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Sociedad

Abusos sexuales a monjas, el otro escándalo que sacude a la Iglesia

Mujeres religiosas de todo el mundo han decidido poner punto final al voto de silencio y denunciar el machismo, las agresiones sexuales y el abuso de poder vivido en decenas de congregaciones

Machismo, abusos de poder, agresiones sexuales e, incluso, abortos no deseados. Mujeres religiosas de todo el mundo han decidido poner punto final al voto de silencio y evidenciar la última lacra que comienza a extenderse como la pólvora en el seno de la Iglesia católica.

Esta misma semana, el Papa Francisco hacía una declaración pública sin precedentes: el reconocimiento por parte de la Iglesia de que sacerdotes, obispos y curas han abusado y convertido a religiosas de diversos rincones del planeta en víctimas de “esclavitud”, incluso “sexual”.

En marzo, Francisco comenzará su séptimo año de pontificado y todo apunta a que no lo hará exento de polémica. Ahora, aun conviviendo con los últimos coletazos del escándalo de abusos a menores, comienzan a salir a la luz decenas de casos de agresiones sexuales contra monjas.

Pero el problema cuenta con décadas de recorrido, ya que, como denuncian diversas asociaciones de religiosas, se ha tratado de paliar por el camino más sencillo: desacreditando a las víctimas y promoviendo “la cultura del silencio”. De hecho, a principios de los 90 llegaron los primeros reportes al Vaticano sobre abusos sexuales en África, “donde incluso las religiosas resultaban embarazadas y eran obligadas a abortar”, asegura a El Independiente Rocío Figueroa, ex religiosa perteneciente a la comunidad femenina del conservador Movimiento Sodalicio de Vida Cristiana de Perú y víctima de abusos sexuales.

Figueroa tenía solo 15 años cuando el vicario de su congregación, German Doig, abusó sexualmente de ella. No fue un proceso sencillo. “Primero utilizaba la manipulación emocional, me aisló de mi familia y de mis amigos para que creyese que él era la única persona en la que podía confiar” y después “comenzó el acoso, los abusos, los tocamientos continuos”.

Las mujeres nos creíamos menos inteligentes, inferior al hombre. Nuestra actitud debía ser de sumisión”, cuenta una ex religiosa

“Los abusos se alargaron durante meses. Al principio no sabía qué pasaba, pero pronto empecé a sentirme culpable, muy sucia, como si fuese yo la que estaba haciendo algo malo”, un pensamiento que desarrolló fruto del machismo al que estaba sometido la sociedad peruana en la década de los 80 y 90.

Además, durante años “la presión psicológica era brutal, las mujeres nos creíamos todo lo que nos decía Fernando Figari”, el fundador del Sodalicio. Eso suponía “creernos menos inteligentes, inferiores a los hombres. Nuestra actitud debía ser de completa sumisión”, asegura.

Cuando Rocío se rebeló “contra la misoginia y el machismo” fue cuando comenzó la auténtica carrera de obstáculos. Y, ante la “amenaza” que suponía para la congregación, Figari decidió expulsarla por “peligrosa y rebelde” y enviarla a Roma. Una vez allí, la religiosa comenzó a tomar conciencia de lo que le había pasado, y descubrió que ni ella había sido la única víctima ni Doig el único abusador. Su investigación le llevó a descubrir que Figari era también “un depredador sexual”, pero de nada sirvió. Él era una figura venerada y la acusó de “mentirosa y de querer destruir el Sodalicio”, por lo que no solo no la creyeron sino que “toda la comunidad iba en contra mía”.

Pero Rocío no desistió en sus pesquisas. Abandonó la congregación en 2012 y, gracias a un periodista, ayudó a revelar más casos de abusos en el Sodalicio que sí trascendieron a los medios. Se descubrieron hasta 66 víctimas dentro de la comunidad y se juzgó a Figari, cuya sentencia está aún pendiente de juicio. “Solo entonces la Iglesia reaccionó, mientras nosotras, que pasamos años denunciándolo, se nos desacreditó, se nos expulsó y se nos ridiculizó”, sentencia.

