«You’re fired» (estás despedido) era la temida sentencia que escuchaban los concursantes de El Aprendiz, el programa con el que se convirtió en una celebridad en todo Estados Unidos el entonces magnate neoyorquino Donald Trump. Para un hombre de negocios a quien nadie ha puesto freno hasta ahora será un shock si ahora el pueblo americano le despide.

Hace cuatro años no habría resultado un fracaso perder frente a la ex secretaria de estado Hillary Clinton porque ya había sido una proeza ser el candidato republicano, para sorpresa de su propio partido. Cuenta el periodista Michael Wolff en Fuego y Furia que ese 8 de noviembre de 2016, Melania Trump lloraba desconsolada y el propio Trump no daba crédito a su victoria.

De acuerdo con el testimonio de Steve Bannon, Trump pasó ese 9 de noviembre de la confusión al descrédito pero terminó asumiendo su nuevo papel. «De repente se convenció de que había ganado porque lo merecía, y porque estaba totalmente capacitado para ser presidente de Estados Unidos”, escribe Wolff.

En cuanto lo asumió se dijo a sí mismo que no podría haber sido de otra manera: Trump ama a Trump porque se ha inventado a Trump y su creación le parece magnífica.

Me cuesta identificar alguna decisión significativa que no haya estado motivada por cálculos electoralistas»

john bolton

En un perfil publicado en The New Yorker, Mark Singer señalaba cómo Trump había dicho a uno de sus biógrafos: «No me gusta analizarme porque tal vez no me guste lo que encuentre». En El show de Trump, Singer indicaba que en 2016 no es que Trump quisiera ser presidente, si no que no quería perder la elección. Porque si hay algo que detesta Trump es perder.

Una vez en la Casa Blanca, según relata el ex asesor de Seguridad Nacional John Bolton en La habitación donde sucedió, Donald Trump ha vivido obsesionado con la reelección.

«Me cuesta identificar alguna decisión significativa de Trump que no haya estado motivada por cálculos electoralistas», escribe John Bolton. Y pone como ejemplo su promesa de deponer a Nicolás Maduro, con la mente puesta en los votantes de Florida, sobre todo en los de origen cubano y venezolano.

Donald Trump siempre está presente en sus mensajes electorales. Su primer tuit de la jornada electoral es un llamamiento a votar, ya que Trump ha pedido que lo hagan en esta jornada y no antes, y solo aparece él en su último mitin en Kenosha, Wisconsin, al ritmo de YMCA, de Village People.

Marcado por su padre

Donald Trump, nacido en Nueva York en 1946, fue educado para triunfar. Así lo cuenta su sobrina Mary Trump, psicóloga clínica y autora de Donald Trump. Siempre demasiado y nunca suficiente: cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo, un libro de reciente aparición.

Mary Trump es hija de Fred, el hermano mayor del presidente, que murió a los 42 años de un ataque al corazón. Tuvo problemas de adicciones y a eso atribuye Trump el hecho de ser abstemio. Es adicto a la coca-cola.

Atribuye Mary Trump al padre del presidente, Fred Trump, unas reglas estrictas con su prole. Lo describe como «un sociópata en grado sumo». Al progenitor de Trump no le gustaba que sus hijos mostraran debilidad. «Nunca pidas perdón ni perdones», era uno de sus lemas. Donald Trump habría sido educado para ser un auténtico killer.

Mi abuelo abrió hoteles en Alaska. Lo hizo bien. Igual que mi padre. Como yo»

donald trump

La familia de Donald Trump, como muchísimos estadounidenses, es de origen europeo. «Mi abuelo Frederick (Friedrich Drumpf) vino a Estados Unidos en 1885 (desde Alemania). Se unió a la fiebre del oro y luego decidió abrir hoteles en Alaska. Lo hizo bien. Igual que mi padre. Como yo», relataba el propio Trump en la CNN. La leyenda negra dice que en realidad eran burdeles.

Su madre, Mary Anne, era escocesa, de la isla de Lewis y había llegado a los 18 años a EEUU. Eran cinco hermanos: Fred, Donald, Robert, Mary Anne y Elizabeth.

Donald Trump, siempre dispuesto a todo para triunfar, siguió los pasos de su padre en el negocio familiar. Siempre tuvo como objetivo enriquecerse, tener éxito y ser una celebridad. Su apellido es imagen de marca, desde las Torres Trump hasta las botellas de agua de sus hoteles tienen su sello.

El Rey Midas de los negocios

Con ese afán de éxito, Donald Trump se hace un nombre en el mundo de los negocios. Su gran aspiración era hacerse un hueco en la élite neoyorquina gracias a sus logros como empresario.

Sin embargo, nunca fue bien visto por el establishment y de ahí su odio a las figuras que lo encarnan como Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes, o la propia ex secretaria de Estado Hillary Clinton.

Quien, sin embargo, sí ha logrado cumplir el sueño de su padre es Ivanka Trump, hija de su primer matrimonio con la modelo Ivana Trump, quien le enseñó el camino hacia la celebridad.

Donald Trump tiene cinco hijos de tres parejas: tras un sonoro divorcio de Ivana, con quien tuvo también a Don Jr y Eric, se unió a la actriz Marla Maples, madre de Tiffany. Su última esposa es la actual primera dama, la ex modelo eslovena Melania Trump, madre de su hijo menor, Barron, de 14 años.

