«¡Cómo recuerdo a esa singular recién llegada! Tímida e introvertida, de hermosos rasgos llamativos, de ojos solitarios, inmediatamente sobresalió como un ser excepcional, único en un modo todavía indefinible… Uno presentía su determinación absoluta a ser ella misma, con la inflexibilidad de alcanzar esa meta a pesar de su gran vulnerabilidad». Hans Jonas, que había sido compañero de Hannah Arendt en el seminario de Martin Heidegger en Marburgo hablaba así de la pensadora en su funeral, el 8 de diciembre de 1975.

Aquella mujer extraordinaria que cautivó a los grandes pensadores del siglo XX dejó de existir hace 45 años. Sin embargo, su obra sigue viva y vigente. «Para mí lo esencial es comprender», decía Arendt. Dedicó su vida a entender un convulso siglo XX, marcado por el Holocausto, los totalitarismos, el drama de los refugiados, las guerras, y dejó claves para interpretar el siglo XXI.

Muchos de sus ensayos parecen haberse escrito ayer. «La verdad factual, si se opone al provecho o al placer de un determinado grupo, es recibida hoy con una hostilidad mayor que nunca». Ya sabía de las fake news y los hechos alternativos sin conocer a Donald Trump.

Para la filósofa española Amelia Valcárcel está claro que es una de las dos pensadoras más relevantes del siglo XX. «Sea cual sea la pareja que elijas ella siempre estará en esa pareja», señala Valcárcel, quien asegura que «nuestro mundo está siendo interpretado y entendido con sus ideas».

«Arendt revivió el pensamiento político público. Y con pensamiento político se refería a plantear en el discurso público y plural cuestiones como qué es lo importante para una comunidad política y cómo podemos preservar el espacio de la libertad política en una sociedad de empleados y consumidores», explica Antonia Grunenberg, autora de Hannah Arendt y Martin Heidegger. Historia de un amor.

Plantea qué es lo importante para una comunidad política y cómo podemos preservar el espacio de la libertad política en una sociedad de empleados y consumidores»

antonia grunenberg

«Su voz está viva. Se ha convertido en un icono, una mujer en una esfera dominada por hombres, autoconsciente, una filósofa, una ensayista política… Las cuestiones que plantea todavía han de transformarse en realidad hoy. Depende de nosotros restaurar el discurso político público», añade Antonia Grunenberg, fundadora del Centro Hannah Arendt en la Universidad Oldenburg.

Del interés que despierta habla el éxito que ha cosechado la exposición, concebida por Monika Boll, titulada Hannah Arendt y el siglo XX, que se clausuró el 18 de octubre pasado en el Deutsches Historisches Museum de Berlín. Su siguiente etapa será Bonn, donde se inaugura el 18 de diciembre y permanecerá hasta el 21 de marzo de 2021.

Para Barbara Hahn, una de las autoras de la edición crítica de la obra de Hannah Arendt, no es ninguna sorpresa el interés que suscita hoy en día. «Nuestro mundo está cambiando de forma dramática y los textos de Arendt nos plantean cuestiones que hemos de afrontar. En muchos países las sociedades democráticas se están deslizando en este siglo XXI hacia la dictadura, mientras que la esfera pública se desintegra en una cacofonía moral y un fanatismo ideológico. En Los orígenes del capitalismo analiza con detalle lo que pasó en los siglos XIX y XX, y nos ayuda a interpretar lo que pasa hoy», señala Barbara Hahn.

Los textos de Arendt nos plantean cuestiones que hemos de afrontar hoy… cómo muchas sociedades democráticas se deslizan hacia la dictadura o la realidad de los refugiados»

barbara hahn

También apunta esta experta la actualidad de uno de los primeros ensayos publicados en inglés, We Refugees, de 1943. «Hoy millones de refugiados experimentan las experiencias que describe Arendt: ‘Perdimos nuestra casa, lo que significa la familiaridad de la vida cotidiana… Perdimos nuestra lengua, lo que significa que perdimos la naturalidad en las reacciones, la simplicidad de los gestos, la expresión de nuestros sentimientos’. Sabemos que para muchos refugiados de Siria, Afganistán y muchos países africanos este texto es esencial».

Hannah Arendt huyó de Alemania en 1933 rumbo a París, donde trabajó con organizaciones de ayuda a jóvenes judíos exiliados. Buscaban emigrar a Palestina. Es entonces cuando se separa de Günther Anders y poco después conoce a Heinrich Blücher, su segundo marido. Con él emigró a Estados Unidos.

Cinco años después de su salida ilegal del país, el régimen nazi le quitó la ciudadanía alemana. Primero la pareja recibió visados de emergencia. Fue apátrida hasta que adquirió la ciudadanía estadounidense en 1951. Se redescubrió como ciudadana en Estados Unidos.

