Aquilino Duque (Sevilla, 1931) ha muerto en Sevilla tras dedicar su larga vida a la literatura, en la que brilló como poeta, ensayista, novelista, memorialista, articulista y traductor por más que los reconocimientos se le hurtaran no pocas veces por sus inconformistas posiciones políticas, lo que siempre llegó con elegante tranquilidad.

El líder de Vox, Santiago Abascal, ha destacado este sábado en las redes sociales a Duque como «español de una pieza. Su obra también es un fuego rojo y gualda y una esperanza invencible».

Un par de años faltarían para el advenimiento de la democracia cuando Duque cosechó el Premio Nacional de Literatura por su novela El mono azul, pero llama la atención que desde entonces, con una obra como la suya, no obtuviera reconocimientos institucionales de orden local, regional o nacional, según Alfredo Valenzuela (Agencia Efe).

El también poeta Enrique García-Máiquez no hace ni una semana, al recordar en un artículo de prensa que Duque pertenece a la Generación del 50, decía:

«Impresiona comprobar la de premios Príncipe de Asturias de las Letras o Premios Cervantes que se han repartido entre los miembros de su generación: Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Francisco Umbral, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Francisco Nieva, Marsé, Goytisolo, Brines, Valente, Gamoneda… y cito los que me sé de memoria ¿Cómo es posible que siendo Duque más brillante, más divertido, más culto y sabio, mejor escritor y más alto poeta que la mayoría de ellos no haya ganado ninguno?».

Traductor del ruso

Traductor del ruso de Osip Mandelstam, Aquilino Duque, que se había desempeñado como funcionario internacional y había estudiado en Estados Unidos y Reino Unido, también se desenvolvía con los idiomas alemán, francés, inglés, italiano y portugués -tradujo Os Lusiadas en los años setenta-.

Precisamente una de sus últimas publicaciones ha sido su traducción del poema Réquiem, de Anna Ajmatova, en una primorosa edición cosida con hilo azul de la editorial Los Papeles del Sitio, una editorial independiente, calificativo que tal vez habría que emplear con el propio Duque si sólo hubiera que definirlo con uno -como independiente cerró la lista de Vox por Sevilla al Congreso de los Diputados-.

En la misma editorial había publicado estos días Mi santa Rusia, un conjunto de textos sobre ese país, su cultura y sus escritores, y el poemario Fuegos y juegos (Renacimiento).

Prueba de la tranquilidad con que se tomaba las cosas y de las reservas que el mundo cultural y editorial tenía con él es que su primera novela, Palos de ciego (Renacimiento), que escribió en Estados Unidos cuando tenía 25 años, no se haya publicado hasta hace cinco.

Aislado en el campo

Duque podía ser lo más contrario a un ecologista típico pero vivía en una casa aislada en el campo, se calentaba con leña, cultivaba un huerto por gusto y fue autor de una Guía natural de Andalucía y del pionero El mito de Doñana, un parque nacional en el que podía adentrarse con su chaqueta de tweed y su corbata de lana, como si la elegancia fuera otro atributo de su naturaleza.

Pese a sus posicionamientos políticos -muy crítico con el Estado de las autonomías, solía posar un cristal de aumento en los defectos del sistema democrático-, siempre mantuvo amistad con el poeta Rafael Alberti, en quien reconocía «el único prodigio poético» que había conocido.

En uno de sus últimos artículos en prensa, Duque se confesaba atónito por que alguien pudiera romper una amistad por diferencias ideológicas, lo que pone de manifiesto su carácter liberal por más que los amigos de las etiquetas se empeñaran en ubicarle en cualquier extremo de la derecha.

Con su libro Crónicas extravagantes protagonizó en 1996 una polémica de alcance nacional porque fue publicado por la Universidad de Sevilla y contenía afirmaciones como que «la democracia es la religión de un mundo sin religión, lo que equivale a decir que es una religión falsa».

Como poeta tenía sus raíces bien hundidas en la tradición y su Poesía Incompleta, que la agrupa por completo en edición de Pre-Textos, es una prueba de que ha dejado escuela, como también atestiguan los poetas de generaciones posteriores que se reclaman discípulos suyos.

En su inclasificable Mano en candela daba pruebas de su humor cuando contaba que, durante los años que vivió en Roma, los españoles recién llegados acudían a él para que les presentara a Rafael Alberti, pero un día, cansado ya de este protocolo cotidiano, le dijo a uno que conocer a Alberti era tan sencillo como ir a la hora de la cena a la Plaza del Trastevere y fijarse en los veladores de la trattoria que hacía esquina, allí siempre había «dos señoras» sentadas y la del pelo más corto, advertía Aquilino Duque, era María Teresa León.