Inglaterra se estremeció cuando el 30 de diciembre de 1936 el rey Eduardo VIII confirmaba en la radio que abandonaba el trono. «No puedo cumplir con mis deberes como rey como querría hacerlo sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo», sentenció. Lo dejaba todo y lo hacía por Wallis Simpson, una estadounidense que cargaba con dos matrimonios fracasados y que había enamorado al monarca inglés hasta insensibilizarlo contra la erótica del poder. Cumplía así con la premonición de su padre de que no aguantaría ni 12 meses en el trono.

No es que Simpson quisiera vivir alejada de Buckingham, pero el primer ministro de la época, Stanley Baldwin, no le dejó otra opción. Para ellos, ese matrimonio era política y moralmente inaceptable y tocaría de muerte al país, en un momento en el que el Imperio no contaba con la fuerza de costumbre. Su historia de amor acaparó más portadas que su ascenso al trono, nunca llegó a coronarse y se convirtió en el protagonista indiscutible de la prensa rosa.

Tenían entre manos el futuro de una Europa que ardía en desacuerdos ideológicos

Pero aquel ex rey, el único en Inglaterra que abdicó sin amenazas de muerte de por medio, y su futura mujer, tenían entre manos el futuro de una Europa que ardía en desacuerdos ideológicos. Fue quizá la convicción política de ella un desencanto mayor para los lores que sus anteriores romances. La celebrity americana fue investigada durante su corto noviazgo con el todavía rey, y los servicios secretos encontraron fuertes lazos afectivos entre ella y grandes nombres de los regímenes fascista y nazi de Italia y Alemania.

Los informes destacaban la amistad de Wallis Simpson con Galeazzo Ciano, ministro de Relaciones Exteriores de Mussolini. Los rumores iban más allá y aseguraban que ella se había quedado embarazada de Ciano y se había sometido a un aborto. También se le relacionó con ministros nazis, como amiga y como amante, aunque a día de hoy lo segundo sigue siendo un simple rumor.

Viaje a Alemania en compañía de Hitler

Las sospechas sobre su ideología nazi se hicieron más fuertes cuando la pareja decidió casarse en la casa de Charles Bedaux, considerado un espía de Hitler y que apostaba por su gobierno. Al poco de casarse y sin tener en cuenta las miradas constantes sobre ellos, se fueron de viaje a Alemania, donde fueron recibidos por el führer y no se abstuvieron de hacer el saludo nazi ante las cámaras de la prensa internacional.

Eduardo VIII y Wallis Simpson el día de su boda.

Pero lo que verdaderamente preocupó al servicio de inteligencia británico fue un viaje que los ya entonces duques de Windsor, título que les había dado el rey Jorge para mantenerlos alejados del gobierno, hicieron a Madrid. Se alojaron en el Ritz, en vez de aceptar quedarse en la embajada británica como exigía el protocolo, y el miedo llegó al cuerpo de Churchill. Su estancia en un país considerado pronazi (era 1940) puso en marcha toda la maquinaria. El periodista Javier Juárez ha investigado hasta la saciedad sobre el tema, del que se realizaron multitud de informes que aún siguen ocultos, y ha publicado su trabajo en Conspiración en Madrid, un libro que recoge una de las etapas menos contadas de los duques y que ha ido recogiendo información de las distintas publicaciones sobre los duques. «Uno de los libros de Michael Bloch, que fue el abogado de Wallis, confirma la historia y ha sido parte de mi documentación junto con La guerra secreta de Franco de Manuel Ros Agudo», afirma Juárez.

Todos llevaban a los mismos nombres y sobre todo a uno. «Desde el Ministerio de Interior, los cálculos de Ramón Serrano Suñer completaban que la presencia de los Duques era una ocasión para encumbrar a España a la condición de mediadora entre las potencias en guerra», asegura Juárez en las páginas de su libro. La mano derecha de Franco pretendía actuar de mediador entre el gobierno alemán y el ex monarca. Sabían que Hitler ya había diseñado un plan para conseguir el apego de Eduardo.

