Se encontraron en la vida durante apenas unos días. Mary Wollstonecraft (Londres, 1759-1797) era más libre de lo habitual. Nació a mediados del siglo XVIII y actuó como si la época no fuera contexto. De padres tiranos y conservadores, se auto educó buscando en la filosofía la mejor salida a la represión que sufría su sexo. Estudió. Se formó. E hizo de ella una fortificación generando obras como Vindicación de los derechos de la mujer, un texto clave y revolucionario que la colocó en lo alto del pensamiento filosófico de la época. Fue madre soltera y luego conoció a William Godwin, un radical de izquierdas que no creía en ningún tipo de gobierno, se casó y se volvió a quedar embarazada. Dio a luz a una niña débil. Pequeña, delgada, enfermiza. El doctor que ayudó a salir a su hija del vientre se olvidó de lavarse las manos y le pegó a Wollstonecraft una enfermedad que acabó con su vida en diez días.

La niña, también llamada Mary, sobrevivió para sorpresa de todos. Era Mary Shelley (Londres, 1797-1851), nació como Mary Godwin, la mujer que con tal sólo 19 años escribió Frankenstein. La escritora que cargó con el peso de la muerte de su madre toda la vida y que se apoyó en aquel trauma para pasar de ser la hija de Goldwin a convertirse en nombre propio. Así lo cuenta Charlotte Gordon en una de las pocas biografías de ambas, que ha editado Circe.

Ambas trataron de liberarse del dogal de la sociedad”

“A partir de entonces, y hasta el fin de su días, lloró la muerte de su madre, de la que se consideraba culpable, a la vez que consagraba todos su esfuerzos a preservar su legado”, asegura la autora en la introducción de un libro que pretende poner en evidencia la gran influencia que la primera Mary tuvo sobre la segunda. “Ambas trataron de liberarse del dogal de la sociedad”, añade. Y ambas lo consiguieron a su manera.

Wollstonecraft tuvo que sacar fuerzas del estómago. Mientras sus hermanos estudiaban y su padre se pulía el dinero familiar, ella entró en una depresión: “Estaba al borde de una crisis: ya no comía, ni se lavaba el pelo, y tenía dolores de cabeza, fiebres y ataques nervios. De noche apenas dormía, consumida por negros pensamientos”. Una situación que le salvó la vida. A partir de ese momento se acercó a una de sus vecinas. Clare le enseñó a John Locke cuando el filósofo estaba prohibido en Reino Unido. Era una época revolucionaria y ella se unió con fuerza.

Desigualdad vinculada a la educación

Puede que su pensamiento se forjase cuando su hermana sufrió una depresión postparto. Al ver cómo su marido se comportaba con ella, como si fuese una carga de la que liberarse. Wollstonecraft la sacó de aquel hogar que la repudiaba y así dio el último paso, el definitivo, hacia lo que consideraba que era una obligación: la mujer como sujeto de su vida, no como objeto de la vida de sus maridos. Esta mentalidad la plasmó en sus libros, el más conocido mencionado al principio de este artículo. En ellos dejaba constancia de que la mujer era inferior porque su educación era menor que la del hombre, no por desigualdades genéticas.

Esa filosofía, la de Wollstonecraft, sería la impulsora de la necesidad de Shelley de hacer algo por sí misma. De conseguir el reconocimiento por su trabajo. Leyó la obra de su madre hasta la extenuidad. Incluso dicen que era tal la admiración que su padre la enseñó a leer en la tumba de Wollstonecraft y ella sólo quería pasar sus ratos libres frente a esa lápida.

Su situación fue contraria a la de la filósofa. Ella creció con un padre que le procesaba adoración. Que la consideró inteligente y capaz desde que era un bebé. Como bien cuenta Gordon en su libro, un médico amigo de Godwin acudió a auscultar a la pequeña Mary y aseguró que estaba dotada, según los cálculos basados en las medidas de su cabeza, de una mente brillante y de un carácter rebelde. “Libérate y busca tu propia voz”, le dijo su padre. Y ella asumió el consejo como una orden.

Su vida no fue fácil. Se enamoró de Percy Bysshe Shelley, un poeta casado amigo de su padre, del que se quedó embarazada. Lo que llevó a ambos al más salvaje de los ostracismos. Sin dinero, malviviendo, el quiebro llegó cuando su hija murió a los pocos días de nacer. Ellos continuaron juntos y se casaron cuando la mujer de él se suicidó.

Ilustración Mary Shelley y Frankenstein.

Ilustración Mary Shelley y Frankenstein.

Fue durante un verano en Suiza, que pasaron junto a Lord Byron y la hermana de Mary, Claire Clairmont, cuando comenzó a escribir Frankenstein, era 1816 y la novela se publicó en 1818 con un seudónimo, con la firma de un hombre. Tras su publicación, el matrimonio se mudó a Italia. Allí, Shelley perdió dos niños y consiguió mantener a un tercero, el que se convertiría en su único descendiente. Dicen que también hizo pasar a la hija ilegítima de Byron y su hermana por suya, ya que Claire era incapaz de hacerse cargo de ella. Salió de todas las desgracias, pero en 1822 su marido se ahogó al hundirse su velero durante una tormenta en la Bahía de La Spezia y Shelley volvió a Inglaterra con la única voluntad de honrar la poesía de su marido y hacerse un nombre en la literatura. La vida ya se la había consumido. 

Se dedicó íntegramente a su obra y a su hijo, y aunque vivió siempre de manera muy precaria lo hizo como ella consideró que era lo correcto. Su novela más exitosa fue Frankenstein, aunque escribió casi una decena después del que fue su debut literario. Tras un viaje por Europa que realizó con su hijo, del que dejó constancia en el libro Caminatas en Alemania e Italia en 1840, 1842 y 1843, murió durmiendo en 1851 por un tumor cerebral. Murió sabiendo que había acabado con la labor de su madre.