Grassy es sinónimo de lujo, de refinamiento, de exclusividad… pero también de Madrid y de su historia. Este negocio familiar mira su pasado para afrontar el futuro, un porvenir bien asegurado gracias a la tercera generación, de la que Patricia Reznak es representante, y cuyas joyas han convertido a la empresa en referente de diseño vanguardista y único en la capital.

Hablar de Grassy supone profundizar en sus raíces, cuando Alexandre Grassy, nacido en Constantina (Argelia), de origen italiano y nacionalidad francesa, llega a España en los primeros años 20 del siglo pasado. Iba camino de América (su hermano residía en Brasil y se dedicaba al comercio de piedras preciosas) y solo pensaba hacer escala en nuestro país pero, un joyero portugués que conoció en el trayecto, le hizo ver que su América estaba aquí. Su primera tienda-taller estuvo en la calle Infantas, especializándose en relojes, tema que le gustaba bastante. El éxito fue tal que, en 1923, abrió en Gran Vía 29 su segundo establecimiento al que bautizó como Unión Relojera Suiza. Su intención era dar a conocer marcas tan exclusivas como Vacheron Constantin, Jaeger Le Coultre o Audemars Piguet. Su importancia fue en aumento y, en 1953 se instaló en el emblemático y centenario edificio de Gran Vía 1 construido por el arquitecto Eladio Laredo.

En 1959 se incorpora a la casa el yerno de Alexandre, Jirka Reznak que, en un principio no sabía nada del oficio pero siguió los consejos de su suegro:  “Esta profesión no te la enseña nadie sino que tienes que robarla, aprenderla poco a poco a base de mirar, investigar, experimentar…”. Con él, Grassy entra en una etapa de expansión y desarrollo. Incluye nuevas firmas de relojes como Piaget, Baume & Mercier y Rolex. Se da un gran empuje al mundo de las antigüedades, y se realizan para la ciudad algunos relojes significativos como el primer reloj parlante que daba la hora por teléfono o el del edificio Telefónica.

Pero es en esta etapa cuando la joyería empieza a adquirir peso en la casa Grassy. Se comienza a realizar una línea caracterizada por el uso de piedras duras talladas (jades, corales, lapislázuli, turquesas o malaquitas) mezcladas con oro, perlas y brillantes. Una combinación poco común que proporcionó identidad a las joyas Grassy junto con Les Rocailles, una colección emblemática que continúan editando hoy en día.

La anfitriona Patricia Reznac con sus pendientes 'Venezia' y su sortija 'Caballito de mar'.

La anfitriona Patricia Reznac con sus pendientes ‘Venezia’ y su sortija ‘Caballito de mar’.

En la década de los 80 entra en el equipo Yann Reznak, que sintió la misma pasión que su abuelo Alexandre, por la maquinaria de los relojes. Pero fue a partir de 2005, año en el que entra en escena su hermana Patricia Reznak como directora creativa, cuando la joyería de Grassy  adquiere otra dimensión. Sus piezas luminosas, elegantes y originales atraen las miradas de todos los que pasan delante de la boutique madrileña. “Yo me incorporo a Grassy para potenciar las joyas porque la casa siempre ha sido muy relojera –recuerda Patricia-. Mi padre se ocupó mucho de la joyería pero digamos que la joyería es mucho más delicada, especial, personal. Vender un reloj es un arte pero estás vendiendo algo que ha fabricado una marca, mientras que tu propia joyería es la idea que das tú de tu casa”.

Sus primeras piezas fueron el anillo Vidriera (2005), que introduce una cruz asimétrica dentro de un óvalo. O el anillo Chevalièr (2007), este último la versión en color del anillo que su abuela llevaba en el dedo meñique, o la pulsera Kelly (2007), inspirada en una que lucía la actriz Grace Kelly en la película La ventana indiscreta. Después llegarían el collar Caramelo (2007-2015) basado en la gama cromática de unas deportivas Puma; el Sesenta (2013), realizado en conmemoración del 60 aniversario de la sede en Gran Vía 1, o los Tricolor (2015), unos pendientes formados por piedras de tres colores sobre un engarce de plata envejecida. Sus anillos más emblemáticos son el Cesta (2010), que traduce los principios de la cestería tradicional en joyería, y el Caballito de mar (2016), su última creación, una sortija con el símbolo de la casa Grassy que proviene de un modelo de cera tallada a mano por la propia Patricia, un trabajo que le ha dado muchas satisfacciones. “El proceso de una joya tiene muchos episodios –comenta la diseñadora mientras gira el anillo en su dedo, un juego que realiza de modo inconsciente-. El desarrollo es apasionante y, para que quede bien, hay que seguirlo de cerca. Quizás, lo que más me gusta es el momento de la maquinación, ya sea en mi cabeza o en mis manos, pero es ese instante de empezar algo lo que más me gusta”.

