El amor, en muchos casos, es sinónimo de dicha y felicidad, pero, en otros, es también tormento y condena (en especial cuando te enamoras de la persona que no debes). Pero, ¿cómo actuar cuando la razón y el deseo entran en conflicto? ¿Es más justo atender a lo que plantea el cerebro o a lo que demanda el corazón? ¿Qué debería pesar más? ¿Pensar o sentir?”. La historia de Fedra, la reina enamorada de su hijastro, rezuma amor, desamor, traición, mentira, muerte, suicidio y culpabilidad.

En la versión de Paco Becerra, Fedra, la reina de la isla del volcán, vive el amor como la lava incandescente de esa montaña que gobierna, una lava que arde de dentro afuera en forma de pasión prohibida. Ella, al contrario que el personaje de Eurípides, se revela y decide amar sin remordimientos, sin tapujos, sin arrepentimiento, convencida de que «lo que no se dice se pudre».

Ella decide amar sin remordimientos, sin tapujos, sin arrepentimiento, convencida de que «lo que no se dice se pudre»

Fedra no puede ser otra que Lolita, la heredera del trapío de la faraona, la de la voz aguardientosa, la madre coraje Flores. Lolita se apodera de Fedra en un espectáculo dirigido por Luis Luque que aterriza en las tablas del Teatro de la Latina del 13 al 30 de septiembre. El montaje, cuyo reparto completan Juan Fernández, Críspulo Cabezas, Eneko Sagardoy y Tina Sáinz, llega avalado por el éxito de crítica y público conseguido en el pasado Festival de Mérida.

Sostiene Lolita que Fedra es una mujer valiente que decide amar a pesar de todo. “Una mujer que se salta todos los límites, una mujer a la que el amor puede llevar a la locura, pero también la puede salvar. Es una mujer de rompe y rasga, como yo. Espero que con esta Fedra las mujeres aprendamos que hay que vivir. Yo quiero vivir”.

El tándem Luque/Becerra ha decidido sacar a Fedra de su letargo y en lugar de dejarse llevar por la pena y el desamor, poderosa surge de una inmensa vagina que a través de proyecciones hace las veces de cráter, de ojo de serpiente, incluso de cueva hacia ninguna parte. Fedra escupe sus penas sin pudor, se deshace de ellas sin decoro, ella decide amar aquí y ahora, como si no existiera un mañana.

Fedra surge de una inmensa vagina que hace las veces de cráter, de ojo de serpiente, incluso de cueva hacia ninguna parte

Fedra se lanza al vacío pero se topa con la indiferencia y el rechazo de Hipólito, un ser muy peculiar. El Hipólito de Becerra venera a la diosa Artemisa, pero a su manera. Al igual que el griego, adora la naturaleza y a los animales, pero éste alardea de su veganismo, no come carne, mientras que su álter ego es un experto cazador. Ambos son castos y puros, la virginidad hecha verbo; uno por convicción y el otro por su sexualidad. “Jamás traicionaría a mi padre y mucho menos por una mujer. ¿No te has preguntado por qué no conozco mujer?”, le espeta Hipólito a su hermano cuando le acusa de traición.

Lolita Flores, Juan Fernández y Críspulo Cabezas, en una escena de ‘Fedra’. Jero Morales

Llegados a este punto la tragedia está servida. Desde el momento en el que Fedra decide mostrar sus instintos más bajos, desde que le da la espalda a la depresión, desde el instante en el que asume que “la tristeza es un gusano que tarda un tiempo en llegar al corazón de la manzana”, el cruce de malentendidos adivina el infortunio. Mientras que Hipólito acepta la muerte como castigo por no confesar la verdad y hacer más daño a su padre, Enone urde un plan para salvar a Fedra, la niña de sus ojos. Enone transformada en el primer Yago de la Historia, Enone responsable de la desinformación, Enone enreda, Enone teje su plan con el deseo de redimir a su criatura.

Pero la Fedra de Lolita es una fiera que arrasa con todo, una fiera arropada por cuatro animales interpretativos cuyos duelos mantienen la tensión del espectador que, aún sabiendo el final, se mantiene alerta a la espera de un posible o imposible desenlace.