El próximo 7 de noviembre (25 de octubre, según el calendario juliano que imperaba entonces en Rusia) se cumplirán 100 años de la Revolución bolchevique. A lo largo de este siglo, este evento, que condicionaría el resto del siglo XX -que ha sido denominado como «el siglo soviético»- ha alumbrado una ingente cantidad de literatura. Y sin embargo, aún queda mucho por contar.

Al menos eso es lo que defiende el profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Francisco Veiga, que, junto a Pablo Martín y Juan Sánchez Monroe, ha publicado recientemente el libro Entre dos octubres. Revoluciones y contrarrevoluciones en Rusia (1905-1917) y guerra civil en Eurasia (Alianza Editorial, 2017). En esta obra, trata de alejarse de los vicios que han caracterizado a buena parte de la historiografía sobre este fenómeno. Para ello, recurre «a las fuentes bibliográficas clásicas», para ofrecer «un relato meramente historiográfico», que ofrezca una nueva aproximación a unos sucesos fundamentales para entender la historia más reciente

Pregunta.- Usted habla en su libro de la necesidad de repensar la historia de la Revolución rusa. ¿A qué se refiere?

Respuesta.- La Revolución rusa, entendiendo como tal un proceso que arranca de febrero de 1917 es, posiblemente, la revolución más compleja de la Historia. Durante muchos años se nos ha explicado como un fenómeno que acaece en los límites de la ciudad de Petrogrado (hoy San Petersburgo) y en la cabeza de un reducido número de líderes políticos. Sin embargo, sus efectos se extendieron a todo el inmenso territorio del antiguo Imperio ruso, lo cual conecta a Polonia con China y a los países bálticos con Turquía. Además, la Revolución de octubre tenía una vocación internacionalista, y se hicieron esfuerzos para extenderla a otros continentes. Por otra parte, hay un problema cronológico no resuelto, porque la Revolución de 1905 es la antesala de la del 1917; y conecta con toda una serie de fenómenos similares que la preceden, como la revolución de los jóvenes turcos, la revolución mexicana o la caída del Imperio chino. Y también es difícil resolver cuando termina la revolución que comienza en octubre de 1917. ¿Con la muerte de Lenin?¿Con la de Stalin?

P.- ¿Cómo valoraría la trascendencia de la Revolución Rusa como fenómeno histórico que establece una ruptura y condiciona toda la historia posterior? ¿Hasta qué punto la sociedad actual es deudora o está influida por ese hecho de hace ahora un siglo?

R.- Un fenómeno de la trascendencia de la Revolución Rusa, que alumbró al Estado soviético, por fuerza tenía que marcar el resto del siglo XX, hasta su hundimiento, en 1991 e incluso después. Y no sólo en un plano ideológico, sino porque la URSS se convirtió en una superpotencia, y sus acciones influyeron en todo el orbe a partir de 1945. Una vez desaparecida la Unión Soviética, Rusia sigue siendo el mayor Estado del mundo y ha vuelto a erigirse en superpotencia. Pero hay algo más: durante muchos años la Revolución de octubre ha sido para muchos estrategas de la izquierda radical el gran modelo  de revolución a seguir, la “revolución científica”, modulada con las acaecidas en China o Cuba, posteriormente.

P.- ¿Por qué resulta aún tan difícil un acercamiento desapasionado a estos hechos? Como usted señala, desde diversos ámbitos, e incluso desde la historiografía han sido frecuentes aproximaciones a la Revolución Rusa que la muestran o bien como una “epopeya liberadora” o como una “triste tragedia”. ¿Desde su punto de vista alguna de estas visiones se aproxima más a la realidad?

R.- Como reza el célebre poema de Campoamor, “nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. El enfoque de la Revolución rusa depende de las escuelas historiográficas que han abordado su estudio. Para el materialismo histórico era producto de unos mecanismos que la hacían inevitable. Para liberales, posmodernos y conservadores, fue una tragedia, posiblemente evitable. Y no olvide la aportación de lo que podríamos denominar escuela rusa actual, para la cual la Revolución forma parte del destino de Rusia, pues el régimen soviético no hizo sino mantener la civilización eurasiática, extinto el impulso histórico del zarismo.

P.- ¿Qué fenómeno cree que condena definitivamente al zarismo? ¿Hubo opciones a inicios del siglo XX de que el zarismo evolucionara a un régimen democrático que pudiera perdurar?

R.- El peor enemigo del zarismo fue él mismo, sobre todo personificado en la figura de Nicolás II que fue un inmovilista pertinaz. Tras la Revolución de 1905, que introdujo un primer esbozo de monarquía parlamentaria, con la institución de la Duma o Parlamento, el zar podría haber salvado el trono, al menos hasta el final de su reinado, dado que la enfermedad del zarévich suponía un problema en la sucesión. Además, a partir de 1906 el Imperio fue gobernado por un enérgico reforzador, el primer ministro Piotr Stolypin. Pero Nicolás torpedeó todo lo que pudo el nuevo sistema. El otro problema que tuvo el zarismo fue el nacionalismo ruso, puesto que su concepción del Estado socavaba la esencia del mito imperial que Nicolás deseaba conservar a toda costa: ser emperador de todos los pueblos del Imperio. Aún así, el zar terminó yendo de la mano de los paneslavos y metiendo a Rusia en la Primera Guerra Mundial, la contienda más destructiva que había vivido hasta entonces la Humanidad y para la cual Rusia no estaba preparada.

