// TODO: Revisar qué hace the_post_thumbnail_creditos Un judío ortodoxo en el Muro de las Lamentaciones

Un judío ortodoxo en el Muro de las Lamentaciones Florian Prischl | Flickr

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Israel, cien años de la tierra prometida

Han pasado cien años desde la declaración de Belfour. Un documento de pocas líneas en las que el Reino Unido se declaraba favorable a la creación de un “hogar nacional” para el pueblo judío. Habían pasado casi 2000 años desde la destrucción del Templo por el emperador romano Tito, en el 76 d.C. Veinte siglos de diáspora en los que los hebreos habían sufrido persecuciones y hostigamiento en toda Europa. Ahora podían volver a Eretz Israel, la tierra prometida de la Biblia.

Ahí seguían viviendo muchos judíos, pero se habían convertido en una minoría entre la población árabe. El holocausto y la Segunda Guerra Mundial convencieron al mundo, no sin muchas reticencias, a reconocer las razones del nacimiento del Estado de Israel. Sin embargo para los palestinos fue el principio de la nakba, la catástrofe: el principio de una larga batalla para ver reconocidos sus derechos en la tierra donde habían vivido durante siglos.

El lugar más sagrado de Jerusalén

A la entrada del Monte del Templo, en el corazón de Jerusalén, hay un cartel al que casi nadie hace caso. “En observancia de la Torá, está prohibida a toda persona la entrada debido a su santidad”. El Gran Rabinato decretó la interdicción en julio de 1967, justo después de la Guerra de los Seis días, cuando Israel se anexionó Jerusalén.

Solo los sacerdotes, según la Biblia, podían entrar en el recinto donde se conservaba el Arca de la Alianza. Después de la destrucción del Templo, en el 76 d.C., se perdió la ubicación del recinto. Sobre las ruinas, en el año 687 d.C., el califa Abd al-Malik construyó la Cúpula de la Roca, el tercer lugar más sagrado en el Islam. El recinto del Arca podría estar en cualquier lugar de lo que hoy se conoce como la Explanada de las Mezquitas. Pisar este terreno sagrado supondría, para los fieles, una grave ofensa.

El Monte del Templo es lugar sagrado para judíos y musulmanes

Cada año más de doscientos mil turistas y fieles de otras religiones pasan por la Puerta de los Magrebíes, el único acceso a la Explanada para los no musulmanes. Los judíos pueden hacerlo solo por grupos y escoltados por la policía. A menudo los responsables del Waqf, el custodio jordano del Noble Santuario, graban las visitas para controlar que se respete otra prohibición vigente aquí: ningún fiel de otra religión puede rezar en el sitio donde el profeta Mahoma abandonó la tierra para subir al cielo.

El origen de todos los conflictos

En este lugar la chispa está siempre a punto de convertirse en incendio. Este pasado veranos dos palestinos introdujeron armas en el santuario y mataron a dos policías, provocando días de violentos enfrentamientos por la decisión de Israel de instalar detectores de metales. En 2001 la visita del entonces premier israelí Ariel Sharon desató la segunda intifada (2001-2005).

En 2017 un número récord de judíos ha visitado el Monte del Templo

A lo largo de los años el número de judíos que ha visitado el Monte del Templo ha sido residual. En 2014 sumaban apenas el 0,3% de los visitantes, unos diez mil, según fuentes del Ministerio de Exteriores de Israel. Sin embargo el 2017 ha visto multiplicarse la afluencia: en los primeros seis meses de este año, a pesar de las tensiones, se contaron hasta 17 mil presencias. En julio hubo tres mil visitas más, mil de ellas en un solo día, el Tisha b’Av, la principal fiesta judía del ayuno.

Para las corrientes religiosas más aperturistas, es una manera para expresar la cercanía con el símbolo más importante no sólo del judaísmo como religión, sino del pueblo judío y de su diáspora. Para los extremistas de extrema derecha es solo el primer paso antes de abatir las mezquitas y reconstruir el tercer templo.

En búsqueda de una vida mejor

Estas muestras de orgullo nacional chocan con un dato que preocupa al gobierno de Benjamín Netanyahu. 2016 es también el año en que más ciudadanos Israelíes han dejado su país para empezar una nueva vida en el extranjero. Más de 16 mil personas, la mayoría de ellos menores de treinta años. Apenas 8.500 personas han decidido volver.

La inmigración de Asia ha sustituido la mano de obra palestina

“El problema de la inmigración ha sido uno de los mayores temas de discusión en Israel desde su nacimiento”. Ayelet Tsabari es una joven escritora israelí de origen yemení. En el centro de sus relatos está la vida de los inmigrantes. Su libro “The best place on Earth” ha causado revuelo por contar tanto la vivencia de los migrantes asiáticos que han sustituido la mano de obra palestina, como las aspiraciones de la segunda generación de migrantes israelíes, que se van en busca de un país que les proporciones más oportunidades.

