Svetlana Tikhanovskaya se lanzó a la política por amor. A su país, Bielorrusia, y a su marido, Serguei, un popular bloguero y activista, arrestado desde mayo por el régimen de Alekansander Lukashenko, quien dice haber ganado por mayoría aplastante las presidenciales del domingo. Logra así su sexto mandato consecutivo, lo nunca visto en Europa.

Sin embargo, miles de bielorrusos claman en las calles que hubo fraude y Tikhanovskaya ha tenido que refugiarse en Lituania. En las tres noches siguientes a la jornada electoral del domingo han sido arrestadas unas 6.000 personas, según ha informado el Ministerio del Interior. Bielorrusia es el único país de Europa en el que se aplica la pena de muerte. La familia de los condenados no tiene derecho a saber ni cuándo ni dónde se ejecuta a su pariente.

En un video difundido el martes, Tikhanovskaya (Mikashevichy, 1982), la líder opositora, que en teoría apenas logró el 10% de los votos frente a Lukashenko, aparece demacrada y aterrorizada, casi como un autómata. «Que Dios no quiera que tengan que afrontar el tipo de elección que me forzaron a tomar. Los niños son lo más importante en nuestras vidas».

Bielorrusos, os insto a ser razonables y respetar la ley. No quiero sangre ni violencia. Os pido que no vayáis a las calles, no pongáis vuestras vidas en peligro», dice la líder opositora

El ministro lituano de Exteriores, Linas Linkevicius, aseguró a The Guardian que Tikhanovskaya había estado arrestada por las autoridades bielorrusas durante siete horas, después de que presentara una queja por fraude electoral. Todo indica que le forzaron a leer una declaración ante la cámara de video, en la que declara: «Bielorrusos, os insto a ser razonables y respetar la ley. No quiero sangre ni violencia. Os pido que no os resistáis a la policía, no vayáis a las calles, no pongáis vuestras vidas en peligro». Después salió de Bielorrusia rumbo a Lituania, donde ya estaban sus hijos, que ya habían recibido amenazas.

El ministro lituano de Exteriores dijo que la líder opositora bielorrusa no quería dejar su país, pero no le han dejaedo otra opción. Salió de Bielorrusia junto a su jefa de campaña, Maria Moroz, que fue arrestado el sábado.

Lukashenko lograba así su objetivo: demostraba que su rival no está preparada para liderar el país porque es débil y tiene miedo. Conseguía neutralizarla. Otra cuestión es si parará la rebelión en las calles. Ya van cuatro noches de protestas y la represión continúa: dos muertos y más de 250 heridos es el trágico balance.

No parecía la misma mujer que, harta de los abusos del poder, se lanzó a la campaña electoral. En Minsk, a finales de julio, logró reunir a 63.000 personas en Minsk, en una de las mayores manifestaciones de la historia de Bielorrusia. En esa concentración Tikhanovskaya dijo: «No necesito el poder, pero mi marido están en la cárcel. He tenido que esconder a mis hijos. Estoy harta de estar callada, de tener miedo».

Al bloguero Serguei Tikhanovsky, su marido, en prisión desde mayo, el régimen de Minsk le acusa de provocar «disturbios masivos». Treinta y tres mercenarios rusos están acusados por los mismos cargos. Lukashenko acusa al matrimonio opositor de ser «marionetas» al servicio de potencias extranjeras.

Como niña de Chernóbil en Irlanda

Esta política accidental ha llegado más lejos que ningún otro candidato que se ha atrevido a enfrentarse a Lukashenko. Svetlana Tikhanovskaya asegura que su sueño es que liberen a su marido porque ella quiere volver a ocuparse de su hogar. Es profesora de inglés, pero en los últimos años se ha dedicado al cuidado de sus dos niños.

Su resiliencia y su fuerza ha cautivado a muchos bielorrusos. Muchos creen que su coraje tiene que ver con su infancia. Svetlana fue uno de los llamados «niños de Chernóbil», por cuya salud se temía debido a los efectos devastadores de la devastación nuclear de 1986.

Svetlana estuvo en Irlanda como una de esas niñas de Chernóbil, como relata The Guardian. En su pareja de acogida conocía a Svetlana como Svetya y recuerdan de ella su inteligencia y su buen conocimiento del inglés, tan es así que hacía de intérprete para otros niños. Muchos de ellos quedaron traumatizados por el desastre de Chernóbil y también sufrieron las consecuencias económicas. En muchos países se formaron comités de ayuda y familias de todo el mundo recibieron a esos críos en sus casas en verano.

Aquella niña de Chernóbil ha llegado a desafiar a quien lleva desde 1994 en el poder en Minsk. Lukashenko afronta la peor crisis de estos 26 años como presidente. El jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, ha instado a que paren de una vez los arrestos y la represión violenta. Pero Lukashenko hace caso omiso a estos llamamientos. Cuenta con un aliado en la Unión Europea, el primer ministro húngaro, Viktor Orban, opuesto a que se impongan sanciones a Minsk.

A pesar de que Lukashenko organiza convocatorias electorales, desde 1995 los comicios no cuentan con supervisión internacional. Está considerado como el último dictador de Europa.

Lukashenko despreció a Tikhanovskaya por su falta de experiencia y por ser mujer. El dirigente bielorruso lleva casado desde 1975 pero a su esposa no se le ve en público. Sí que expone cada vez más a su hijo Nikolai, el tercero, el más pequeño, a quien parece haber elegido como heredero político, ya que lleva años llevándole a sus encuentros con mandatarios de todo el mundo.

Las elecciones no salieron como Lukashenko quería. Y, peor aún, las calles rugen, y no se descarta un baño de sangre. Para contener esta sublevación el régimen ha emprendido una caza de brujas, que implica a familias enteras. Arrestan a los parientes para que delaten a los activistas.

La Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Michelle Bachelet, ha condenado la violencia registrada en Bielorrusia en el marco de las protestas registradas durante los últimos días por la reelección del presidente Lukashenko y ha pedido al Gobierno liberar cuanto antes a los manifestantes detenidos, según informa Europa Press.

La única del trío opositor que aún permanece en Bielorrusia, Maria Kolesnikova, da por hecho que a Svetlana Tikhanovskaya le han presionado al máximo. «Cuando tu familia se convierte en rehén, es muy difícil no decir lo que quieren que digas».