“Los niños que retratamos en La generación del hambre siguen teniendo sueños pero tienen hambre. El Estado no tiene como prioridad el derecho humano a la alimentación. Es muy doloroso. Venezuela corre el riesgo de convertirse en un país de tarados”. Sheyla Urdaneta, editora de la cobertura multimedia premiada con el Ortega y Gasset 2019 que se entrega este jueves en Madrid, explica cómo el equipo de El Pitazo ha querido poner rostro a la crisis que sufren los más frágiles en una Venezuela en total descomposición social con una gran ansiedad de cambio. Su lema es: El Pitazo suena donde otros callan.

El Pitazo, plataforma multimedia en la que trabajan ahora más de 60 reporteros en toda Venezuela, surgió de una necesidad y de una crisis. En 2013 el régimen chavista incrementó su presión sobre los medios de comunicación más independientes y muchos periodistas se vieron en la calle. Algunos de ellos buscaron nuevas fórmulas para contar lo que estaba pasando: Maduro empezaba su mandato tras la muerte de Chávez. Los ocho niños a los que dan voz en la cobertura premiada nacieron entonces.

Catorce periodistas de cinco ciudades aunaron esfuerzos y crearon El Pitazo en 2014. Procedían del Instituto de Prensa y Sociedad, junto al a productora Trapiche Films. Empezaron elaborando cápsulas en vídeos que difundían en YouTube.

“Queríamos llegar a la gente más desfavorecida, a quienes viven en los barrios (zonas marginales de las ciudades) y aprovechamos las redes sociales”, explica Javier Melero De Luca, uno de los fundadores de El Pitazo. Desde sus inicios querían que fuera un medio multiplataforma, no solamente un portal de noticias. Su último éxito son los notiaudios que envían por whatsapp a diario con gran seguimiento. A su vez ofrecen a sus seguidores podcasts bajo la rúbrica Voces del desamparo.

Queremos mantener el vínculo con la comunidad y nos hemos ido ganando su apoyo. Ahora nuestra marca les da confianza», dice Javier Melero De Luca

Javier Melero señala cómo en El Pitazo, que nació con YouTube y muy vinculado a las redes sociales y a los nuevos medios, ahora está haciendo el camino inverso, forzado por la situación de carencia en Venezuela.

“Tenemos un proyecto con impresoras móviles para poner en circulación volantes con noticias. Queremos mantener el vínculo con la comunidad y poco a poco nos hemos ido ganando su apoyo. Ahora nuestra marca les da confianza”, explica Melero, que se encuentra en Madrid junto con otros compañeros para recoger el premio que otorga El País cada año.

De izda. a dcha. Sheyla Urdaneta, Javier Melero, Alma Ariza y Elsy Torres, en Madrid.

De izda. a dcha. Sheyla Urdaneta, Javier Melero, Alma Ariza y Elsy Torres, equipo de El Pitazo, en Madrid.

También imparten talleres para formar a infociudadanos. Han instruido hasta ahora a unas 700 personas, algunos de ellos maestros y educadores, quienes a su vez enseñan cómo difundir informaciones fiables a sus alumnos. Otra fórmula que han desarrollado con éxito son las sesiones de cine de barrio, en las que proyectan vídeos sobre cuestiones informativas que importan a la comunidad: la falta de luz, de agua, de alimentos… O bien les enseñan cómo hacer una sopa muy proteica con lo que tienen a mano, o cómo potabilizar el agua.

Una investigación de ocho meses

El punto de partida de La generación del hambre es analizar qué ha pasado con los niños nacidos cuando llegó Maduro al poder. Querían contar la historia de esas criaturas, afectadas por la desnutrición. En las estadísticas oficiales no encontraron nada porque no hay datos desde hace más de una década. Sí han contado con informes de ONG, con las que se coordinan en su tarea de investigación y de formación en los barrios.

La coordinadora de esta extraordinaria cobertura es Johanna Osorio, que trabajó con Connectas, una red de periodistas latinoamericanos. Relatan una historia por región venezolana, ocho niños famélicos en la Venezuela del petróleo, el oro y el coltán. Son críos de ocho ciudades distintas que en 2018 cumplieron los cinco años, ese periodo de tiempo crucial para el desarrollo en la edad adulta.

Junto a ella investigaron Armando Altuve, María Jesús Vallejo, Sheyla Urdaneta, Jesymar Añez, Liz Gascón, Mariángel Moro, Rosanna Battistelli, Maía Fernanda Rodríguez, Giovanna Pellicanni, Marina Duque, Oriana Faoro, Pedro Izzo, Laura González y Bianile Rivas durante ocho meses y fue publicada en diciembre de 2018. Exponen las historias de cada niño y ofrecen el testimonio de ONG y nutricionistas y médicos que analizan los casos.

Ocho historias y un obituario

Los niños de La generación del hambre encierran historias de abandono y miseria. El Pitazo los da voz. Aquí pueden leer la investigación completa.

Estas criaturas son:

Valentina, 13 de junio de 2013. Urdaneta, Valles del Tuy, estado de Miranda. Con cinco años pesa 10 kilos y mide 93 centímetros. Abandonada por sus padres, vive en una chabola de láminas de zinc y plásticos sin servicios básicos con la ex mujer de su progenitor. No habla porque no quiere. Solo dice cinco palabras, una de ellas “mamá”.  Con su madre biológica se ha visto un par de veces en su corta vida. Pero sabía quién era. Ha recibido atención del Programa Samán de Cáritas Venezuela en varias ocasiones.

