El viaje al futuro tiene destino. Está a unos 9.000 kilómetros de distancia de España. En el mundo de ayer se llegaba allí en avión en unas 12 horas sin escalas. En el mundo de hoy en el que volar vuelve a no estar a nuestro alcance por el riesgo de contagio por coronavirus queda algo más lejos. ¿Cómo es la nueva normalidad? ¿Empezaremos de cero y nos adentraremos en lo desconocido o será más normal de lo que hemos imaginado?

China sorprendió al mundo con el cierre de Wuhan, una ciudad de 11 millones de habitantes, el 23 de enero de 2020. Los contagios por coronavirus se habían extendido hasta tal punto que el régimen chino, cuyas prioridades son la economía y la seguridad, ordenó el confinamiento estricto de toda la población. Había riesgo de que este misterioso virus de fácil expansión se propagara por todo el país, el más poblado del mundo y el cuarto en extensión.

En China, donde surgió la enfermedad llamada Covid-19, también es donde empezó a controlarse antes y donde la denominada desescalada está ya muy avanzada. En la actualidad hay rebrotes en Wuhan, lo que ha llevado a una campaña de test a los 11 millones de habitantes.

Este sábado el Ministerio de Sanidad de China ha confirmado ocho casos nuevos, dos de transmisión local en la provincia de Jilin, y otros seis procedentes del extranjero. Los casos importados se han localizado en Shanghai y uno en Hainan. El número de fallecimientos se mantiene en 4.633 y el de contagios asciende a 82.941.

En España ya se han superado los 276.000 positivos y han fallecido 27.563 personas. Más de 192.000 enfermos han logrado recuperarse, a fecha del sábado 16 de mayo.

Mientras en la mayor parte de España, salvo Madrid, Barcelona capital y parte de Castilla y León, están en fase 0 de la desescalada, el resto del país ya han avanzado a la fase 1, y varias islas como Formentera o Hierro y La Graciosa están en fase 2. Muy lejos aún del futuro donde se encuentra China, precursora en el combate contra el coronavirus.

¿Cómo se vive en China esa denominada «nueva normalidad», un término que dista mucho de ser normal? Nos van a adentrar en este nuevo viejo mundo varios corresponsales españoles que han cubierto la crisis del coronavirus. En general, coinciden en que hacia donde vamos se parece bastante al lugar de donde venimos, o de donde venían los chinos, ya acostumbrados desde hace años a la mascarilla y poco amigos de los arrumacos en público.

La nueva normalidad es como la vieja normalidad pero con mascarilla. Hay una inercia muy grande a hacer lo que hacíamos antes y de la misma forma», dice Zigor Aldama

«La nueva normalidad en China es como la vieja normalidad pero con mascarilla. Hay una inercia muy grande que nos lleva a hacer lo que hacíamos antes y de la misma forma que lo hacíamos antes. Creo que no va a ser todo tan diferente», señala Zigor Aldama, corresponsal en Shanghai del grupo Vocento y autor de Adiós a Mongolia.

A su juicio, «habrá cambios en actitudes que ya vivían una transformación, como el desarrollo del comercio electrónico o del teletrabajo. Hemos descubierto que el modo presencial no es tan necesario y que el comercio electrónico es fundamental en una situación de emergencia». En Wuhan vivieron confinados de forma extrema. No podían salir a comprar y eran abastecidos gracias al avanzado comercio electrónico y una organización basada en los comités locales.

Mascarillas y controles de temperatura

Una puntualización nos hace Mavi Doñate, corresponsal de Radio Televisión Española muy importante. China es inmensa. No es lo mismo cómo ha vivido la lucha contra el coronavirus Wuhan que como lo ha hecho Pekín. «Es como si habláramos de toda Europa. Cada país, cada región, lo ha vivido de manera diferente. No hay directrices generales. Cada provincia, cada ciudad o comités de barrio, decide qué medidas adoptar», señala Mavi Doñate. 

La corresponsal de la radio y televisión pública española tiene su base en Pekín, si bien en estos meses ha viajado a Wuhan. Después de su última estancia tuvo que pasar una cuarentena en su casa. Un sensor en su puerta vigilaba sus movimientos.

Explica Doñate que en Pekín la vida es similar a la que llevaban antes. Indica los cambios más llamativos: «Llevamos mascarilla, tenemos códigos QR en el móvil que controlan la salud, nos toman la temperatura en lugares públicos, o hay líneas marcadas en el suelo para guardar la distancia. En muchas ciudades de China se evitan las grandes aglomeraciones, o hay aforos limitados».

