Para Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, la pandemia que ya se ha cobrado la vida de más de 30.000 personas en el mundo, es un resfriadinho. Su aliado del norte, Donald Trump, quiere celebrar la Pascua a lo grande, cuando este sábado EEUU es ya el país con más casos en el mundo: más de 105.000. Y los nicaragüenses Ortega y Murillo celebran un carnaval bajo el lema «el amor en los tiempos del Covid-19». Son algunos de los líderes mundiales más negligentes en la lucha contra el coronavirus. Sus poblaciones lo pagarán muy caro.

La crisis que ha provocado la pandemia del Covid-19 está retratando a los gobernantes globales. Hay quienes cuentan con la experiencia de la crisis del SARS-1. En Asia produjo estragos y por eso en China, Corea del Sur, Japón, Taiwán y Singapur sabían que había que actuar rápido y enérgicamente para contener los contagios.

Otros carecían de esa memoria de la epidemia anterior, pero interpretaron en serio las señales, como es el caso de Israel o varios países de América Latina, donde se apresuraron a cerrar fronteras e imponer medidas estrictas de confinamiento, como Argentina, Perú o El Salvador.

Sin embargo, la dinámica generalizada en muchos países ha sido no tomarse en serio la amenaza hasta que ya era demasiado tarde. China parecía muy lejos. Así el epicentro de la epidemia pasó a Europa, en concreto a Italia, el país con más número de muertes, con más de 9.000 este sábado, y España, que ya ha superado los 5.800 fallecimientos, 832 en las últimas 24 horas.

Como en un macabro día de la marmota, vemos cómo un país, digamos Italia, denuncia una situación crítica y aplica el confinamiento estricto, mientras las naciones vecinas, digamos España, esperan días y días para terminar haciendo lo mismo.

Así ha sucedido en cadena en España, Francia, incluso en el Reino Unido, donde su primer ministro, Boris Johnson, contagiado de coronavirus, comenzó defendiendo la llamada inmunidad del rebaño (contagio masivo sin aislamiento antes que perjudicar la economía) para terminar imponiendo restricciones. Aún así el metro de Londres sigue a rebosar por las mañanas.

Pero hay quienes van más allá de la incompetencia llegan a una peligrosa negligencia. En realidad, muchos son fieles a sí mismos, pero en una situación que el presidente francés, Emmanuel Macron, ha calificado de «guerra sanitaria», las excentricidades de líderes populistas se convierten en una bomba de relojería.

Trump fiel a sí mismo

Trump empezó como negacionista del coronavirus, para luego erigirse en inmunólogo-en-jefe y terminar diciendo a los estadounidenses que no puede ser peor el remedio que la enfermedad. El 28 febrero aseguraba que el virus va a desaparecer… Algún día, será como un milagro y habrá desaparecido».

Cuando había dado la orden de que se evapore antes del 12 de abril, ha tenido que rendirse a la evidencia y extender las restricciones hasta finales de abril. Trump ha dicho este domingo que si hay menos de 100.000 muertos, «habremos hecho un buen trabajo». El mayor experto en epidemias de EEUU, el doctor Anthony Fauci, había vaticinado previamente que el balance mortal en EEUU podría llegar a esta cifra.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, opta a la reelección el 3 de noviembre de este año. Hasta el estallido de la crisis del Covid-19, nada parecía impedir que se quedara cuatro años más en la Casa Blanca. Los datos económicos le favorecían. Pero la última cifra de paro es de récord: 3,3 millones de nuevos desempleados en una semana. Lo nunca visto en Estados Unidos.

Trump ha aprobado, con el acuerdo del Congreso, el mayor plan de ayudas a empresas y familias de la historia, dotado de 2,2 billones de dólares. A su vez ha invocado una ley de la Guerra de Corea para obligar a General Motors a fabricar respiradores. La obsesión de Trump es reactivar la economía. De momento, su aprobación, según Gallup, está en un 49%, y el 60% aprueba su gestión de la crisis.

Después de las dos últimas grandes crisis, en 1929 y en 2008, los presidentes en el cargo perdieron frente a aspirantes demócratas, Franklin D. Roosevelt, en 1932, y Barack Obama, en 2008.

Trump se resistía a que siguieran las restricciones y por ello había dicho que el 12 de abril las iglesias estarían llenas, pero este domingo ha reconocido que eso sería lo ideal. Aseguraba el presidente que EEUU no puede permanecer cerrado y «no puede ser peor el remedio que la enfermedad». Pero, poco a poco, parece rendirse a la evidencia.

Mantiene que si en EEUU hay más casos confirmados que en ninguna otra parte del mundo es porque en su país hay más posibilidad de hacer tests. «En ocho días hacemos más tests que Corea del Sur en ocho semanas», asegura Trump.

