Podemos, confrontar a Pablo Iglesias y acercarse a Ciudadanos. Una enmienda a la totalidad que Iglesias le sigue recordando, seguramente de nuevo cuando se abrazaron en la tribuna del Congreso este viernes.

La victoria de Pedro Sánchez contra el establishment fue un puñetazo en la mesa del PSOE y del panorama político español. Su mayor éxito hasta el momento, y quizá por ello parecía el anticipo de su mayor fracaso. Durante el último año el PSOE se ha diluido en la posición de partido de Estado, al costado del PP y Ciudadanos en el desafío independentista. Las encuestas se han comportado como profecía cumplida: sitúan prácticamente por unanimidad al PSOE como tercera fuerza política. Pero con él al frente, no con Susana Díaz.

En esa pinza se encontraba el Partido Socialista de Sánchez hasta que se hizo pública la sentencia de la trama Gürtel, el pasado jueves. Su ascenso al poder ha sido tan repentino que este viernes, tras ser investido, Sánchez se sentaba con sus colaboradores a estudiar decretos de competencias antes siquiera de pensar en los ministros que las desarrollarán. Por primera vez, Sánchez ha encadenado un éxito con otro, cuando la coyuntura parecía más desfavorable para su posición.

Finalmente, pese al doble discurso mantenido durante el último año, o quizá gracias a él, ha roto una tendencia que era constante en su vida política. A día de hoy, nadie sabe muy bien si en Moncloa ha aterrizado el activista de izquierdas que se quiere hermanar con el «populismo» al que llegó para combatir, o el hombre de Estado que en los últimos meses ha reclamado la responsabilidad histórica del PSOE. Nadie sabe muy bien si el segundo éxito consecutivo de Sánchez ha sido un punto de inflexión o sólo una anomalía.