Si hay una entrevista, una en especial, que me apetecía sobremanera tener la oportunidad de ofrecerles es justamente la que les presento hoy. 

Conozco a Stefano Sannino desde hace tantos años que ha llegado a convertirse en uno de mis amigos más apreciados; pero no de boquilla… de corazón. Si he llegado a sentir por él un afecto tan especial es porque he llegado a una admiración plena: por su capacidad intelectual, por su sensibilidad, por su brillantez profesional que le ha convertido en uno de los más exitosos diplomáticos de Europa en las últimas décadas, porque es buena persona… por tanto y por todo a la vez.

Stefano ha consumido los últimos cuatro años de su vida como embajador de nuestra Italia natal en Madrid. Su ejecutoria no ha podido ser más brillante. Su minuciosidad, su enorme capacidad de trabajo, su pasión en todo lo que hace y sobre todo su preocupación plena por los más desfavorecidos le han convertido en un personaje muy singular y especialmente querido por los madrileños. 

Sannino nos deja para convertirse en la mano derecha de mi también apreciado Josep Borrell en Bruselas. Un terreno que conoce bien porque pasó allí 16 años como representante permanente de Italia ante la Unión Europea. Su responsabilidad ahora será muy superior: nada menos que Secretario General Adjunto de la Diplomacia EuropeaÉl puede con eso y con más. Triunfará.

Tuve el privilegio de recibir de sus manos, hace unos días en la sede de nuestra embajada, la distinción como Cavaliere dell’ Ordine della Stella d’Italia. Una condecoración que supuso uno de los momentos más emocionantes de mi vida porque Stefano me llamó para comunicármelo a las pocas horas del fallecimiento de mi padre. 

Stefano: gracias por tanto, gracias por todo. Ha sido un honor tomar este café dominical contigo para los lectores de El Independiente. 

Pregunta.- ¿Cómo han sido estos últimos años que has vivido en España?

Respuesta.- Han sido muy bonitos. Han sido cuatro años fantásticos, tanto desde el punto de vista personal como profesional. Los he vivido como una experiencia extraordinariamente enriquecedora e interesante, más si cabe porque han sido cuatro años políticamente muy complejos. Italia y España son dos países que tienen un vínculo muy fuerte desde el punto de vista comercial y económico. Estamos hablando de casi 47.000 millones de euros al año con una importantísima presencia, tanto de inversiones italianas en España como españolas en Italia. ¡Qué decir de la comunidad italiana en España, o de la cooperación en el sector cultural entre ambos estados! Por lo que al ámbito universitario se refiere, España es el primer país Erasmus para los italianos y también viceversa. Quizá ha sido algo más complicada la relación entre los dos gobiernos. Espero que ahora se abra una fase mejor, tras el cambio de gobierno (de los últimos meses) en España.

P.- Me he referido en muchas ocasiones a la italianización de la política española. La hemos visto con la reiteración de convocatorias electorales en los últimos años y también con la ampliación de la oferta política en España, con nuevos y variados actores. Yo lo denomino casi como una suerte de ‘casino político’. ¿Qué opinión tienes de todo esto?

R.- Antes de que yo llegara ya se habían creado estos nuevos partidos, pero ya en mi puesto pude ver esa ampliación en cuanto a su presencia parlamentaria a la que te refieres, primero de los dos tradicionales, PSOE y PP a cuatro y ahora a cinco grandes formaciones nacionales, y eso genera un cambio notable. Es muy difícil ya una mayoría con un solo partido y son ya necesarias en España las coaliciones para conformar una mayoría parlamentaria. Y esa cultura de coalición faltaba en este país y hay que desarrollarla porque es muy habitual en el resto de Europa, donde hay muchos países con gobiernos de esas características. El otro elemento que ha cambiado mucho el panorama político español son los partidos de ámbito regional y cuya visión no alcanza solo a conseguir mejoras en sus territorios, sino que abarca a su encaje en el contexto político nacional. Es Cataluña es más evidente pero también en otras comunidades. Todo esto ha cambiado mucho el equilibrio político y hace necesaria, insisto, esa nueva cultura del pacto y del diálogo. O tienes un sistema electoral que ‘proteja’ (las mayorías) como en Francia, por ejemplo, o se desarrolla mucho más, como en casi toda Europa, esa habilidad para conseguir acuerdos entre los distintos partidos políticos. 

