A cuatro semanas de las elecciones, Alberto Núñez Feijóo camina sobre el alambre de una mayoría absoluta que depende de un puñado de votos. Aunque las encuestas que maneja su partido le dan entre 38 y 40 escaños, que, de confirmarse, le otorgaría su cuarta victoria consecutiva (el Parlamento de Galicia cuenta con 75 diputados), él es consciente de que no las tiene todas consigo. Si Vox lograra más del 3,5% (unos 55.000 votos) su triunfo podría no servirle de nada.

El partido de Santiago Abascal obtuvo en las últimas elecciones generales 114.834 votos (un 7,8%). Si repitiera el 5 de marzo ese resultado, conseguiría nada menos que cuatro escaños, lo que a todas luces parece del todo improbable. La dispersión es probablemente el peor enemigo de Feijóo. Con 60.000 votos, por ejemplo, Vox no entraría en el Parlamento (se necesita un porcentaje mínimo del 5%), pero dejaría al PP por debajo de los 38 escaños. Es decir, sin mayoría absoluta.

Vox se ha convertido en el peor enemigo de Feijóo, a quien su número dos, Ortega Smith, se ha comprometido a “echar de la Xunta” por practicar la misma política que los nacionalistas en Cataluña y el País Vasco, por ser «el Torra de Galicia».

Mientras que otros dirigentes del PP tratan con mimo a Vox para evitar un choque frontal con el partido populista, Feijóo plantea una confrontación ideológica frontal para deslindar con nitidez el territorio del centro que él reivindica de la regresión ultra que plantea Vox. “No podemos estar de rodillas ante los líderes de Vox”, afirma el presiente de la Xunta en conversación con El Independiente.

Si alguien no entiende que Feijóo necesita ampliar su base electoral para gobernar en Galicia es que no conoce la dificultad que supone alcanzar el 44% que necesita, como mínimo, para revalidar la mayoría absoluta.

El presidente de la Xunta de Galicia quiere ganar por mayoría absoluta con un discurso de centro distanciándose claramente del populismo de Vox

Sólo hay que recordar que el 10-N el PP obtuvo en Galicia algo menos del 32% de los votos. Es decir, que Feijóo necesita 12 puntos más para conseguir su objetivo. Esos votos, en su opinión, están mayoritariamente en el galleguismo de centro y también en parte de la izquierda (un 13% de los electores que dicen estar dispuestos a votar a Feijóo antes votaron al PSOE).

El presidente de la Xunta es consciente de la trascendencia de su victoria. Ganar por cuarta vez por mayoría absoluta no sólo significaría derrotar a un PSOE que gobierna en España y que se siente fuerte en Galicia, y también a un BNG independentista y cada vez más escorado a la extrema izquierda pero que sube en expectativas sobre las cenizas de Las Mareas, sino, esto es muy importante, demostrar que el PP puede ganar sin las muletas de Vox o de Ciudadanos.

Su victoria, por tanto, sería un mensaje tanto interno como hacia el electorado del centro derecha: a la izquierda sólo se le puede ganar desde el centro y desde el reconocimiento de la diversidad de España.

Si el triunfo de Feijóo tiene connotaciones evidentes para la política nacional, su derrota también las tiene. El PSOE se a volcar en Galicia para arañar unos miles de votos que pueden suponer un vuelco electoral que le volvería a dar el gobierno después de once años y, por añadidura, borraría del mapa a un líder del PP que es, de hecho, una opción de liderazgo para el centro derecha a nivel nacional.

Abel Caballero (alcalde socialista de Vigo) y su sobrino y candidato a presidir la Xunta Gonzalo Caballero han enterrado sus disputas. Los socialistas son conscientes de que pueden quitarle al PP dos de sus once escaños en Pontevedra y van a hacer todo lo que esté en sus manos para lograrlo.

El presidente del Gobierno se volcará en Galicia. Pedro Sánchez sabe que lo que se juega allí el próximo día 5 de abril es algo más que el gobierno de una comunidad autónoma.

Feijóo se lo juega todo a una carta. Si gana el 5-A por mayoría absoluta será un referente para su partido a nivel nacional. Si no lo consigue, su carrera como político habrá terminado

Feijóo está seguro de que su apelación al voto útil frente a la izquierda y los independentistas causará su efecto en los votantes de Vox y de Ciudadanos. En estos días trabaja sin descanso rodeado de su equipo pateándose el terreno de norte a sur, de este a oeste. El presidente de la Xunta es un animal político y, como tal, sabe que en las próximas semanas cualquier elemento incontrolado, cualquier sorpresa podría echar por tierra el trabajo de muchos meses.

Le pregunto por las posibles trampas que la oposición puede tenderle de aquí al día 5 y me recuerda el viejo caso de Marcial Dorado, el contrabandista de tabaco condenado por la Audiencia Nacional en 2003 a 14 años de cárcel por narcotráfico y cuya fotografía en un yate junto a él fue aireada en 2013 por sus contrincantes para crear una sombra de duda sobre su limpieza. Nada se pudo demostrar y, de hecho, el asunto no le impidió ganar de nuevo por mayoría absoluta. Ahora vuelve a proyectarse la sombra de Dorado: La Sexta emitirá el próximo día 15 una entrevista realizada por Jordi Évole y grabada en la cárcel donde el narco cumple condena.

Feijóo está tranquilo. Pero, diga lo que diga Dorado, dará armas a la oposición para atacarle.

El líder gallego del PP se enfrenta a cuatro semanas cruciales para su vida política. Su éxito, lo quiera o no, le convertirá en un referente para su partido a escala nacional. Pero si no consigue gobernar, seguramente éstas serán sus últimas elecciones: sería el final de su carrera política.