Cuando Benjamin Netanyahu se encontró con Bill Clinton en 1996, tras vencer soprendentemente al claro favorito de los demócratas estadounidenses, Simon Peres, el entonces presidente de EEUU se quedó sorprendido por el carácter del recién llegado primer ministro de Israel y estalló ante sus asesores: “Pero, ¿quién es aquí la jodida superpotencia?”. Ahora, con el presidente Donald Trump al mando, su anfitrión esta semana en la Casa Blanca, no hay duda de cuál es la superpotencia.

En sus casi 4.000 días al frente del gabinete israelí (1996-99 y ahora desde 2009) Trump es el cuarto presidente estadounidense con quien trata Netanyahu. Con Barack Obama la relación personal se había enfriado hasta casi congelarse. Llevaba tiempo esperando un presidente republicano, pero Donald Trump no es un republicano al uso.

Según Chemi Shalev, columnista del diario israelí Haaretz, “podría parecer que Donald Trump es un sueño hecho realidad para Netanyahu porque es un multimillonario republicano que odia a los musulmanes, a los izquierdistas y a los medios de comunicación, pero puede ser una pesadilla en ciernes… Trump apoya a Israel porque le conviene políticamente, pero si tiene una oferta mejor, y así puede suceder con sus amigos del golfo y otros países árabes, no dudará en imponer su voluntad”. En su columna, Shalev añade un simbólico refrán yiddish: “Mentsh trakht un got lakht” (El hombre planifica y dios se ríe).

Trump apoya a Israel porque le conviene políticamente, pero si tiene una oferta mejor… impondrá su voluntad”

Tras el encuentro que mantuvieron el jueves, Donald Trump pareció dar un giro de 180 grados a la política de Estados Unidos sobre el conflicto entre Israel y Palestina. “Estoy mirando una solución de dos Estados y de un estado, me gustará la que le guste a las dos partes. Puedo vivir con cualquiera de las dos”, dijo Trump. Y también insistió en que son los israelíes y los palestinos los que han de negociar directamente y decidir.

EEUU ha defendido la solución de los dos Estados desde los acuerdos de Oslo de 1993. Tanto el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, como las autoridades palestinas, clamaron que seguía vigente la apuesta por los dos Estados. Incluso Israel también mantiene esta política con condiciones.

Una mayoría de israelíes, un 55%, y un 44% de los palestinos, es partidaria de los dos Estados, mientras que otras opciones como un Estado o una confederación apenas tienen un respaldo de un 24% o un 28% entre los israelíes, y apenas una tercera parte de los palestinos, según una encuesta publicada esta semana por la Universidad de Tel Aviv, el Centro de Investigación para la Paz Tami Steinmetz y el Centro Palestino de Investigación de Ramala.

“Ni Trump ni Netanyahu quieren reconocer que no hay solución pacífica a este conflicto de 70 años sin el reconocimiento pleno de los derechos políticos y la independencia por ambas partes… EEUU tiene un papel clave en el conflicto y es la única nación con la influencia política, diplomática y financiera necesaria para incidir en el proceso. Los mensajes contradictorios, y el abandono de la política de dos Estados, contiene un potencial de empeorar la situación entre israelíes y palestinos”, afirma Robert Matthews, experto en política exterior de EEUU, y colaborador del Seminario de la Paz de Zaragoza.

Masha Gabriel, directora de ReVista de Medio Oriente, considera, sin embargo, que “la llegada de Trump puede interferir en la estrategia palestina de querer lograr sus objetivos a través de la presión internacional a Israel, en lugar de sentarse a negociar”. Según Gabriel, “no parece que vaya a imponer una solución desde fuera, lo que podría ser una buena ocasión para que los dos protagonistas del conflicto se sentaran a negociar. Da la impresión de que Trump puede tener otras prioridades en política exterior, como Irán”.

En la rueda de prensa, sin embargo, Trump también pidió a Netanyahu que frenara la expansión de los asentamientos. Con suavidad, pero lo hizo. “Me gustaría que se contuvieran con los asentamientos un poco”, afirmó el presidente de EEUU tímidamente. Ante el rey de Jordania, Abdulá II, había reconocido que los asentamientos “no benefician a la paz”.

Presionado por el creciente poder del ministro Naftali Bennett, líder de Casa Judía, el gobierno de Netanyahu ha aprobado 6.000 nuevas viviendas en asentamientos ya existentes en Cisjordania y Jerusalén Este. Además, la Knesset ha aprobado la legalización de casas de colonos construidas ilegalmente en propiedades palestinas. Trump le pidió que echara el freno, mientras Bennett quiere que acelere.

