Desde la Transición, la extrema derecha en España ha sido un movimiento intrascendente a nivel electoral. Vox ha roto esa dinámica, aunque su situación no es comparable a la de ninguno de los partidos que tradicionalmente han ocupado este espectro. La formación de Santiago Abascal capta a votantes y a militantes de formaciones de ideología extrema, pero sin el concurso de ex simpatizantes de PP, Ciudadanos e incluso del PSOE, su actual y futuro peso en el panorama político español sencillamente no existiría.

Vox explota ahora, pero podría haber explotado en 2014, cuando se quedó a un puñado de votos de rascar un diputado en las elecciones al Parlamento Europeo. Entonces recién creada como escisión del PP y liderada por Alejo Vidal-Quadras, la formación se presentaba como una derecha desacomplejada y defensora de la unidad de España, aunque matizaba mucho sus posturas más polémicas y especialmente su estética. Consiguió 246.833 sufragios, pero no se tradujeron en ningún escaño y el efecto de desmovilización que siguió a aquellas elecciones fue importante, tanto que resultó en la salida del propio Vidal-Quadras y en el ascenso de Abascal.

Vox habría conseguido un eurodiputado de haber atraído a la mitad de los votantes de los minoritarios partidos a su derecha

Se habló mucho de Vox durante la campaña, pero el fracaso en el objetivo de alcanzar las instituciones contrastó con el rotundo éxito de Podemos, que consiguió el 8% del voto, 1.2 millones de apoyos y cinco europarlamentarios. De ahí irremediablemente hacia arriba. La formación verde, sin embargo, perdió votos por todas partes: muchos se quedaron en el PP; otros tantos en UPyD, que todavía entonces superó el millón de sufragios; y en Ciudadanos, que rozó las 500.000 papeletas. Pero también más allá: 78.589 personas optaron por opciones falangistas y del resto de la extrema derecha.

Con haber atraído a menos de la mitad de esos votos, Vox habría conseguido su ansiado eurodiputado. Pero el análisis es más complejo: en la extrema derecha española conviven multitud de identidades enfrentadas entre sí, cuando no irreconciliables, que se juntan y se alejan periódicamente al calor de coaliciones que tienden a acabar de forma problemática.

Sinfín de partidos y coaliciones

En 2014, la líder en este submundo fue la Falange Española de las JONS, con 21.687 votos, pero la siguieron la coalición Impulso Social (17.879 votos, formada por Alternativa Española, Comunión Tradicionalista Carlista y el Partido Familia y Vida) y la coalición La España en Marcha (17.035 votos, integrada por Alianza Nacional, La Falange, Movimiento Católico Español y Nudo Patriota Español). Concurriendo en solitario, también recibieron votos Democracia Nacional (13.079) y el Movimiento Social Republicano (8.909). Faltó a la cita un clásico, con especial implantación en Valencia y Madrid: España 2000.

Aunque las cifras parezcan anecdóticas, en realidad fueron las más altas para la extrema derecha en más de dos décadas. En 2011, la suma de estos partidos no había pasado de 14.000 votos en las elecciones generales, y en las últimas décadas el resultado más alto en el Congreso de los Diputados lo habían obtenido en 2004, aún así con sólo 56.809 apoyos. En la doble cita electoral, descartando a Vox, la suma de todas estas fuerzas llegó a estar incluso por debajo de 10.000 papeletas. Nada.

Los partidos que integrarán en 2019 la coalición ADÑ han sido clásicamente los más fuertes dentro del reducido espectro de la extrema derecha

En las elecciones del próximo mes de mayo, Falange Española de las JONS, La Falange, Democracia Nacional y Alternativa Española han decidido concurrir juntos bajo las siglas de la Coalición ADÑ. Dentro del minoritario mundo de la extrema derecha, es quizá la unión más fuerte que se puede gestar en términos electorales, por cuanto une a los partidos más exitosos en las urnas los últimos años.

“España está frente no sólo a una pérdida de su identidad y a una galopante injustica social, sino que se encuentra frente a su propia desaparición territorial. Todo ello ha hecho que muchos despierten, aumenten nuestros apoyos y sumemos nuevas manos a nuestra lucha”, dicen a El Independiente desde la coalición, que trata de cabalgar el supuesto crecimiento electoral de la derecha para torcerlo a su favor.  En 2014, si estos cuatro partidos hubieran concurrido juntos habrían obtenido casi 52.000 votos, insuficientes para entrar en el top-15, pero suficientes para negarle su escaño a Vox.

Vox, un enemigo ‘capitalista’ y ‘liberal’

La coalición, sin embargo, no es tan sencilla como parece sobre el papel. Y aunque estas organizaciones tienden a mezclarse entre sí cuando se manifiestan en la calle, en los despachos los movimientos son más discrepantes. La unidad de acción es una consigna que se reclama desde las escuálidas bases del movimiento, pero el encaje de bolillos no siempre es posible: se trata de hacer confluir el falangismo social con partidos neonazis, junto a tradicionalistas carlistas o grupos supremacistas. Ni hablar entonces de mimetizarse con Vox, al que acusan abiertamente de “capitalista y liberal” como argumento definitivo para despreciar su acción política y electoral.

Tanto la coalición como los analistas dan por seguro que su resultado crecerá en 2019, aunque no saben cuanto. Les preocupan el transfugismo y el oportunismo alentados, dicen, desde el sistema, que utiliza a Vox para recoger a la “disidencia controlada”. Pero lo cierto es que el ecosistema de las europeas propicia que estos partidos cosechen más frutos que en las generales: el sistema de circunscripción única da alas a los partidos más pequeños, elimina en parte el efecto ‘voto útil’, y además la baja participación favorece a los movimientos con una militancia más comprometida. Además, el escaparate europeo puede dar alas a discursos antieuropeístas y que apelen a la recuperación total de la soberanía nacional.

El Frente Nacional de Blas Piñar fue el partido que más se acercó al éxito relativo, superando los 100.000 votos a finales de los años 80

Sin ir más lejos, fue precisamente en las europeas donde se puede encontrar el ejemplo más cercano al éxito de la ultraderecha en las últimas tres décadas. Fundado por Blas Piñar como continuación de Fuerza Nueva, el Frente Nacional se instauró en 1986 y operó hasta 1993. En 1987, en sus primeros comicios a la Eurocámara, consiguió más de 122.000 votos, aunque lejos de obtener representación parlamentaria. El movimiento, que nació ambicioso, se desinfló rápidamente, bajó hasta 60.000 votos en 1989 y posteriormente desapareció, una vez retirado el apoyo de sus socios europeos por los constantes fracasos electorales.

El Frente Nacional de Blas Piñar quedó diluido en las Juntas Españolas, que posteriormente contribuyeron al nacimiento en 1995 de Democracia Nacional, que concurrirá este año dentro de la Coalición ADÑ. Un aporte más a la histórica e irresoluble balcanización de la ultraderecha española, que acumula más de dos docenas de siglas presentadas a los comicios electorales en democracia, desde el muy radical Estado Nacional Europeo hasta los carlistas en todas sus ramas.