La cultura de coalición faltaba en este país y hay que desarrollarla porque es muy habitual en el resto de Europa, donde hay muchos países con gobiernos de esas características

P.- Hablemos de ti, Stefano. Tú has desarrollado toda tu vida siempre como diplomático. ¿Siempre quisiste dedicarte a ello? Lo digo porque suele ser una profesión, en muchos casos, hereditaria, pero tú no vienes de familia de diplomáticos.

R.- Bueno, sí y no. Ya hace años que hemos vivido una ‘democratización’ de la diplomacia, una gran apertura y ya no tienes necesariamente que ser hijo de diplomático para dedicarte a esto (sonríe)… si vienes de tradición familiar lo tienes más sencillo: ya has aprendido varios idiomas, te has criado en este ambiente y te requiere menos esfuerzo. En mi caso puedo decir que a los diecisiete, dieciocho años, cuando empecé mi carrera universitaria, tenía una idea algo diferente de esta vida. Más de aventura, algo romántica… conocer nuevas cosas, países lejanos, nuevos mundos, nuevas realidades… ¡y luego mi vida profesional, vista desde el exterior, ha sido mucho más aburrida! (vuelve a iluminarse su cara con una sonrisa contagiosa que hace aún más afable nuestra conversación). 

P.- Hombre, leyendo tu CV, puede decirse que parece de todo menos aburrido.

R.- Quiero decir que mi vida no ha tenido nada de exótica porque trabajé en el pasado dieciséis años en Bruselas y ahora vuelvo cinco más, así que fíjate. Trabajé también algunos años en la antigua Yugoslavia y en algunos períodos en Roma. Mi primera sede de hecho, fuera un poco de ese ‘carril’ ha sido Madrid. 

P.- Ahora vuelves a Bruselas, como bien dices, como Secretario General adjunto del Servicio Europeo en Asuntos Económicos y Globales al lado de Josep Borrell. ¿Cuáles van a ser tus responsabilidades y qué esperas de este puesto?

R.- Debo decir que estoy muy contento con este nuevo desafío profesional. El Servicio Exterior es complejo porque tiene una doble cara: está en el medio del sistema institucional europeo y mira al mismo tiempo a la parte gubernamental, que es el Consejo, y a la parte más comunitaria que es la Comisión. Y está entre los dos. Y además debe canalizar las políticas de los estados miembros, para que tengan una voz más uniforme, pero conseguir por otro lado que los aspectos exteriores de las políticas europeas, ya sean de medioambiente, digitales, de comercio o de cualquier naturaleza, sean coherentes con las de los estados miembros. No es nada fácil… es tremendamente complicado. 

P.- En los últimos años he sido muy crítico con las políticas comunitarias; ya sea por todo lo que ha ocurrido con el ‘Brexit’ o desde el punto de vista económico que en mi opinión evidencia una decadencia brutal. Parece que estamos prisioneros entre el pujante escenario asiático, la tradicional fortaleza de los EEUU y si me apuras incluso África con su oferta agrícola frente a la crisis que estamos viviendo sin ir más lejos en España, con la reducción de la PAC y otros aspectos. ¿Cómo ves el futuro de Europa? No parece muy optimista el panorama.

R.- No sé si optimismo o pesimismo son palabras adecuadas. Creo que es necesario el realismo en cuanto a las posibilidades. Europa puede tener problemas, pero la dimensión europea es fundamental. Si los países europeos quieren seguir existiendo, Europa no es una opción. La dimensión europea es necesaria porque los estados miembros, solos, no podrían nunca tener la fuerza y la capacidad de competir en un mundo global y plural. Un mundo además que se ha convertido en mucho más complejo en los últimos tiempos, con esta vuelta a los pulsos por la relación de fuerzas y a las guerras comerciales en las que los dos grandes actores económicos, mundiales, Estados Unidos y China, se pelean entre ellos y en las que, la única forma de que Europa no quede atrás es esa unión entre sus estados.