De forma antropológia nos cercenan la cualidad más evidente del ser humano: nuestra sociabilidad», afirma Mavi Doñate

Las interacciones sociales en la vida cotidiana está limitadas. Mavi Doñate cuenta cómo en una fábrica Mercedes que acaba de visitar se quedó impresionada al ver cómo los empleados comían solos en la cantina. Cada uno en una mesa. «De forma antropológica nos cercenan la cualidad más evidente del ser humano: nuestra sociabilidad, somos seres sociales», apunta.

Es precisamente la vida social en torno a la comida lo que cambia sustancialmente. Lo señala Pablo M. Díez, corresponsal en Pekín del diario ABC desde 2005. «Los mayores cambios ocurren en las actividades más prosaicas. En China ya no se puede comer con el plato en el centro como es lo habitual. Eso también ocurrirá en España, no podremos compartir los platos. La vida social va a decaer en sitios interiores, los restaurantes tardarán en recuperar su aforo. El mundo del espectáculo también se verá afectado», dice Pablo M. Díez

Los restaurantes han vuelto a abrir, pero hay que mantener la separación entre mesas y el máximo por mesa son cuatro personas. Los chinos son muy aficionados a la comida a domicilio. Los pedidos llegan con una nota que indica la temperatura corporal de las personas que han manipulado la comida.

Macarena Vidal, corresponsal de El País en Pekín, afirma que hay salida de esta crisis que tanta incertidumbre nos crea. «La vida es bastante parecida a como era antes. Al entrar en muchos sitios te toman la temperatura. También para acceder a los bloques de viviendas hay que presentar la identificación y salir. Llevamos tarjetas con foto para controlar quien entra y quien sale. Hasta hace una semana solo dejaban a residentes. Tenemos un código QR de salud en el móvil. Si es verde, estás sano. Si es naranja o rojo, no lo estás, o eres sospechoso, y tienes que guardar cuarentena».

Por la experiencia china la desescalada en España va demasiado rápido… Aquí estamos viendo que hay rebrotes. El virus está entre nosotros», dice Macarena Vidal

Vidal señala que para llegar hasta la situación actual China ha ido con mucho cuidado y aún ahora siguen muy alerta de los rebrotes. Desde Pekín observa que es muy arriesgado ir demasiado rápido.

«Por la experiencia china la desescalada va demasiado rápido. Wuhan no se abrió hasta el 8 de abril: 76 días. Cuando se abrió apenas había una treintena de casos al día. Cuidado. Aquí estamos viendo que es fácil que haya rebrotes, incluso con todo el control y el cuidado que se estaba poniendo», señala la corresponsal de El País.

«El virus está entre nosotros. Comportarse como si todo el que esté a tu lado te fuera a contagiar. Hemos de lavarnos mucho las manos, usar gel, mascarilla, y mantener la distancia de seguridad», aconseja Macarena Vidal. 

En todo caso, la experiencia china también indica que hay una salida y que ese nuevo mundo se parece mucho al conocido. Zigor Aldama se atreve a vaticinar que, si en Europa se pone cuidado en la desescalada, a mediados o finales de verano habrá cierta normalidad.

Vida nocturna más descontrolada

Hay, sin embargo, espacios de libertad en esta realidad en la que coexistiremos con el virus. Durante el día hay controles de acceso, comidas en soledad y se guarda la distancia social estrictamente en China. Pero la noche es otro mundo.

«En Shanghai me ha sorprendido que la vida nocturna apenas ha cambiado. No hay mamparas, no se separan las mesas… Se hace un control de temperatura a la entrada, pero casi ni se mira el resultado. Pero lo sucedido en Seúl (donde hubo un rebrote originado en un club nocturno) es un toque de atención. Habrá que ver si en Corea del Sur se establecen medidas diferentes o no. Puede ser que permitan a las empresas de entretenimiento que sigan adelante para que les salga rentable abrir», explica Zigor Aldama. 

Lo suscribe Lucas de la Cal, corresponsal de El Mundo en Pekín, el último en llegar hace apenas seis meses: «Podemos salir de fiesta con normalidad. En la discoteca no llevamos mascarilla. En el bar estás codo con codo con un desconocido, pero luego en la vida cotidiana se mantiene la distancia social. No hay besos ni abrazos en público. Los chinos siempre han sido así. A nosotros nos va a costar más».

Menos viajes largos y menos consumo

De momento los viajes transoceánicos serán excepcionales por el riesgo que conllevan. Será así al menos hasta que se generalicen los test rápidos. Lucas de la Cal afirma que hay una carrera por la vacuna y otra por estos test, que van a hacer millonario a quien los consiga a precios asequibles.

