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Hoy hace 70 años: el día en que Isabel II se convirtió en Reina de Inglaterra

Imagen de la coronación de la reina de inglaterra Isabel II

Imagen de la coronación de la reina Isabel II de Inglaterra. Carmen Vivas

La mañana del 31 de enero de 1952, el rey Jorge VI acompañó a su hija, la entonces princesa Isabel, y su yerno, el duque Felipe de Edimburgo, al aeropuerto de Londres para despedirse. Era un día gélido de invierno y la cara del Rey temblaba levemente por el frío mientras miraba cómo Isabel, enfundada en un grueso abrigo de pieles, subía la escalinata del argonauta Atalanta. Antes de meterse en el avión, la princesa se giró, sonrió a su padre y le dirigió un escueto saludo. Fue la última vez que lo vio vivo.

Mientras la aeronave tomaba la pista de despegue, las cámaras enfocaron el rostro del monarca. Jorge VI, entonces de tan sólo 57 años, apareció triste y muy estropeado, con las mejillas hundidas y la piel blanquecina, lo que delataba la gravedad de su enfermedad. Buckingham seguía sin reconocer públicamente que el Rey tenía cáncer y continuaba insistiendo que se trataba de problemas de bronquios, pero a nadie le convencía ya semejante explicación. 

A nadie se le escapaba tampoco que la princesa Isabel y su marido, Felipe, –los Edimburgo, como les conocía por entonces– partían de viaje oficial en substitución del monarca. Dado su delicado estado, los médicos habían desaconsejado que el soberano fuese de viaje oficial a Australia y Nueva Zelanda por lo que, en último momento, se decidió que Isabel y Felipe irían en su lugar. La pareja primero volaría a Kenia, donde estaría unos días, y desde allí partirían hacia Mombasa, donde se embarcarían en el SS Gothic rumbo a lo que entonces se conocía como Ceilán y, más tarde, a Australia y Nueva Zelanda. 

Dado que era un viaje oficial, el matrimonio iba acompañado de un nutrido séquito: el comandante Martin Charteris, secretario privado de Isabel; Lady Pamela Mountbatten como dama de compañía de la princesa; y el teniente Michael Parker como secretario del duque. La fiel doncella Bobo MacDonald, que había trabajado para Isabel desde que ésta era pequeña, también estaba con ellos. Aunque les esperaban días duros, repletos de actos oficiales, todos sonreían y dentro del avión se oían risas a carcajada limpia. 

La Reina Isabel II hizo ayer pública una imagen suya para conmemorar sus 70 años en el trono

La fatídica noche en que Isabel II se convirtió en Reina

En cuanto el avión despegó, el Rey regresó al coche oficial y puso rumbo a Sandringham, su palacio favorito, el lugar donde había nacido y había pasado los mejores momentos de su niñez. Seguramente porque el sitio le gustaba tanto, al cabo de pocos días se sintió con fuerzas para salir de cacería. 

El cinco de febrero se levantó muy temprano, tomó sus rifles y, acompañado de Lord Fermoy, uno de sus mejores amigos, pasó el día entero en el campo a pesar de que hacía un frío infernal. De regreso al palacio, el Rey estaba de un estupendo humor: “Es el mejor día de caza que he tenido en mucho tiempo. Iremos de nuevo el martes. Te espero a las nueve en punto”. Aquella noche, el Rey cenó con su mujer y su hija pequeña, la princesa Margarita, dio un pequeño paseo por los alrededores y, a las diez más o menos, escuchó el parte de la radio dedicado al viaje oficial de Isabel.

Al día siguiente, como de costumbre, James MacDonald, el ayuda de cámara del Rey, llamó a la puerta de la habitación real a las siete y media y entró portando una bandeja con una tetera. Dejó la bandeja en la mesita de noche, descorrió las cortinas y dio los buenos días al monarca. Pero no hubo respuesta. El Rey había muerto. 