Sin duda, si viera cómo ha evolucionado el país, estaría preocupada por «la fragmentación de la sociedad americana y por los ataques antidemocráticos al sistema políticos», en palabras del doctorando Sönke Hollenberg, de la Universidad de Bonn.

Según Hollenberg, «los pensamientos de Arendt, que se centran en los problemas del siglo XX, nos ayudan a afrontar los desafíos de hoy en día. Por ejemplo, Arendt insistía en la necesidad de la verdad y de los hechos como una base común que compartimos, sin ignorar el hecho de que la política tiene la capacidad de cambiar los hechos y marcar un nuevo comienzo».

Sus últimos meses

Hannah Arendt (Hannover, 1906) murió de un infarto en su apartamento de Nueva York hace justo 45 años. Pocos días antes había sufrido una caída en la calle a la que quitó importancia. Ese 4 de diciembre había cenado con sus amigos Salo y Jeannet Baron. Junto a la máquina de escribir había dejado las notas manuscritas de su ensayo El juicio. Hasta el último minuto se mantuvo lúcida y alerta.

Su mejor amiga, la editora estadounidense Mary McCarthy, quiso recordar a Hannah Arendt en su funeral: «Cuando hablaba, era como ver los movimientos de la mente exteriorizados en la acción y los gestos; cuando doblaba sus labios, fruncía el ceño, curvaba pensativamente la barbilla». En la obra Entre amigas puede leerse la correspondencia entre Arendt y McCarthy entre 1949 y 1975.

En Hannah Arendt. Una biografía, Elizabeth Young-Bruehl relata lo más relevante de ese último año en la vida de la pensadora nacida en Alemania, nacionalizada estadounidense. En aquel 1975 ya era reconocida y premiada como historiadora del totalitarismo y como pensadora política. El gobierno danés le otorgó en primavera el Premio Sonning y, a pesar de lo poco que le gustaba aparecer en público, accedió a recogerlo en persona en Copenhague.

De la fama decía: «Nada es más transitorio en nuestro mundo, menos estable y sólido, que esa clase de éxito que trae consigo fama; nada acontece más aprisa y más rápidamente que el olvido».

Superó su aversión a estos actos públicos y acudió a la capital danesa en compañía de Mary McCarthy y William Jovanovich. En su agradecimiento rindió homenaje al pueblo danés por su coraje en la Segunda Guerra Mundial. Arendt reflejó cómo los ocupantes de Dinamarca se vieron «vencidos por lo que ellos más desdeñaban, las palabras, meras palabras, dichas libre y públicamente. Esto no ocurrió en ninguna otra parte».

En su último año de vida también volvió a ver a Martin Heidegger, a quien encontró muy anciano y frágil. Iba camino de Tegna y, a pesar de que el año anterior su encuentro había sido tumultuoso, paró a saludar a su viejo profesor. Los dos quedaron mutuamente deslumbrados cuando se conocieron en la universidad décadas atrás. «Está muy envejecido, muy sordo y remoto, inabordable como nunca lo he visto», escribió a Mary McCarthy.

En Tegna pasó unos días tranquila hasta que tuvo que asistir a un simposio internacional cerca de París a finales de septiembre. De ahí se iría a Nueva York, una ciudad que empezaba a resultarle incómoda. Su último encuentro con lo que su biógrafa llama «la tribu», sus amigos más cercanos, tuvo lugar el día de su 69 cumpleaños, el 14 de octubre. No lo sabían pero fue su despedida.

Joe Biden escribió a Arendt

Ese 1975, en primavera, también había pronunciado su último discurso en EEUU, Home to Roost, que luego fue reproducido en The New Yorker. «En estos días en los que el calendario nos recuerda los 45 años que se interponen entre ella y nosotros, vale volver a leer el que fue su último ensayo antes de morir para entender ese fenómeno nacido en los Estados Unidos, el marketing político, la maquinaria de la publicidad que impregnó todas las áreas de la vida política con imágenes ilusorias que por mentirosas ponen en riesgo el experimento de la libertad democrática», señala la ex senadora, periodista y escritora Norma Morandini.

El entonces joven senador Joe Biden se interesó por esta alocución y escribió a Hannah Arendt el 28 de mayo de 1975 para que le facilitara una copia. Sabía del texto gracias a un artículo de Tom Wicker. Joe Biden, ahora presidente electo, llevaba menos de tres años como senador.

Destaca Morandini la extraordinaria actualidad de este ensayo de Arendt. «Por su actualidad y porque el virus coronado nos atropelló y demanda una explicación más allá de los números de los muertos o las cifras mundiales de los contagios, vale recordar el último consejo de Hannah Arendt en ese ensayo: ‘Cuando los hechos lleguen a casa, tratemos al menos de darle la bienvenida, sin escapar a algunas utopías, imágenes, teorías o meras locuras'».

El mensaje de Hannah Arendt resuena en nuestros cerebros: Pensar y volver a pensar. Hacernos preguntas. En libertad.