«Habrá vida después, una vida diferente a la que estamos acostumbrados, por el bien de todos. No va a desaparecer el virus hasta que haya una vacuna. Se acabó lo de viajar por el mundo como antes. Nos acostumbraremos a la mascarilla. Yo ya la llevo sin darme cuenta. Dentro de unos años será un recuerdo», afirma Lucas de la Cal.

China ni siquiera deja volver hasta ahora a ejecutivos de alto rango residentes en el país. Está empezando a manejar la opción. La Asamblea Nacional Popular, que se celebra del 21 al 30 de mayo, puede ser un buen momento para hacer anuncios sobre la progresiva apertura al exterior y sobre la reactivación económica.

En general, los corresponsales en Asia son optimistas sobre la capacidad de China para recuperarse, si no hay rebrotes. «La reactivación puede ser rápida. En China la producción industrial ya ha rebotado un 3%, después de desplomarse. Las ventas al por menor no han subido pero han caído menos. La gente tiene miedo a perder su trabajo», dice Pablo M. Díez.

Bienvenidos al reino de la incertidumbre

Cada siglo que pasa es más incierto que el anterior. Stefan Zweig relata en El mundo de ayer como la seguridad se va diluyendo como un terrón de azúcar con las guerras mundiales. En el mundo de hoy la seguridad es una quimera.

«Hemos de prepararnos para vivir con cierta incertidumbre hasta la vacuna o un tratamiento muy eficaz. Esta nueva normalidad está sujeta a sobresaltos que la hacen muy frágil. Son posibles los saltos atrás en la desescalada, como ha pasado en el noreste de China, o en Corea del Sur. Hemos de estar acostumbrados a convivir con el coronavirus», sostiene Zigor Aldama.

A su juicio, la crisis económica en la que estamos inmersos «debería ser relativamente corta porque los fundamentos económicos estaban relativamente bien, en comparación con 2008. No es una crisis estructural. Hay una caída del consumo, de la producción, y mucha gente perderá el empleo. Pero la recuperación creo que será rápida. Está ligado a que no haya una segunda ola o que sea controlable. Es muy importante encontrar vacuna o tratamiento». 

También la gestión del coronavirus está resultando de tal complejidad que raro es el gobierno que no está en dificultades. Reina el desconcierto entre los gobernantes y crece la indignación entre los gobernados.

El desconcierto ante la crisis pone de manifiesto que no estamos suficientemente preparados para gestionar problemas complejos», afirma Inneriraty

El filósofo y ensayista Daniel Innerarity, autor de Una teoría de la democracia compleja, mantiene que «el desconcierto ante la crisis pone de manifiesto que, efectivamente, no estamos suficientemente preparados para gestionar problemas complejos. Debemos pensar en términos de complejidad sistémica y transformar nuestras instituciones para gobernar los sistemas complejos y sus dinámicas, especialmente cuando nos enfrentamos a riesgos encadenados, es decir, cuando múltiples cosas pueden salir mal juntas». 

Según Innerarity, la denominación de «nueva normalidad» ya nos indica cómo nos deslizamos hacia la anomalía, al tiempo que idealiza la vieja normalidad como si no fuera susceptible de mejora.

«Esa relativa anomalía se podría agrupar en tres tipos. En primer lugar, -la producida por nuestras medidas para hacer frente a la pandemia: los efectos del parón de la economía, el daño que una perspectiva principalmente epidemiológica produce en otros ámbitos de la salud (se habla de daños psicológicos debidos al confinamiento)… -en segundo lugar, las diversas experiencias de la crisis iluminan la realidad desde una perspectiva a la que no estábamos acostumbrados: tal vez revaloricemos ciertas cosas y dejemos de apreciar otras; se harán visibles contradicciones y situaciones trágicas que la crisis acentúa hasta límites insoportables…-y finalmente, se pondrán sobre la mesa de la discusión política expectativas de cambio que habrá que valorar y negociar», señala Daniel Innerarity, director de Globernance.

Y concluye su reflexión Innerarity: «Ninguna experiencia traumática nos va a ahorrar el esfuerzo de someter las aspiraciones de transformación a la deliberación democrática».

En ese punto enlazamos con ese viaje al futuro en el que el ciudadano cobra especial relevancia. Como señala Yuval Noah Harari, en su artículo El mundo después del coronavirus se precisa confianza. En las autoridades, en la ciencia, en los medios de comunicación. Si no, difícilmente se puede ceder cierto control. A su vez, la epidemia supone «un importante test de ciudadanía», de responsabilidad ciudadana.

De este modo, ese viaje al futuro termina donde había comenzado: en nuestra conciencia como seres sociales, que han de asumir unas limitaciones temporales para recuperar aquello que realmente aportaba un valor añadido a su vida y dejar de lado lo que era puro ruido.