María Victoria y María Verónica, gemelas del 5 de enero de 2013. Con sus dos hermanos y su madre viven en una modesta vivienda construida a medias por el gobierno, sin baño y sin nevera, en La Casa, al oeste de Barquisimeto, estado de Lara. Miden 1,02 metros y pesan 14 kg. Comen básicamente arroz, pasta, harina, azúcar y granos. Su madre, Dayana, tiene 30 años, es madre soltera y tiene VIH. “Mamá, tengo hambre”, suelen replicar las criaturas. Y la mujer les manda a acostar cuando  no tiene nada que ofrecerles. Comer carne picada con pasta es extraordinario. Aún recuerdan cuando lo hicieron meses atrás. Las gemelas “quieren ser doctoras”.

Nos estamos muriendo, no hay comida, no hay medicamentos, cada día que pasa perdemos vidas», le diría la madre de Juan Luis a Maduro

Juan Luis, nacido el 9 de julio de 2013. Diagnosticado de desnutrición en Tucupita, Delta Amacuro. Pesa 14 kg y mide 1,20 centímetros. Tres días a la semana deja de almorzar por falta de dinero. Su familia es pobre, como el 87% de la población venezolana, según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017. De acuerdo con esta fuente, en el 80% de los hogares venezolanos se pasa hambre. En el primer trimestre de 2018, la desnutrición aguda global en niños menores de cinco años llegaba al 17%.

La Organización Mundial de la Salud considera que superar el umbral del 15% indica una situación de emergencia de salud pública. A la madre de Juan Luis le gustaría decirle a Maduro: “Nos estamos muriendo, no hay comida, no hay medicamentos, cada día que pasa perdemos vidas”.

Maykel, 29 de diciembre de 2012, La Coromoto, Araura, estado Portuguesa. La Portuguesa es conocido como el granero de Venezuela pero muchos niños como Maikel pasan hambre. Pesó 1,440 kg al nacer. Ahora pesa 14,4 kg y mide 1,06 m. Parece tener tres años por su tamaño. Su madre dio a luz con 19 años y Maikel fue prematuro. “Me dice: ‘Mami, tengo hambre. Y no tengo nada que darle. Me parte el corazón”. Maikel sueña con ser astronauta.

Carlos, 31 de marzo de 2013. Barrio José Antonio Monagas. Bolívar. Es el mayor de los cuatro hijos de Yeniré. Los cuatro han estado a punto de morir por desnutrición. Vive en una chabola con suelo de tierra. Su alimentación se basa en mortadela y harina de maíz. Han recibido ayuda de la organización Meals4Hope.

Alexander, 4 de noviembre de 2013, Zulia, el estado petrolero por excelencia. Pesa 16 kg. Vive en un rancho de zinc junto a otros 10 niños y 12 adultos. “¿Cómo lo mando al colegio con hambre?”, dice su tía Katiuska, que le cuida desde que nació. Su madre lo abandonó. En este estado la temperatura es de 38 a 40 grados todo el año. La casa es de zinc y arde todo el día. «La gente en Zulia está desgastada», señala Sheyla Urdaneta, que trabaja para El Pitazo en este estado. Alex, como le llaman en casa, sueña con ser jugador de béisbol para comprar una vivienda a salvo de humedades a su tía. O petrolero en las Águilas del Zulia.

Dayerlin, de Monagas. Mendiga durante el día. Duerme en un espacio de cinco metros de largo por seis de ancho con su madre y siete hermanos. Vive en Las Tijeras de las Cocuizas, en Maturín. Cuando llegó al programa de Cáritas Venezuela pesaba 12 kg. Ha ganado cuatro kg. En Monagas han fallecido 42 lactantes en nueve meses, según Cáritas Venezuela. Es alegre y vital.

Jhender murió de hambre el 7 de abril de 2018 en Caracas, en el mismo hospital donde falleció Hugo Chávez cinco años antes. Como dice Armando Altuve, el reportero que ha contado su historia, “la revolución no salvó a Jhender del hambre”. Su cuadro de desnutrición le llevó a vivir una sepsis, que le causó dolores crónicos de estómago y vómitos. La desnutrición no figura como causa de la muerte. Política de estado.

El premio tiene un sabor agridulce porque afecta a toda una generación de venezolanos para siempre», señala uno de los fundadores de El Pitazo

“Desde la concepción hasta los cinco años, especialmente los primeros 1000 días, cumplidos después de los dos años y medio de vida, se desarrolla el 75 por ciento o más del tejido cerebral y su constitución”, escriben los autores de este trabajo. Todos estos niños son más propensos a padecer enfermedades cardiovasculares o diabetes; también a rendir menos laboralmente o padecer deficiencias intelectuales, es más fácil que caigan en la drogadicción o en la violencia.Por ello, Javier Melero De Luca subraya que el premio “tiene un sabor agridulce porque es un tema muy duro que va a afectar a una generación de venezolanos para siempre”.

Todos en El Pitazo habrían preferido no escribir esta historia. Pero había que contarla y lo han hecho para que todos, en Venezuela y en el mundo entero, sepamos lo que está pasando.