Viendo elefantes

En el mismo momento en que su padre expiraba su último aliento, Isabel estaba subida en un árbol viendo elefantes. 

Después de aterrizar en Kenia, la pareja real había cumplido con unos cuantos actos oficiales en Nairobi, pero también se habían reservado unos días libres para disfrutar de excursiones por su cuenta. El gobierno del país les había entregado como regalo de bodas el Royal Lodge, un precioso pabellón hecho con piedras y troncos de cedro en la región de Sagana, en la ladera de la montaña conocida como Kilinyaga por la tribu Kikuyu y como Mount Kenya por los británicos. Allí, Isabel y Felipe disfrutaron dando largos paseos y pescando en un río cercano. 

La pareja, sin embargo, había abandonado unas horas el Royal Lodge, para ir a la selva de Aberdare, donde era fácil avistar elefantes, monos y rinocerontes en libertad. Isabel sabía que se habían construido casas de madera sobre las copas de los árboles en medio de la selva para poder disfrutar de unas vistas privilegiadas e insistió en pasar una noche allí para poder grabar con su cámara imágenes del amanecer. 

Aquella fatídica noche, mientras fijaba sus ojos azules en un gran elefante que bebía agua tranquilamente en un manantial cercano, Isabel estaba sin saberlo disfrutando de sus últimas horas de libertad. A partir de entonces, ya nada sería como antes. 

Hyde Park Corner

A las nueve menos cuarto, Edward Ford, el vicesecretario del Rey, descolgó el teléfono en su despacho de Buckingham. Al otro lado del aparato estaba Sir Alan Lascelles, Secretario Privado del monarca. Con voz grave, éste le comunicó:

— Edward, Hyde Park Corner. Avisa al Primer Ministro.

Edward Ford no necesitaba explicación para aquel mensaje en código. Dado que por entonces los teléfonos funcionaban aún con telefonistas que podían escuchar cualquier conversación, desde hacía años se había establecido un nombre en clave para comunicar la muerte del Rey de Inglaterra. Por ello, en cuanto escuchó la contraseña de «Hyde Park Corner», Ford salió corriendo de palacio y tomó un coche rumbo a Downing Streeet, la residencia oficial del Primer Ministro.

Winston Churchill aún estaba en la cama y en pijama, aunque despierto y escribiendo cartas. 

— Primer Ministro, le traigo malas noticias— le comunicó Ford nada más verlo—. El Rey ha muerto. No tengo más detalles. 

—¿Malas noticias? Las peores — contestó Churchill, que enseguida mandó que se reuniese el gobierno en pleno.

‘Nunca he sentido más pena por nadie en mi vida’

El seis de febrero de 1952, a las dos menos cuarto de la tarde, hora local, el teniente coronel Martin Charteris, secretario privado de la princesa Isabel, se disponía a almorzar en el comedor del hotel Outspan, en la pequeña ciudad de Nyeri, cuando un periodista inglés que estaba cubriendo el viaje de la princesa y su marido le alertó de la terrible noticia. 

—Martin— le comentó con gesto serio— me acaban de decir por teléfono que el Rey ha muerto. 

Martin Charteris se quedó sobrecogido y tras unos segundos comentó:

— Debemos telefonear al Royal Lodge inmediatamente.

En aquel preciso momento, la nueva monarca ya había regresado con su marido al Royal Lodge de Sagana. Aunque el pabellón se había construido con todas las facilidades, sólo había un teléfono. El comandante Michael Parker, secretario privado del duque de Edimburgo, fue quien lo escuchó aquella tarde.

Todavía con el aparato en la mano, Parker miró rápidamente a su alrededor para saber dónde estaba la nueva Reina. Isabel estaba descansando en un acogedor salón y su marido estaba en el dormitorio de al lado, tumbado en la cama.