Ivanka se codea con la élite neoyorquina y entre sus amigas está la hija de los Clinton, a quienes estuvo próximo Donald Trump en los 90. Ivanka y Melania coexisten en la Casa Blanca en una relación en la que saltan las chispas.

Ivanka participó en la campaña hace cuatro años y logró grandes réditos en sus negocios gracias a la popularidad que adquirió. En 2020 ha seguido presente en los mítines.

Hay quienes creen que Ivanka Trump, casada con Jared Kushner, de una familia tradicional judía, como la sucesora de Donald Trump, una posible candidata a la Presidencia en 2024. Sería el sueño de Donald Trump.

Donald, El Aprendiz

En la vida de Donald Trump hubo un antes y un después y el punto de inflexión lo marcó el concurso The Apprentice, un reality show en el que se seleccionaba al mejor de una quincena de empresarios que ganaba 250.000 dólares y la posibilidad de trabajar en una de sus compañías.

El programa, que empezó a emitirse en diciembre de 2004, se convirtió en la plataforma que hizo a Donald Trump entrar en el paraíso de las celebridades, como ahora son las Kardashian. Los anunciantes estaban encantados con este programa de tinte integrador que gustaba en todos los confines de América.

Muchos votantes en 2016 conocían a Trump por el concurso y por esa misma razón le consideraban a alguien cercano, fiable, y bueno para América, ya que sabía hacer dinero y conseguir éxito. Sin saberlo aún, fue su mejor antesala a la Presidencia.

Venganza contra Obama

Si hay algo que detesta Donald Trump es que le ridiculicen o le infravaloren. Es lo que hizo el presidente Barack Obama en la cena de corresponsales de 2011 de la que salió el magnate con ganas de venganza. Esa semana se había publicado el certificado de nacimiento de Obama. Trump había emprendido una campaña contra el presidente al que acusaba de no haber nacido en EEUU. Lo hizo en Hawai.

«Todo sabemos cuáles son tus credenciales y tu gran experiencia», dijo Obama, ante unos 2.500 invitados, la flor y nata de Washington. En la pantalla se veía a Trump expulsando a un concursante en El Aprendiz. «Sin duda Donald Trump traerá el cambio a la Casa Blanca». No sabía Obama lo premonitorio que sería.

Decidió entonces, según se describe en el documental Trump: An American Dream, lanzarse a conquistar la Casa Blanca. Ya había bromeado con la idea, pero entonces se lo tomó completamente en serio.

Para lograrlo se convirtió en el rey de los outsiders. Un hombre de éxito que llevaría al éxito a los ciudadanos abandonados por el establishment de Washington. Les prometió hacer América Grande de nuevo, recuperar esa América en la que había trabajo bien remunerado para los blancos de buena voluntad. Ese Make America Great Again (MAGA) se convirtió en su marca, junto a la gorra con el color republicano, el rojo.

Todo lo que hacía gustaba a los que estaban hartos de la prepotencia del establishment, que encarnaba a la perfección su rival demócrata, Hillary Clinton. Cuando Hillary Clinton llamó «deplorables» a los seguidores de Trump, cavó su tumba política. Era eso precisamente lo que denunciaba el magnate. Nos desprecian. Así que vamos a demostrarles de lo que somos capaces.

En la campaña de hace cuatro años, guiado por Steve Bannon, uno de los artífices de su victoria, Trump logró que muchos votantes, y no solo republicanos tradicionales, vieran a Hillary Clinton como un personaje odioso. Y los demócratas, como le despreciaban, no se dieron cuenta de que realmente tenía posibilidades de ganar. No lo imaginaban ni en la peor de sus pesadillas.

Pero sucedió. Ni se dieron cuenta de hasta qué punto había ciudadanos hartos del sistema, ni tampoco calibraron el poder de Donald Trump, que había logrado colarse en los salones de las casas de muchos americanos, y que dominaba la puesta en escena como un gran showman.

El tuitero-en-jefe

En estos cuatro años Donald Trump ha ejercido el cargo como un tuitero-en-jefe. Desde su cuenta en esta red social, ha despedido a los que consideraba incómodos, ha anunciado que rompía tratados internacionales y ha amenazado primero y luego elogiado a personajes como el líder norcoreano Kim Jong-un.

Los tuits, esos picoteos breves e incisivos, permiten a Trump comunicarse directamente con su público sin intermediarios. A cualquier hora, sobre cualquier tema, en un tono coloquial que gusta a sus seguidores y espanta a sus detractores.

En una de las 17 entrevistas que mantuvo con Bob Woodward, uno de los periodistas que investigó el caso Watergate, Trump le confesaba su admiración por Kim Jong-un, a quien describe como un dirigente «astuto, hábil, muy listo y muy duro».

En el momento más tenso entre EEUU y Corea del Norte, Trump se burló de Kim Jong-un llamándole «rocket man (hombre cohete)». Woodward confesó, una vez publicado su libro, Rabia, que no veía a Trump capacitado para el cargo.

A Woodward, le dice, sin embargo, que no cree que «Obama sea listo, ni siquiera es un buen orador». Trump considera que Obama está «sobrevalorado». Y concluye: «Yo lo tengo todo mejor que ellos, incluida la educación».

Con curiosidad, le pregunta Woodward a Trump cuál es su estrategia para ganar las elecciones y el presidente le contesta directamente: «Es muy sencillo. No tengo una estrategia. Simplemente lo hago bien».

Como lo hace bien, cree que merece seguir cuatro años más. Y durante la campaña ha asegurado que solo puede perder si los demócratas hacen trampas. Como si fuera un juego de niños.