Para celebrar sus 11 años en Grassy, Patricia ha publicado un libro donde recoge los testimonios de muchos de los clientes que han adquirido alguna de sus joyas. Desde el momento de comprarlas hasta su relación en casa con ella.  “La experiencia ha sido enriquecedora porque es muy bonito oír a hablar a tus compradores de la relación que tienen con una joya que has diseñado tú -asegura Patricia-. Para mí es importante que me cuenten qué hacen con ella, dónde la guardan… Me parece que es una forma de entrar en la vida de las personas y eso me parece precioso y profundo”.

De las piezas de Patricia los usuarios alaban su funcionalidad, sus formas, su belleza, su eficacia pero, sobre todo, se sienten orgullosos porque les representa e, incluso les levanta el ánimo o les inyecta una dosis importante de autoestima en un momento de bajón. Las joyas tienen un efecto psicológico absoluto. “Hay gente tan sensible a ellas que, cuando entra a la tienda se les eriza el vello –dice Patricia-. Una amiga mía, que es muy sensible a las piedras, está convencida de que son las joyas las que eligen a las personas. Una vez le puse en la mano una hermosa rubelita con la que pensaba hacer un anillo. La cogió en su puño y me dijo: ‘ésta la tienes que poner aquí’, mientras se la colocaba en el cuello. Y, por supuesto, hice con ella un collar. Aunque es muy misterioso y no somos conscientes de ello, yo creo que son las joyas las que nos eligen. Sobre todo, las piedras, que son muy mágicas y poderosas”.

En Grassy recomiendan darle tiempo a la alhaja, para que el anillo o la pulsera recién adquirida o recibida, se haga con su nueva dueño y no al revés. La ponibilidad es otro de los aspectos que preocupa a la gente a la hora de lucir una joya. Collares grandes estilo años 80 o cadenas finas con algún curioso dije, pendientes pequeños o largos; anillos talla XXL o una fina línea de metal… “Para mí no hay modas –asegura-. Aparte de mero accesorio, para mí la joya tiene otro valor, más sentimental o simbólico”. Eso sí, ahora hablan un lenguaje mucho más doméstico. “La gente se atreve ahora a ponérselas mucho más. Yo soy una auténtica defensora de su uso en cualquier momento. Cuando hice la pulsera Elena mi padre me dijo ‘parece de mentira’ y yo le contesté ‘pues precisamente por eso la he hecho así, que parezca que es de mentira’. Es tan alegre, que lo mismo te la puedes poner con un pareo o con un vestido pero luego, nadie tiene porqué saber que es una buena pieza fabricada en oro y cuarzo”.

Y es ahí donde radica el éxito de Grassy, en que no sigue las modas. “Independientemente de que ahora es todo muy parecido, lo que sí hay es creatividad. Hay mucha gente haciendo joyería. Jóvenes que se han puesto a diseñar o no ten jóvenes que venían de otras disciplinas y han sacado una colección. Vivimos un movimiento creativo muy interesante”. A Patricia, lo que más le apetecería es hacer una serie  que se pudieran coser a la ropa. Aunque, hasta que materialice sus ideas, aquí van sus consejos a la hora de qué pedir en una buena alhaja: “Primero, la portabilidad y la ligereza, sobre todo en pendientes o en collares. Tiene que adaptarse bien al cuerpo porque la joya tiene que hablar sobre él y, después, la belleza, el diseño, cómo las piedras atrapan la luz, cómo brilla, cómo adorna”. Pero, sobre todo, qué dicen de nosotros y eso, sólo lo hace una joya con carácter.

  • Grassy. Gran Vía, 1. Madrid.
  • En la planta inferior del establecimiento se encuentra el Museo de Relojes Antiguos que atesora modelos en pleno funcionamiento o en condiciones de funcionar, desde el siglo XVI, con mecanismos de hierro, hasta los relojes estilo Imperio del siglo XIX. las visitas se realizan previa petición de hora en el teléfono 91 532 10 07.