El peor enemigo del zarismo fue él mismo, sobre todo Nicolás II, que fue un inmovilista pertinaz

P.- También describe en su libro la caída del régimen liberal de febrero como un “jaque mate inevitable”. ¿La caída del Gobierno de Kerenski fue fruto de sus errores o nunca tuvo los elementos necesarios para afianzarse?

R.- Los sucesivos gobiernos provisionales rusos estuvieron presos de un dilema muy difícil de solucionar: seguir o no seguir combatiendo junto a las fuerzas de la Entente en el conflicto más mortífero vivido por la humanidad hasta ese momento: la Primera Guerra Mundial. Una parte importante del Ejército ruso no quería morir en las trincheras ahora que había estallado la revolución y parecía dibujarse un futuro mucho mejor. Pero, por otra parte, sólo se podía salir de la guerra negociando un armisticio con los alemanes, lo que podría tener costes muy elevados si al final la guerra la ganaba la Entente. Sobre todo, tras la entrada en guerra de los americanos, al cabo de un mes de estallar la revolución en Rusia. Piense que Rusia recibía importantes empréstitos de los aliados para continuar en la guerra e ingentes cantidades de armamento. A cambio, debía coordinar su esfuerzo de guerra con las ofensivas que se organizaban en el frente occidental. Ese dilema más la incapacidad de afianzar el nuevo régimen republicano en todo el territorio de Rusia –el Estado más grande del mundo, entonces y ahora-, debido a las tensiones entre partidos, hizo que el desgaste de los gobiernos provisionales resultara inevitable. El intento de Kerenski de organizar alguna forma de gobierno autoritario, selló el destino del “régimen de febrero”. Simplemente, quedó a merced de aquellos que estuvieran en disposición de darle la puntilla.

P.- ¿Hubiese sido posible la Revolución de Octubre sin Lenin?

R.- Según Vladimir Putin, por ejemplo, sí hubiera sido posible e incluso deseable. Eso afirman también algunos historiadores de las corrientes liberal y conservadora. Pero la historia contrafactual no tiene mayor valor, aparte del lúdico. Lo que sucedió, sucedió, no hay vuelta de hoja; y eso es lo que hemos de analizar los historiadores. Nos hemos de quedar con que Lenin fue el impulsor de la Revolución de octubre, en contra de una parte de los bolcheviques, que deseaban llegar al poder a partir de un gobierno de concentración.

P.- ¿Cómo pudo afianzarse un régimen que tuvo que enfrentar desde su nacimiento tantos enemigos internos y externos?

R.- Los bolcheviques tenían muy claros sus objetivos, a diferencia de sus adversarios, que no lograron formar un frente unido. Además, poseían un sentido muy estricto de la organización. Y, por último, estaban contra la espada y la pared. Y nunca hay que menospreciar a un enemigo que combate en tales circunstancias, aunque pueda parecer débil.

P.- Cuando se habla de los “pecados” de la Unión Soviética, en buena parte, se suelen achacar a personajes concretos, siendo Stalin el más denostado. ¿Diría que los males del régimen soviético fueron más producto de sus líderes o más intrínsecos al propio sistema?

R.- No creo que pueda afirmarse que el “sistema” hubiera podido funcionar sin unos líderes. Máxime teniendo en cuenta que los bolcheviques que ejercieron como dirigentes u hombres clave eran muy pocos, unos setenta en total, un número muy exiguo para gobernar un territorio inmenso como en el de la futura URSS, inmerso además en una guerra civil de todos contra todos durante más de tres años, a la vez que se construía un nuevo Estado. Como en todas las revoluciones, sus líderes tuvieron que tomar decisiones muy duras. Esta afirmación no pretende exonerarles de culpas, pero sí ayudar a entender que esos líderes no siempre tuvieron muchas opciones, aparte de dimitir o escapar, claro está. De otra parte, el nuevo sistema nació con una serie de contradicciones que con el tiempo devendrían el germen de su propia destrucción. Uno de ellos, que abordamos en el libro, es la incapacidad de conseguir una síntesis entre marxismo e islam, cosa que por entonces no parecía tener tanta importancia, pero al final fue uno de los clavos del ataúd de la URSS, por su fracaso en Afganistán. Pero hubo otros problemas, como el fracaso en internacionalizar la Revolución, objetivo primordial de los bolcheviques.

Como en todas las revoluciones, los líderes bolcheviques tuvieron que tomar decisiones muy duras

P.- Como usted señala en el libro, por momentos, en la década de los 70, llegó a pensarse que la URSS podría salir vencedora de su pulso con el mundo occidental capitalista ¿Fue realmente posible esa victoria o ya entonces el régimen estaba condenado a su colapso final?

R.- Una vez más hemos de ceñirnos a los hechos: la victoria no fue posible dado que no tuvo lugar. Lo que ocurrió por entonces es que Occidente estaba atravesando una mala racha: la década de los setenta estuvo marcada por los dos choques petrolíferos y por dudas sobre la viabilidad del sistema capitalista. Mientras tanto, se vivía el periodo de la distensión o détente entre los dos bloques y el soviético parecía haber alcanzado un agrado aceptable de estabilidad, mientras que movimientos revolucionarios se extendían por África y América Central. Al final resultó que el bloque soviético no había quedado a salvo de la crisis económica y las tornas comenzaron a cambiar a partir de 1979. Pero eso es ya otra historia.