Calle de las Fuentes, número 3. En este punto exacto, entre la plaza de Isabel II y la plaza Mayor, fue donde el joven Benito Pérez Galdós recaló durante sus primeros meses en Madrid con apenas 19 años. Las castizas calles de la capital «fueron decisivas» para la obra del escritor de Las Palmas de Gran Canaria, afirma Francisco Cánovas, autor de Benito Pérez Galdós: Vida, obra y compromiso (Alianza Editorial).

Galdós se mudó a la Península para cumplir la voluntad de sus padres: tenía que estudiar Derecho en la Universidad Central. «Él no lo veía nada claro, pero Madrid fue un gran descubrimiento», dice Cánovas. El joven canario se dedicaba «a hacer pellas» para caminar por las calles de la ciudad, descubrir sus rincones y «observar el ‘murmullo social'», como él mismo denominaba al ambiente de la capital.

Con motivo del año galdosiano, el Ayuntamiento de la capital ha publicado este 23 de julio, jornada a la que este año se ha aplazado la celebración del Día del Libro, el mapa ilustrado ‘Galdós es Madrid’, que recorre los principales lugares de paso del autor de Los Episodios Nacionales.

En la Puerta del Sol, Galdós desarrolló la «tertulia canaria», que era el nombre que recibían los coloquios en los que participaban escritores originarios de las islas en el desaparecido Café Universal, conocido como el «de los espejos», según indican el escritor de los textos de este mapa, Carlos Mayoral, y su ilustrador, Gonzalo Izquierdo. También acudía al Café Suizo, cercano al Congreso de los Diputados, donde debatía con otros escritores y con políticos.

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El novelista colaboró con el periódico progresista La Nación, pero sin duda donde desarrolló la parte más importante de su carrera periodística fue en calle Fomento, número 15, donde se localizaba la redacción de El Debate, diario que dirigió entre 1871 y 1873. En esta faceta, tenía que «comentar los acontecimientos del día, las novedades», por lo que esta labor le sirvió para reforzar una capacidad de observación que luego se vio reflejada en sus obras cuando dio el salto a la literatura, señala Francisco Cánovas. 

«Otro aspecto importante en la decantación literaria de Galdós es el Madrid cultural», indica el autor de la biografía de Galdós, que explica que le gustaba ir al gallinero del Teatro Real para escuchar música, así como al del Teatro Español. «Tenía un concepto global de las artes», y se dejaba ver también en las salas del Museo del Prado y por el Ateneo Científico y Literario, al que apodaban en el siglo XIX como «la pequeña Holanda«, por haber sido durante décadas el refugio de las ideas liberales.

El escritor no sólo era amante de las calles y de las gentes de la capital, sino que también adoraba su gastronomía. Solía ir al Lhardy a tomar un buen cocido madrileño. Dijo de este establecimiento, ubicado en esa época en las inmediaciones de la plaza Mayor y hoy en la carrera de San Jerónimo, que «vino a poner corbata blanca a los bollos de tahona». Valle Inclán apodó al personaje que recordaba a Galdós en Luces de Bohemia como Don Benito, El Garbancero, pero no por su gusto por esta legumbre, sino por su costumbre de hablar de la gente corriente, la que comía puchero todos los días. El creador del esperpento llegó a afirmar que las novelas del canario «olían mucho a cocido».

Está considerado como el gran cronista de Madrid, ya que retrataba física y sociológicamente la ciudad. Los enclaves que él visitaba se convertían después en los escenarios de sus novelas. En Fortunata y Jacinta, los protagonistas pasean por el Madrid de los Austrias, especialmente por la cava de San Miguel y por la calle de Toledo. Asimismo, al comienzo de Misericordia el máximo representante del Realismo español describe la Iglesia de San Sebastián y sus inmediaciones, en las que se encuentran el palacio de Teba y la plaza del Ángel. En esta parroquia, situada en el Barrio de las Letras, fueron enterrados el dramaturgo Lope de Vega y los arquitectos Ventura Rodríguez y Juan de Villanueva.

La protagonista de La Desheredada, Isidora Rufete, recorre los barrios de Salamanca -recién construido en ese momento-, Hortaleza y Tetuán, aunque el autor también escribió escenas de este libro en la Puerta del Sol, la carrera de San Jerónimo y el Retiro. Por su parte, Galdós utiliza los cuartos altos del Palacio Real en La de Bringas como domicilio de un funcionario de la Corte casado con una adicta a la moda para narrar una historia de dificultades financieras.

Un año antes de su fallecimiento, cuando ya estaba inválido y ciego, el escritor acudió a la inauguración del monumento que, por suscripción popular, habían levantado en su honor en el parque de El Retiro. «Robustos pinos seculares sirven de inmediato dosel a su trono, ante el vasto fondo de árboles diversos con que lo ampara la naturaleza», dijo Serafín Álvarez Quintero, después de que Pérez Galdós palpase su propia cara tallada en piedra.

Benito Pérez Galdós quería a Madrid tanto como sus gentes le apreciaban a él. A su entierro acudieron 30.000 personas, que acompañaron su féretro hasta la catedral de la Almudena. Se trató de uno de los funerales más multitudinarios de la época. Sin embargo, aunque estuvo arropado por el pueblo, las instituciones políticas le dieron la espalda. «El Gobierno lo apoyó porque no tenía más remedio que apoyarlo», dice Cánovas, ya que «era el mejor escritor de España», pero lo hizo «de una manera muy fría».

Ortega y Gasset escribía al día siguiente en el diario El Sol: «La España oficial, fría, seca y protocolaria ha estado ausente en la unánime demostración de pena provocada por la muerte de Galdós». «El pueblo, con su fina y certera perspicacia, ha advertido esa ausencia. Sabe que se le ha muerto el más alto y peregrino de sus príncipes», continuaba su crónica. Desde 1862 hasta 1920. Casi sesenta años duró la historia de amor entre un hombre y una ciudad.