P.- Que es, precisamente, una de tus responsabilidades…

R.- Exacto. Es una de mis responsabilidades más delicadas, junto con el Servicio y la responsabilidad en general de las Instituciones europeas. Fíjate como en todo este asunto del ‘Brexit’, Europa sí ha conseguido permanecer muy unida porque ha entendido bien, desde el principio, que se trataba de un desafío trascendental a su propia existencia. Por ir a otros puntos ‘calientes’ y que son cruciales para el futuro, citaré las políticas medioambientales en las que Europa está haciendo un gran esfuerzo para decir: ‘Nosotros tenemos esto’ y para presentarse como un actor crucial en este tema; o en todo lo referido a la Inteligencia Artificial o a la Economía Digital. Pero, sigo diciendo, necesitamos estar unidos, porque si no, ni el país más fuerte tendría potencia suficiente para superar en solitario estos retos.

Europa sí ha conseguido permanecer muy unida frente al Brexit, porque ha entendido bien, desde el principio, que se trataba de un desafío trascendental a su propia existencia

P.- ¿Por qué hemos llegado a este avance tan espectacular, en los últimos años, de los populismos? Desde el Trump de los aranceles hasta el hiper-nacionalismo, cuya manifestación más palmaria es el ‘Bréxit’. Y como siempre reitero, incluyo tanto a los populismos de extrema derecha como a esos nacionalismos exacerbados.

R.- En la Unión Europea hemos sufrido en los últimos años una crisis tras otra. Comenzamos con una brutal crisis económica y financiera, hemos seguido con otra de seguridad, con tremendos ataques terroristas, hemos seguido con una crisis migratoria muy fuerte y en todas ellas, la UE se ha visto con dificultades para dar una respuesta cercana a los ciudadanos… se le ha percibido como lejana por parte de la opinión. Esto ha generado una sensación que a muchos ha llevado a exclamar: ‘¡Mejor me defiendo yo solo!’… y ya de paso a que algunos estados hayan llegado a la conclusión de que mejor controlan ellos mismos sus propias fronteras. Es una idea falsa porque al final no controlan nada, como estamos viendo. ¡Qué decir del intento de control individual de la crisis financiera o del terrorismo, con nuevas amenazas como esos lobos solitarios que nos acechan! Hay mucho mesianismo en todo esto.

P.- Hablemos del avance del racismo y de la homofobia. Tú mismo has reconocido abiertamente hace ya muchos años tu condición sexual. Parece que soplan vientos de involución. Parecía que este odio, este racismo, esta intolerancia y la desigualdad en el tema de género, habían dejado de ser ya un problema, también y sobre todo en países como España, en la que habíamos gozado de unos vientos de libertad notables, sobre todo desde los primeros compases de este siglo y bajo los ocho años de gobierno de Zapatero. ¿Te da miedo?

R.- Debemos tener mucho cuidado. No hay que dar como adquirido ya, de forma segura y total, todo el patrimonio de derechos civiles e individuales que nos hemos ido ganando a lo largo de estos años. Como dices, en esta sociedad, la homosexualidad era ya muy aceptada, pero se están volviendo a manifestar inquietantes corrientes homófobas. Algo que me resulta especialmente preocupante es lo del: ‘Tú, en tu casa, lo que quieras’…

P.- … al estilo Putin.

R.- Claro, es decir que tú no tienes derechos como los demás y fuera no puedes desarrollar tu vida en completa libertad, salir del armario, que no se vea que eres gay. Esto impacta en todo lo que habíamos conquistado para que los jóvenes pudiesen vivir su vida emocional, afectiva, sentimental. Por tanto, repito, debemos tener especial cuidado para que los derechos adquiridos, que al final, como siempre me gusta decir, son sobre todo una cuestión de dignidad no sufran un solo paso atrás.

P.- Volviendo a las múltiples responsabilidades que vas a tener que afrontar de manera inminente, uno de ellos, como sin duda sabes, es el del campo, la crisis del sector agrario. En España los agricultores temen esas reducciones de hasta un 15 por ciento en las ayudas que reciben a través de la PAC, y buena parte de la sociedad tiende a echar la culpa a Europa de esta nueva crisis.