Trump lucha defendiendo a los Estados Unidos contra un enemigo exterior: el virus chino, las malas decisiones de la UE… Y para ello encuadra ese mensaje, especialmente lo de ‘virus chino'», dice Peytibi

En el artículo Seis tipos de liderazgos mundiales, publicado en Beers and Politics, el consultor político Xavier Peytibi describe a Trump como «el nacionalista». «(Trump) está luchando una guerra también, pero no de ataque, sino que lucha defendiendo a los Estados Unidos contra un enemigo exterior: el virus chino, las malas decisiones de la Unión Europea, el desagradecimiento europeo que no compra sus mascarillas… Y para ello usa un lenguaje que encuadra constantemente ese mensaje, especialmente lo de ‘virus chino'».

EEUU suspendió los vuelos con origen y destino en la Unión Europea, incluido el Reino Unido, nada más conocerse los primeros datos de víctimas en Italia. Pero no hay restricciones de movimiento. Están prohibidas las concentraciones de más de diez personas. Sin embargo, más de la mitad de los 350 millones de estadounidenses viven en estados donde sí se aplican medidas restrictivas, si bien mucho más relajadas que en España.

En Nueva York, el gobernador, el demócrata Andrew Cuomo, lleva la voz cantante de la crisis. Más de la mitad de los casos de todo el país están en este estado, donde se han hecho cerca de 140.000 tests. Es el demócrata que está ahora en primera línea, ya que las primarias han quedado en suspenso. Su rueda de prensa diaria se sigue con gran atención en todo el país.

AMLO, amuletos contra el virus

«Detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo», decía el 19 de marzo el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), mientras enseñaba estampitas religiosas que presentaba como sus «guardaespaldas» frente al coronavirus. En la información de El Universal de esa fecha se da cuenta cómo en el Palacio de Gobierno las medidas se reducían a la aplicación de gel antibacterias antes de entrar en el Salón Tesorería. AMLO seguía dando besos a diestra y siniestra sin hacer caso a las recomendaciones de distanciamiento social.

«Por el coronavirus dicen que no podemos abrazarnos. ¿Cómo no vamos a abrazarnos?», dijo el presidente mexicano a principios de marzo. «No debemos tener miedos. No hay falta de recursos. Tenemos suficientes hospitales».

Sin embargo, su tasa de camas UCI por capita y personal sanitario es mucho menor que en Italia, Corea del Sur o EEUU. Incluso el presidente salvadoreño, Nayib Bukele, quien ha sido muy estricto en la lucha contra el contagio, ha pedido a AMLO que se tome en serio la propagación el coronavirus.

En Ciudad de México hay multitud de personas en las calles. Hay mucho trabajo informal. Es una combinación muy peligrosa, según denuncian fuentes sanitarias citadas en por The New York Times.

¿Qué va a pasar con esos millones de trabajadores informales cuando no puedan trabajar por el aislamiento y la cuarentena elimine la actividad en las calles?», se pregunta Francisco Sánchez

Esa cuestión de la informalidad del empleo es un grave riesgo en toda América Latina. Como escribe Francisco Sánchez, director del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca, en Política Exterior, «la informalidad laboral, con una tasa del 53%, según la OIT, unas 140 millones de personas, «implica no solo que estas personas si no trabajan no cobran, sino que carecen de cobertura social o prestaciones como trabajadores. ¿Qué va a pasar con esos millones de trabajadores informales cuando no puedan trabajar porque el aislamiento y la cuarentena elimine la actividad en las calles? ¿Dé qué forma podrán satisfacer sus necesidades básicas?»

Hasta el domingo 29 de marzo había cerca de mil casos y 20 muertos. El presidente mexicano ha dado un mensaje el viernes a través de sus redes sociales. Recomienda cuidar a los adultos mayores, «porque está demostrado que son los más vulnerables, así como a los enfermos de diabetes, hipertensión, y mujeres embarazadas». También aconseja estar en casa y «guardar una sana distancia». Pero todo como recomendación.

Podrán quedar en casa los funcionarios «que no son tan necesarios» y los empleados del sector privado también. Este domingo, el subsecretario de Sanidad de México, Hugo López-Gatell, ha declarado: “Es impostergable reducir la velocidad de transmisión de este virus. Impostergable». Ha pedido a la población a que se quede en casa durante un mes. Pero aún no hay obligación, ni restricciones productivas.

Jair Bolsonaro y los resfriadinhos

El presidente de Brasil, Jair Mesías Bolsonaro, que se cree ungido por la bendición divina, pretendía promover una campaña mediática bajo el lema «Brasil no puede parar». Es decir, lo contrario de apoyar el confinamiento, Bolsonaro quiere animar a los brasileños a seguir trabajando y salir a las calles. Su tesis es que los brasileños pueden con todo, y que el coronavirus es un resfriadinho.