Desde su nacimiento, en 1947, Israel decretó la Ley del Retorno, que garantiza el derecho a inmigrar a todos los descendientes del pueblo judío en la diáspora, la Aliyah. Así el país pasó del millón y medio de personas a principio de los años 50 hasta los 8 millones y medio actuales, contando también los árabe-israelíes y las otras minorías con ciudadanía israelí. En términos netos supera ya a la población palestina, que a pesar de una mayor tasa de natalidad, no llega a los siete millones de personas.

Las razones de la emigración

Para Tsabari son muchas las razones que empujan a los jóvenes a irse. Primero el alto coste de la vida y los bajos salarios. Luego está la corrupción política, que ha llegado a salpicar también al mismo primer ministro Netanyahu. El permanente estado de guerra debido al interminable conflicto palestino-israelí, con sus tres años de servicio militar obligatorio. “Israel puede ser un país duro”, afirma Tsabari, que decidió marcharse a Canadá hace ya 19 años. “Fue por amor – dice -, la relación no duró, pero me quedé”.

Israel puede ser un país duro donde vivir

En 2014, un investigador francés, Arthur Pacalet, publicó un estudio demoledor que enfadó a Netanyahu. Lo llamó “Israel, tierra de éxodo”. Muchos jóvenes, el 40% según el ensayo, preferían buscarse la vida sea como fuere en el exterior, sobretodo en Berlín, porque ven frustradas sus expectativas por parte una sociedad que les demanda más de lo que ofrece a cambio. El fenómeno llegó a llamarse la Aliyah en Berlín, el retorno en Berlín. “Incluso Tel Aviv, la moderna y dinámica metrópolis israelí, es una burbuja, un kibbutz gigante”, escribe Pacalet.

“La mayoría de jóvenes que se marchan de Israel son jóvenes con educación universitaria, altamente cualificados que buscan maximizar sus competencias profesionales y mejorar su condición económica en países con más oportunidades como los EE.UU., Canadá y Australia”, explica Yossi Harpaz, sociólogo de la Universidad de Tel Aviv. Harpaz explica que el flujo de salidas ha sido una constante a lo largo de las últimas décadas. “Antes de la crisis en Europa y EE.UU. era incluso mayor”, apunta. “Sin embargo el incremento de emigrantes se refiere solo a las personas que ya tienen la ciudadanía israelí. Si tenemos en cuenta que cada año alrededor de 20-25 mil judíos llegan a Israel gracias a la Ley del Retorno, el saldo de población total es positivo”.

Israel, un país sin crisis económica

La crisis apenas ha afectado a Israel, que ha crecido a ritmo sostenido en los últimos nueve años. Sin embargo el país sufre una rápida desindustrialización. La última gran empresa en cerrar ha sido Haifa Chemical, productor mundial de fertilizantes, causando la pérdida de 800 empleos. Al mismo destino parece abocada también la única planta de reciclaje de botellas de plástico del país.

También la idea de Israel como “nación de start-ups” se enfrenta a una encrucijada. Las mismas limitaciones que empujan a los jóvenes a salir, obligan a las compañías emergentes a buscar un mercado con más oportunidades. “Hay muchos empresarios judíos del high-tech en Nueva York y Silicon Valley”, dice Harpaz. “No son los expulsados de la economía tradicional los que buscan salir al extranjero”.

La start-ups israelíes se marchan al extranjero para crecer

Retener el capital intelectual y creativo, ganar la batalla demográfica. Este planteamiento ha sido, a lo largo de los últimos años, un punto central en el ideario del premier conservador Benjamín Netanyahu. En 2011 fue obligado a retirar un controvertido anuncio donde se decía que los israelíes residentes en Estados Unidos estaban en riesgo de asimilarse y perder su identidad como judíos. En 2015 su llamamiento a los judíos europeos para una emigración en masa a Israel, a raíz de los atentados en Copenhague y a un supermercado kosher en París, provocó la ira y el rechazo de todos los líderes de la UE.

Para Ayelet Tsabari, se trata de una idea sin fundamentos. “Después de casi dos décadas viviendo fuera, mis lazos con Israel siguen siendo muy fuertes. Cada año vuelvo y me quedo por lo menos tres meses. Lo echo de menos a pesar de todas las buenas razones que he citado para irse”, afirma la escritora. En opinión del profesor Harpaz, uno de los mayores desafíos de Israel es luchar contra el gran nivel de desigualdad y el inadecuado nivel educativo de las familias más pobres. “Es un problema – dice Harpaz – que afecta sobre todo al sector ultraortodoxo de la población y a la minoría árabe, a quienes faltan las competencias y oportunidades para participar en una economía moderna”.

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