Comenzó buscando una verdad y encontró una gran mentira. Cinco años después, la primera está cerca de conocerla. De la segunda, apenas tiene esperanzas de que tenga solución. La próxima semana se cumplirán 25 años desde que escuchó la voz de su padre por última vez mientras le despertaba. Esa mañana del 21 de junio de 1993, mientras se enfrentaba a un examen de física, una bomba de ETA le dejó huérfano, le arrebató la adolescencia y le sumió en un largo silencio. Todo en un instante, en un boom activado a distancia. El microbús en el que viajaba su padre, junto a otros seis compañeros, saltó por los aires a su paso por la glorieta de López de Hoyos en Madrid. Pésames, buenas palabras y un breve duelo fueron el preámbulo a la dura vida que le sobrevino.

En los años siguientes en casa de los Romero apenas se volvió a hablar de ello. El dolor iba por dentro y cada uno lo gestionó como pudo, como supo. Lo que quedó fue una viuda, cuatro hijos y una verdad por encontrar. El espacio vacío de la casilla de la autoría, de quiénes planificaron y ejecutaron el atentado, ha sido una ingrata compañera desde entonces. Cinco lustros después nadie ha pagado por aquel crimen, por asesinar al teniente Coronel del Ejército del Aire, Juan Romero Álvarez y sus seis compañeros camino del trabajo.

Eso está a punto de cambiar. Lograrlo no ha sido fácil, ni el precio a pagar asequible. Con 37 años, Pablo decidió que no se resignaría a ser una víctima más sin culpables, ni a recibir palmaditas de comprensión ni buenas palabras bajo el “estigma” de haber sufrido el aliento más cruel de ETA. Si ellas, las instituciones, no lo hacían, no se rebelaban para resolver la autoría, lo haría él. Cinco años y cientos de pesadillas después está a escasos pasos de alcanzar la cumbre que ha ascendido en solitario convencido en llegar hasta el final.

Comenzó buscando una verdad y encontró una gran mentira. La primera está cerca de conocerla, la segunda no cree que tenga pronta solución”

En el camino ha librado dos batallas, la suya, la personal, y la que le ha enfrentado al sistema, la que más le ha roto por dentro. La ruta para acreditar autores y circunstancias del atentado ha estado llena de lados oscuros, de paradojas incomprensibles, de dolor y sufrimiento y de kilos de rabia e impotencia. En la senda también han aparecido ángeles anónimos, temerosos de presentarse, que le han dado la mano para seguir adelante.

Todo comenzó por un comentario que le molestó profundamente. Lo hizo una compañera de la redacción en la que trabajaba en 2013, crítica con que se siguiera “removiendo” el pasado de ETA una vez que había anunciado el cese de su actividad armada. Sin saberlo, le hizo un favor. Agitó su memoria: la mañana del examen de física en la que su tía le fue a recoger, la humareda y decenas de uniformes y familiares en el salón de su casa, su madre intentando aguantar el tipo al decirle que “Papa no está”, el recuerdo de las fotos del cuerpo carbonizado de su padre y sus compañeros publicadas en los periódicos y que le empujaron a convertirse en periodista para intentar cambiar la profesión…

Despertar del letargo

Aquel comentario inoportuno le sacó del letargo. Acababa de recordar que la muerte de su padre seguía sin culpables, y que el tiempo para “remover” su pasado se le agotaba. Hizo cuentas y descubrió que en sólo tres semanas se cumplirían veinte años del atentado y con ellos, su prescripción. Había llegado el momento de investigar, de encontrar la verdad.

El viaje no ha terminado. Las etapas recorridas hasta ahora en su investigación las narra con detalle en ‘Las tres muertes de mi padre’, una propuesta en formato de podcast en los que cuenta en primera persona el proceso. Han sido ocho meses de entrevistas, investigaciones y más de 40 horas de grabación que ahora plasma en cinco capítulos. Trabajo minucioso, siete versiones de guion después, que ha requerido un equilibrio de decisiones entre qué contar, hasta dónde llegar y qué reservar para no perjudicar la instrucción paralela que ha logrado poner en marcha tras reabrir el caso a escasas horas de que prescribiera. Acababa de evitar que su padre ‘muriera’ por segunda vez en el olvido de los legajos de un expediente perdido en los archivos de la Audiencia Nacional. Su reto es evitar la tercera muerte, la del juicio. Por eso se ha propuesto atar bien el caso, recabar pruebas contundentes y facilitar un juicio que no deje lugar a dudas del quién, el cómo y el porqué de lo ocurrido el 21 de junio de 1993.

El desgaste por la investigación y las presiones sufridas ha sido elevado: ha adelgazado 22 kilos, ha sufrido una depresión y perdió la memoria.

En la investigación las decepciones por lo descubierto han sido más frecuentes que las alegrías. La instrucción de la causa del atentado ocurrido hace 25 años, en el que murieron su padre y seis compañeros, está a punto de cerrarse y enfilar el juicio.

Para llegar hasta aquí ha tenido que conocer los entresijos del Comando Madrid, su modo de operar, sus integrantes, sus acciones terroristas en el periodo 1993-1997. Hacerlo solo y contra viento y marea hace que los momentos para arrojar la toalla sean una tentación. El desgaste ha sido elevado, la discreción incómoda y compaginarlo todo con trabajo y familia un equilibrio imposible. Pablo se ha dejado algo más que el alma, también parte del cuerpo: sufrió una depresión, adelgazó 22 kilos, perdió la memoria, rasgó a su familia, languideció su trabajo… Y sobre todo, descubrió en primera persona que el mundo oscuro del que hasta entonces sólo había oído hablar existe, es real: las cloacas.