Se llamó Operación Willy y su intención era que, gracias al duque de Windsor, Alemania y Reino Unido firmasen la paz, lo que devolvería a Eduardo al trono como recompensa. «Se trataba de una conspiración que se urdió para intentar seducirle. Esta era la primera fase; la segunda, si ésta no funcionaba, era secuestrarle», asegura Juárez, que durante sus decenas de investigaciones sobre la II Guerra Mundial se encontró con esta historia en multitud de ocasiones. «Con Francia derrotada y en paz con el Reino Unido, Alemania hubiera acometido sin problemas su gran objetivo estratégico: el frente oriental y la derrota soviética», añade.

El servicio secreto les sometió a una investigación y a una vigilancia exhaustiva»

Durante los días que pasaron en Madrid -junio de 1940-, la habitación de su hotel se llenó de grandes personajes del régimen franquista. «El servicio secreto les sometió a una investigación y a una vigilancia exhaustiva. Churchill, que representaba el anti nazismo, estaba tremendamente alarmado. Berlín había movilizado a su embajador en Madrid, Eberhard Von Stohrer, para que iniciara un contacto estrecho con los duques», añade. Cualquier tipo de comunicación debería hacerse con la mediación debía ser realizada a través del Gobierno español. Serrano Suñer, con Miguel Primo de Rivera y Ángel Alcázar de Velasco, jugaron un papel muy importante en esta conspiración.

«Churchill y su equipo eran conscientes de que la presencia en territorio español de los duques de Windsor exponía al Imperio británico a una peligrosa vulnerabilidad», afirma el autor de Conspiración en Madrid (Doña Tecla). Su actitud durante esos días fue la de no negar ni afirmar nada en ninguna de las reuniones que mantenía, pero la falta de un no por su parte dio alas a las expectativas del fürher. Además, esto se juntaba con su crítica constante a las políticas británicas. «A Eduardo lo que le daba mucho miedo era el comunismo y consideraba que gobiernos como el de Hitler podían paralizar su entrada en Europa».

Portada de 'Conspiración en Madrid'. Eduardo VII y Wallis Simpson.

Imagen de la portada del libro.

Tras varias llamadas de atención por parte de la monarquía inglesa y del gobierno, los duques de Windsor abandonaron España en dirección a Portugal. Su estancia en este país, hermanado con Gran Bretaña, suponía un alivio para Churchill, que, sabiendo de las intenciones de Hitler, no tardó en nombrar al ex monarca gobernador en las Bahamas para acabar con la incertidumbre. Ni a Eduardo ni a Wallis les pareció correcto el nombramiento: eran conscientes de que la intención era alejarles aún más del poder.

«Aunque la información sigue estando clasificada por el gobierno británico, no fue hasta que Eduardo y Wallis estuvieron en Bahamas cuando los alemanes atacaron Inglaterra, y esto no es casualidad. Hitler ya había perdido todas las esperanzas en su Operación Willy y empezó a bombardear», asegura Juárez.

La madre de Eduardo no entendía cómo podía haber renunciado a todo por ella»

A partir de ahí, la importancia de los duques de Windsor disminuyó considerablemente. Incluso el rey Jorge vio disminuidos sus temores y, tras su muerte, la actual Reina Isabel les trató mejor que el anterior monarca. «La madre de Eduardo no aguantaba a Wallis y lo hizo ver, su relación era muy mala. No entendía cómo él podía haber renunciado a todo por ella». La intolerancia era mutua, y Wallis nunca les perdonó sus rechazos. Se rumorea que llegó a decir que odiaba ese país y que ojalá perdiese la guerra.

Al final de sus vidas, su repercusión era un tema meramente social. Eduardo murió a los 77 años, en 1972, y pese a las sospechas de su mujer de que no le dejarían enterrarle en el panteón real, la Reina Isabel aceptó que su cuerpo descansara en la capilla de San Jorge, y permitió que Wallis se alojase durante los funerales en el Palacio de Buckingham. La duquesa de Windsor pasó sus últimos días en su casa de París, donde murió rodeada de enfermeras y un médico el 24 de abril de 1986. Ahora, se encuentra enterrada junto a su marido Eduardo.

Aunque el Rey traidor, como lo llamaron, había sido un personaje comprometido para la corona y el gobierno, el pueblo británico siempre le aclamó. «Se había inmiscuido, durante su corto reinado, en algún que otro problema social y eso le dio una buena imagen ante las clases bajas. Además, dejarlo todo, supuestamente, por amor, también le benefició».