Las víctimas alzan la voz

La historia de Rocío es solo una de las centenares que se han atrevido a alzar la voz y denunciar a sacerdotes, obispos y cardenales que han ejercido una agresión sexual o abuso de poder sobre monjas. Un ejercicio que requiere valor, ya que, como señala la entrevistada, “en la Iglesia es difícil ser víctima por la cultura del silencio y de la vergüenza” pero es peor ser “además mujer”.

Desde que llegaron las primeras denuncias hace casi dos décadas, la Iglesia ha conseguido que “la víctima se convierta en verdugo”, donde lo más importante era “defender la imagen de la Iglesia. El pensamiento se centraba en cómo ayudar a los violadores y no en cómo se ayuda a las víctimas”. Sin embargo, esa tendencia está comenzando a cambiar.

El pensamiento en la Iglesia ante estos casos se ha centrado siempre en cómo ayudar a los violadores y no a las víctimas”, denuncian

Las últimas en dar la voz de alarma han sido monjas de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG), una congregación que representa a 500.000 hermanas de todo el mundo. A través de un comunicado hecho público el pasado mes de noviembre, la asociación expresa “su profunda tristeza e indignación por las formas de abuso que prevalecen en la Iglesia y en la sociedad de nuestros días”, al tiempo que condenan “a los que mantienen el secreto a menudo bajo la apariencia de protección de la institución” y animan a “las mujeres valientes” a seguir denunciando situaciones que “merman la dignidad y el desarrollo sano de la víctima”.

Otra de las voces más críticas es la de Lucetta Scaraffi, conocida como la mujer al frente de la resistencia feminista en el Vaticano. Comanda un suplemento de la revista oficial de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, llamada Mujeres, Iglesia, Mundo, donde ha hecho públicas las denuncias anónimas de varias religiosas. “Las mujeres de todo el mundo han comenzado a denunciar. Saben que tienen el derecho de ser respetadas y saben que la condición de las mujeres, también en la Iglesia, debe cambiar”, sostenía en un artículo.

En parte gracias a ellas se ha dado una mayor visibilidad a auténticos escándalos en todos los puntos del globo. Ocurrió en Italia en el año 2000, en la Universidad de Bolonia, donde se descubrieron los continuos abusos e intento de violación de un sacerdote sobre una monja, donde la Iglesia únicamente se disculpó por lo sucedido. Ocurrió en Chesney (Francia), donde Claire Maxinova sufrió diversas agresiones sexuales cuando era Carmelita, un infierno que desveló en el libro La tiranía del silencio. Ocurrió en India, cuando una monja trató de interponer una denuncia contra un obispo por haberla violado hasta 13 veces entre 2014 y 2016 y se encontró con el descrédito de toda la congregación, que la tachó de promiscua; y ocurrió en Chile, con el famoso caso de abusos sexuales contra las religiosas de la congregación de las Hermanas del Buen Samaritano, un caso que comenzó a investigarse en diciembre.

Los casos de abusos que han salido a la luz provienen de países como Italia, Francia, Chile, o la India

Las víctimas que se han atrevido a denunciar se han encontrado, como Rocío, con un auténtico muro de contención. Ahora se ha dado “un gran paso” con el reconocimiento público por parte del Papa Francisco y la celebración de una cumbre sin precedentes entre el 21 y 24 de febrero enfocada a actualizar los protocolos que eviten reproducir el silencio en casos de abusos sexuales en el seno de la Iglesia. La iniciativa está orientada a evitar los abusos de niños, sobre todo en relación a la información de la Corte Suprema de Pensilvania (EEUU), que denunció que más de 300 sacerdotes abusaron de niños en las últimas siete décadas; o la Iglesia católica alemana, que documentó 3.677 casos de abusos a niños entre 1946 y 2014.

Toca esperar y ver si el Papa Francisco presentará finalmente unas líneas de acción “reales” que impidan que “vuelva a tratarse como pecado lo que debería haberse tratado siempre como un crimen”.

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