Amenazas de ‘los buenos’

Descubrir que una víctima del terrorismo es incómoda para la policía, parte de la Justicia y los poderes del Estado no es algo que estaba en sus previsiones. No tardó en darse cuenta de que su propósito de investigar personalmente la muerte de su padre, -ignorada durante años por las instituciones-, suscitaba recelos, provocaba rechazo y encendía alertas. Aprendió rápido a moverse con sigilo, prudencia y constancia. También a ser creativo para recabar pistas.

Enseguida se vio inmerso en una suerte de historia de espías en la que no faltaron las entregas anónimas, los encuentros secretos y los mensajes ocultos que intercaló en sus artículos para provocar a quien pudiera entenderlos. Todo valía para provocar una llamada, un testimonio que aportara una pista más.

Su historia es real, dura y difícil, habla de la muerte en atentado terrorista de su padre, pero reúne los ingredientes para un guion de película que ya tienta a más de uno. Reconoce que en estos años ha visto y hecho de todo, “siempre dentro de la legalidad”, subraya.

A las instituciones sólo les pedía que le dejaran investigar y que si ellas no lo hacían, al menos no le pusieran palos en las ruedas. “Nunca imaginé que escucharía a ‘los buenos’ amenazándome por investigar la muerte de mi padre”.

¿En qué cabeza cabe que una víctima que investiga la muerte de su padre tenga que utilizar teléfonos prepago por tener pinchado el suyo?”

En estos años metiendo las narices donde otros no querían que oliera, ha visto y escuchado demasiadas “chapuzas”, como las define, en la lucha contra ETA. Documentos desaparecidos o comidos por los ratones en el olvido de un almacén, cuando no destruidos para “hacer sitio a una estantería”. Investigaciones repletas de errores y dejadez o altos cargos político-policiales más preocupados por el aplauso, el reconocimiento y la medalla que por esclarecer la verdad de los atentados cometidos por ETA: “La forma en la que he tenido que investigar es una vergüenza. ¿En qué cabeza cabe que tenga que comprar teléfonos prepago, al descubrir que el mío esta pinchado, para poder quedar con un tipo que me pasa un documento dentro de un periódico? O para que me tenga que llegar un anónimo en mi buzón en forma de sobre con documentos sobre el atentado ¿Qué clase de país es éste?”.

Se ha visto con el secretario de Estado Rafael Vera, se ha citado con el hoy ministro del interior Fernando Grande-Marlaska, ha buscado respuestas en policías jubilados con información valiosa en citas discretas, ha cruzado información con algunos de los máximos expertos en ETA de este país y se ha entrevistado con ex miembros de ETA. Pablo no ha dejado de llamar a cuantas puertas ha podido. Pieza a pieza, ha logrado recomponer el puzzle.

El escrutinio del sumario de 1.400 folios -8 tomos- en cinco horas y del que extrajo la pista que permitió reabrir el caso fue el comienzo. Después llegaron las llamadas de expertos ocultos en el anonimato para orientarle en su investigación, la entrega de documentos sobre el Comando Madrid o historias como la de la mujer que un día detectó y siguió a dos etarras en Madrid tras sospechar de ellos mientras compraban queso en el supermercado de ‘El Corte Inglés’ de la Castellana.

‘Compartimentos oscuros’

Paso a paso, pista a pista, así ha sido su vida estos cinco años para recomponer el modus operandi de ETA, del comando de la capital de España en junio de 1993, para dar con sus integrantes. Uno lo identificó hace tiempo; Jesús García Corporales, a quien se le ha tomado declaración. El resto de los miembros de la banda confía en poder identificarlos pronto.

Es consciente de que su formación, sus contactos y su determinación han sido fundamentales para, pese a todas las dificultades, sobreponerse. Muchas víctimas no podrían haberlo hecho. Por eso confía en que, además de resolver la muerte de su padre, su caso sirva para abrir puertas y ventanas en el esclarecimiento de los crímenes sin resolver. “Hay compartimentos muy oscuros en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, armarios que llevan 20 años cerrados y sobre los que habría que poner un flexo”, asegura. Su caso es el reflejo de un país “que pasa de la memoria”, dice. Recuerda que lo hizo con las víctimas de la Guerra Civil y lo está haciendo ahora con las del terrorismo, las de ETA y las del Estado.

Si se hicieron cosas mal hace 25 años creo que es hora de reconocerlo para que no vuelvan a suceder”

“Si se hicieron las cosas mal hace 25 años creo que es hora de reconocerlo para que no vuelva a suceder. Existe un miedo permanente a que no se conozcan todas las cosas que se hicieron mal en la lucha contra ETA. Se prima que no se conozcan las injerencias políticas en la lucha policial, las injerencias policiales en la lucha jurídica, etc. En este país, durante un tiempo, existió una lucha por ver quién se llevaba la medalla del pacificador”.

Pablo defiende que con ETA disuelta y un nuevo tiempo en el que la reconciliación y el perdón deberían jugar un papel determinante se hace esencial abrir un nuevo horizonte de transparencia. “Para que exista perdón y reconciliación las víctimas debemos saber con quién reconciliarnos, a quién conceder o no el perdón. No es algo que se pueda hacer en abstracto”, señala. Para eso necesitan toda la información y las administraciones del Estado deben abrir las ventanas “para que entre la luz”: “Ya no vale seguir tapándolo todo. Ya no pasará nada por reconocer que se cometieron barbaridades en nombre de la lucha antiterrorista”.