Otra señal contradictoria es, sin embargo, que David Friedman, designado por Trump como embajador en Tel Aviv -del traslado de la legación a Jerusalén ha dejado de hablar-, es presidente de los Amigos Americanos de Beit El Yeshiva, un buen defensor de los colonos. Friedman ha declarado en alguna ocasión que la solución de los dos Estados es “ilusoria”.

Carmen Rengel, ex corresponsal en Israel de varios medios españoles, destaca que Netanyahu “está en el poder gracias a un partido de ultraderecha con amplia base entre los 600.000 colonos que viven entre Jerusalén Este y Cisjordania, así que entre su afán expansionista y las presiones de sus aliados, más la crítica de Trump a la resolución 2334, se esperan meses de nuevos agujeros, de ampliaciones, en suelo ocupado. EEUU, con seguridad, vetará nuevas condenas… pero una cosa es no castigar y otra alentar más viviendas”.

Desde Cisjordania, Mohamed Odeh, responsable para América Latina de Al Fatah, afirma con cierto optimismo que una delegación de la CIA encabezada por su director, Mike Pompeo, estaba defendiendo allí la solución de los dos Estados esta misma semana. “A Trump no le importa que sea uno o dos Estados, pero es difícil dilucidar qué quiere decir realmente. De Trump puede salir lo que no ha salido de nadie antes. Es una buena señal que esté a favor de que se congelen los asentamientos”, señala Odeh.

Aclara Mohamed Odeh que a lo que se oponen los palestinos es a que se cree un Estado con batustanes, al estilo de la Sudáfrica del apartheid, no a un Estado laico, democrático, con igualdad de derechos entre las comunidades que lo forman.

De Trump puede salir lo que no ha salido antes. Es una buena señal que esté a favor de que se congelen los asentamientos”

El presidente Trump está convencido de que el acuerdo entre israelíes y palestinos es posible, un “deal”, en sus palabras, y más en concreto el ultimate deal o acuerdo final. Ha encomendado esta misión a su yerno, Jared Kushner, empresario casado con su hija Ivanka, que se convirtió por él al judaísmo. Trump está convencido de que si hay alguien que puede conseguir ese deal ése es Jared Kushner. El acercamiento a países árabes de mayoría suní como Jordania o Arabia Saudí puede ser clave en la siguiente fase.

“La idea de implicar a los Estados árabes no es nueva. Están en el origen del problema, con lo cual probablemente deban estar en la solución. De hecho, Netanyahu habló hace un año de revisar el plan de paz árabe, y ha vuelto a hablar esta semana de una solución más amplia, en clara referencia a los árabes. El problema es hasta dónde estarían dispuestos a aceptar un Estado judío, sobre todo después de lustros envenenando a su población con odio a Israel. Además, esos estados están sumidos en terribles conflictos internos”, señala Masha Gabriel.

Según Carmen Rengel, “la iniciativa regional tiene sentido porque Trump quiere unir a países árabes y a Israel, que llevan meses entendiéndose mejor que nunca, unidos por el adversario común: Irán. Lamentablemente, salvo Jordania, el mundo árabe se ha llenado la boca de la causa palestina pero ha hecho poco por ella. Puede que usen las monarquías petroleras para presionar sobre financiación o ayudas a la hora de debatir un plan más flexible, como repite Trump”.

El mapa en la zona está redibujándose a pasos agigantados. El acuerdo de Obama con Irán es considerado por Trump como “desastroso”, pero implica a más potencias y sería arriesgado que saltara por los aires. Es un hecho que Irán cobra protagonismo en la región, con su papel activo en apoyo del régimen de Bashar Asad, en su combate contra los terroristas de Estado Islámico.

Irán es el enemigo común de los países de mayoría suní, de Israel, y de la Administración Trump. En ese puzzle también es significativo el papel de Rusia, que ha respaldado a Asad también, pero que confluye con Trump en su combate contra el terrorismo de Estado Islámico.

“No sabemos si Rusia querrá implicarse más en la cuestión israelopalestina tras dejar su impronta en Siria… Rusia discrepa con la política de EEUU en este conflicto: está en contra de trasladar la embajada a Jerusalén, contra los asentamientos y a favor de la vuelta a la línea verde de 1967. Puede que eso modere la política de Washington, o bien que produzca el efecto contrario”, señala Matthews.

El escepticismo de israelíes como Chemi Shalev es compartido por el experto palestino Mouin Rabbani, investigador del Instituto para Estudios Palestinos, quien afirma que “no hay razón para creer que habrá un cambio en la política de EEUU para uno u otro lado. En los próximos años veremos más de lo mismo, es decir, aquiescencia estadounidense con la anexión de territorio palestino, como vimos en los años de Obama”.

En el caso del conflicto israelopalestino encaja la definición que se atribuye generalmente a Einstein sobre la locura. “Es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes”. Cincuenta años después de la ocupación de Cisjordania, y tras décadas de odio fratricida, es hora de buscar nuevas vías.