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Los vicios de siempre conducen al fracaso de la España de Luis Enrique

El seleccionador de España Luis Enrique anima a sus jugadores tras caer eliminados con Marruecos

El seleccionador de España Luis Enrique anima a sus jugadores tras caer eliminados con Marruecos EFE

No va más. El sueño de España en Qatar acabó antes de lo esperado con una dolorosísima derrota en penaltis con Marruecos. La selección entrenada por Luis Enrique acusó la falta de alternativas, fue muy predecible y cayó en la trampa africana que conducía a una suerte en la que España ha muerto en sus últimas tres grandes citas (Mundial 2022, Eurocopa 2020 y Mundial 2018). Casi un 80% de posesión no fue suficiente para batir a Marruecos, igual que no bastó hace un año para llegar a final de la Eurocopa ni hace cuatro para eliminar a Rusia en octavos de final. El fracaso mundialista de Qatar se cocinó durante todo el partido, en el que España tuvo la pelota pero no mostró colmillo, no mordió y dejó que Marruecos llegara con más fe a los 11 metros de desempate.

El efecto del limpiaparabrisas permite a los conductores encontrar algo de lucidez en mitad de una tormenta, lo contrario que le sucede a los equipos de fútbol cuando imitan ese movimiento con el balón. De lado a lado del campo, igual que de un extremo a otro de la luna de un vehículo, el esférico traslada a los protagonistas de banda a banda como si fueran agua evacuada, pero no los elimina. Cuando la nube táctica del rival se cierne sobre España, nada invita a que ese ritmo casi cíclico se rompa y las gotas, los jugadores de Marruecos, han seguido ahí para evitar dar con la tan ansiada profundidad.

Ilusión y decepción. Estas son las dos palabras que más definen el papel de España en el Mundial. Ilusión por un grupo que, liderado por Luis Enrique, se ganó el derecho a creer en ellos después de una gran Eurocopa y un debut que impactó al mundo; y decepción, porque la forma de morder el polvo ante Marruecos ha recordado a una Selección que ya parecía olvidada. Ahora los motivos de la derrota podían ser muchos, se acepta que el adversario fuera mejor, pero se antojaba más que complicado pensar que los chicos de Lucho cayeran por pavor y por falta de decisión, como ha sucedido en Qatar.

La diferencia de ánimo entre españoles y marroquíes se hizo evidente desde el inicio hasta el final. Los ‘Leones del Atlas’ eran agresivos, rascaban los tobillos de los nuestros y mostraban viveza, mientras que en el combinado español muy pocos escenificaban ese hambre, por no decir que el único que lo hizo fue Gavi. El adolescente de 18 años sí que transmitió esa furia a los españoles que por más que hubiera una pantalla por medio y más de 5.000 kilómetros vibraban con la Selección.

Los de Luis Enrique sabían que eran mejores que Marruecos y por eso confiaban en su plan. «Si metemos el primero está hecho» es una de las frases que se gritan en un vestuario antes de un partido cuando se es superior. La sensación es que los españoles la tenían grabada a fuego, al igual que otra típica, «cuidado que no se adelanten». Este miedo a un gol en contra y a una eliminatoria cuesta arriba condenó a Luis Enrique y a sus muchachos, que no se lanzaron a por el tanto y quisieron guardar la ropa durante 120 minutos eternos que ya han pasado a los capítulos de desgracias de España en la historia de los Mundiales.

La esterilidad de las posesiones y la incapacidad para responder cuando las cosas no están de cara pesan mucho a esta España, cuyo máximo artífice, para lo bueno y para lo malo, es Luis Enrique. Encumbrado por unos y vilipendiado por otros, el técnico asturiano consoló a sus chicos después de disipar en los penaltis las esperanzas de un pase a cuartos que tendrá que esperar al menos otros cuatro años. Veremos si para entonces sigue Luis Enrique, que ha lamentado así la derrota; «No ha podido ser, lo hemos intentado pero no ha sido suficiente. Sentimos no haberos dado una alegría… así es el fútbol y la vida… a levantarse»; y veremos si para entonces la Selección Española ha cambiado de vicios o los ha reconducido, y a ese maravilloso toque de balón ha añadido la malicia, el funambulismo y la contundencia que diferencia a los buenos equipos de los campeones.

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