R.- Veremos cómo van evolucionando las negociaciones, pero tan solo algunas consideraciones. La primera es que siempre, en las fases de negociación, han existido tensiones entre los países receptores y los contribuyentes. Este año el escenario se ha complicado algo más porque el Reino Unido, que era un contribuidor neto, se ha ido. Otro elemento que añade más dificultades añadidas es el de que han aparecido nuevas políticas que estamos desarrollando, como las medioambientales, que necesitan dinero. Pero aún hay más; si queremos hacer una nueva política que afronte los inminentes retos en materia digital… ¡también necesitamos más inversiones! Pero esto no es todo; afrontar el drama de los refugiados y articular nuevas condiciones que permitan aportar soluciones también requiere dinero. Abarcar más solo puede hacerse de dos maneras: o incrementando el presupuesto de la Unión Europea o ver de qué otras partidas se puede sacar. Este es el equilibrio que debemos encontrar.

No hay que dar como adquirido ya, de forma segura y total, todo el patrimonio de derechos civiles e individuales que nos hemos ido ganando a lo largo de estos años

P.- ¿Qué peso tiene España en Europa?

R.- Mucho. España pesa. Pesa como puede pesar Italia y otros grandes países. La cuestión es que la UE que siempre ha sido estructurada para la presencia de un motor franco alemán muy fuerte, se vería enormemente beneficiada si España e Italia se juntasen mucho más; no digo para equilibrar, pero para permitir que esta mesa de dos patas pueda, con cuatro, ser más estable. Repito, este eje franco-alemán sigue siendo fundamental, en primer término por el propio interés de franceses y alemanes, pero mejoraría en la forma en la que he dicho. He hablado de cuatro, aunque en realidad debería haberme referido a todos, porque todos deberían estar sentados a esa mesa. Y ello porque si alguno de los países de los que hablo llega a la conclusión que solo se defienden esos intereses tan potentes de los dos grandes actores puede llegar a no sentirse representado y tal vez a ser asaltado por la tentación de irse. 

P.- Me alegro de que hayamos conducido la conversación por este camino… siempre he tenido la sensación de que, también respecto a este último aspecto, se ha hecho históricamente muy escasa autocrítica. 

R.- Todo es resultado de una falta de empatía con respecto a las distintas necesidades a unos y otros y de lo que estaba pasando. Sobre todo, por no haber mirado más a los países del sur, aunque no solo; millones de ciudadanos, Euprepio, se quedaron con la sensación de que, tras una crisis económica tan devastadora, se atendió primordialmente a las necesidades del sistema financiero, a los problemas de los bancos, y muy poco a las urgencias de las personas. Se llegó al convencimiento de que no había políticas de desarrollo que ayudaran a los (países) más castigados a volver a empezar. Aquellos que no tenían tanta fuerza tuvieron que hacer un esfuerzo ímprobo; apretarse el cinturón, no un poquito solo… ¡mucho! Creo que todo esto ha llegado a ser entendido por las instituciones europeas. Creo que al final las Instituciones europeas lo han entendido y se han puesto manos a la obra. Lo hizo ya la Comisión Juncker a la hora de ponerse manos a la obra en la elaboración de proyectos culturales o de desarrollo, y para ello han inyectado dinero en el sistema. También se ha inyectado dinero para luchar contra el cambio climático y proteger el medio ambiente.

Al final hay un problema siempre entre quienes necesitan ayuda para seguir creciendo frente a los más virtuosos que sí, prestan de mejor o peor gana, pero exigen grandes reformas a quienes piden. Hay que aunar ambas realidades y lograr sincronizarlas. Este será otro de mis grandes retos en los próximos años.

P.- ¿Qué echarás de menos de España, Stefano?

R.- Como cualquier italiano, y lo sabes bien Euprepio, lo único que no voy a echar de menos es… ¡el café! Echaré de menos la calidad de vida en España que es extraordinaria. He sido muy feliz en este país y volveré siempre que pueda.