La juez de guardia Laura Bastos Carvalho, de Río de Janeiro, ha ordenado al presidente que se abstenga de lanzar esta campaña publicitaria, ya que «puede agravar el riesgo de diseminación» del Covid-19. En Brasil se han registrado 3.500 casos y han muerto 92 personas.

Después de conocerse esta reacción judicial, la Secretaria de Comunicación niega que el gobierno esté detrás de la campaña, pero el mensaje ha sido compartido por el senador Flavio Bolsonaro, primogénito del presidente.

Bolsonaro se ha opuesto públicamente al confinamiento de la población, mientras que casi todos los gobernadores brasileños sí que lo respaldan. Defiende que se reabran los comercios y aboga por aislar solamente a ancianos y personas vulnerables por patologías previas.

«Brasil tiene que volver a la normalidad inmediatamente», dijo esta semana en TV Bandeirantes. Según Bolsonaro, para la mayoría de la población es «una gripecita o nada». En su cuenta de Facebook, reproduce una imagen que ilustra con las palabras «El pueblo quiere trabajar». También puede leerse: «Empleos y vidas merecen la misma atención».

– Balneário Camboriú/SC.- O povo quer trabalhar.

Geplaatst door Jair Messias Bolsonaro op Donderdag 26 maart 2020

Ortega y Murillo, el amor todo lo puede

La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, marido y mujer, presidente y vicepresidenta de Nicaragua, tiene visos de surrealismo trágico. El 14 de marzo Rosario Murillo, conocida como Chayo, convocó una marcha bajo el lema el Amor en tiempos del Covid-19. La esotérica vicepresidenta conjura al virus con amor. Un amor que no profesa hacia cualquiera que disienta con los dictados de la pareja presidencial.

Presentaron la manifestación como un acto en solidaridad con las víctimas del Covid-19. Es una muestra más de la enloquecida dinámica que vive el país centroamericano.

Miles de personas, unas junto a otras, con lo que supone de riesgo para el contagio, con el fin de solidarizarse con quienes padecen por ese virus que se propaga así. Hasta el sábado 28 de marzo hay confirmados cuatro casos y un muerto en Nicaragua.

Rodrigo Duterte, el represor en jefe

Los expertos han criticado la gestión de la crisis del coronavirus en Filipinas, donde hay grave carencia de material sanitario y de personal médico. Además, su presidente, Rodrigo Duterte, dictó el 16 de marzo el confinamiento para Luzón, la principal isla del país, donde vive la mitad de la población, 107 millones de habitantes. Manila es la capital, con 12 millones de habitantes.

Sin embargo, no hay claridad sobre qué significa este confinamiento. Nadie sabe si tiene que ir a trabajar o no, si el transporte público está asegurado o no lo está. La Cámara de Manufactureros Alimenticios ha advertido que puede haber carencias en el suministro de productos básicos. En Filipinas se han registrado más de mil casos y 68 muertes.

Los castigos por violar el confinamiento son durísimos. La ONG Human Rights Watch ha denunciado que se arresta a quienes supuestamente violan la orden y se les encierra con perros callejeros o se les hace permanecer horas a pleno sol.

La receta de Lukashenko: vodka y hockey

El presidente de Bielorrusia, Aleksander Lukashenko, en el poder desde hace 28 años, sabe cómo vencer al coronavirus, un ente invisible que nadie ha visto volar. Nada como el deporte, sobre todo sobre en el hielo como el hockey, que él practica a sus 75 años. Este sábado ha jugado en Minsk. También recomienda la sauna y el alcohol.

Bielorrusia es el único país de Europa que no ha impuesto medidas para frenar la expansión del coronavirus. «Estas cosas pasan. ¡Lo más importante es no entrar en pánico!», dijo el martes tras reunirse con el embajador chino en Minsk.

En Bielorrusia siguen celebrándose competiciones deportivas, los cines y teatros siguen abiertos, y todos continúan trabajando. La liga continúa su curso y este fin de semana los estadios estaban llenos.

La vida sigue igual. No así en Rusia, que ha cerrado sus fronteras, y Ucrania. Al presidente ruso, Vladimir Putin, no le hace gracia esta actitud negligente de Lukashenko. En Bielorrusia se han registrado 94 casos y ningún fallecido hasta el domingo 29 de marzo, según worldometers.

El presidente bielorruso mantiene que «los tractores curan del virus», en alusión al trabajo duro. En broma suele hablar de las virtudes del alcohol, unos 100 mililitros al día, siempre que no sea en horas laborales.

Y también la sauna. «Los chinos nos dijeron que el virus muere a partir de los 60 grados. Es recomendable ir a una sauna seca dos o tres veces por semana».


Como contrapunto a tanta locura esa imagen del Papa Francisco solo en una Plaza de San Pedro vacío. Y sus palabras en la bendición Urbi et Orbi: «La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas ‘salvadoras’, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad».

No necesitamos salvadores, ni falsos profetas. Necesitamos recuperar la fe en el ser humano.