Parker se dirigió al dormitorio del duque de Edimburgo, lo despertó de la siesta y le comentó la triste noticia. Sin poder articular palabra, Felipe dio un ligero golpe de cabeza para indicar a Parker que podía irse. “Parecía que se le hubiese caído el mundo encima”, recordaría Parker años más tarde. “Nunca he sentido más pena por nadie en mi vida”. 

Abrumado y compungido, Felipe fue a sala de al lado, le dijo a su mujer que saliesen un momento al jardín y allí, bajo la larga sombra del monte Kenia, le comunicó a su esposa que su padre había muerto. 

‘Larga vida a la reina Isabel’

Al conocer la horrible noticia, la nueva Reina se encerró en su habitación durante más de una hora. Salió con la cara pálida y los ojos rojos del llanto. Manteniendo su tradicional compostura, simplemente dijo: “Lo siento mucho, esto significa que debemos regresar a Inglaterra y que vamos a tener que desmantelar los planes del viaje”. A los pocos minutos se sentó en su escritorio, comenzó a preparar cartas a su familia e hizo que se enviaran rápidamente telegramas a Australia y Nueva Zelanda para posponer su visita oficial. A todos a su alrededor les sorprendió su enorme calma. 

El coronel Charteris llegó lo más rápido que pudo al Royal Lodge. Después de darle sus condolencias, le preguntó cómo deseaba ser llamada como Reina (según la costumbre, los monarcas pueden adoptar el nombre que quieran).

— ¿Cuál va a ser su nombre?— dijo Charteris. 

— El mío propio, por supuesto…¿cuál si no?— contestó ella. 

Long live to Queen Elizabeth — pronunció Charteris con toda la solemnidad de la que fue capaz—. Larga vida a la reina Isabel.

Era la primera vez que alguien se dirigía a ella como Reina.

‘Es una vuelta a casa muy triste’

Rápidamente, se dispuso todo para que la nueva Reina regresara lo más rápido posible a Londres. En tan sólo una hora, todas las maletas estaban ya listas y un avión especial de las East Africa Airlines estaba de camino hacia Nanyuki, el aeródromo más cercano al Royal Lodge. Bobo MacDonald removió toda la ropa hasta que dio con un abrigo y unos zapatos negros que la nueva Reina podría usar como luto, pero no encontró ningún sombrero a juego, por lo que inmediatamente se telegrafió a Londres para que tuvieran uno listo a la llegada de la soberana al aeropuerto. 

A las seis de la tarde, Isabel salía del Royal Lodge. Como no iba vestida con ropa de luto aún —el abrigo negro no era apropiado para las altas temperaturas de Kenia—, Martin Charteris indicó a los periodistas que no tomasen ni una sola fotografía y éstos obedecieron. A aquella hora, la noticia ya era conocida por los lugareños y muchos se acercaron a ver a su nueva monarca. No hay duda que a Isabel debió emocionarle ver a tantos súbditos flanqueando la pequeña carretera, todos en un silencio respetuoso y agachando la cabeza en señal de duelo. 

El vuelo de regreso a casa fue largo y repleto de turbulencias. Isabel no se enfundó la ropa negra hasta el último momento, como si quisiera aplazar lo más posible la triste realidad que le esperaba una vez tocase tierra. Sin embargo, una vez aterrizó, ya no pudo evitar hace frente a lo que le venía encima. 

En cuanto el avión frenó, un ayudante de palacio subió a toda prisa las escalerillas y entró en el aeroplano con una gran caja que llevaba dentro un pequeño sombrero negro con unas discretas plumas. En cuanto se lo colocó, salió del avión. 

En tierra le esperaban el primer ministro Winston Churchill, varios miembros del Gobierno, uno de sus tíos (el duque de Gloucester) y Dicky Mountbatten, el tío de Felipe de Edimburgo. A nadie se le escapaba que Churchill estaba especialmente compungido y apenas podía contener las lágrimas, por lo que cuando besó la mano de su nueva soberana no pudo decir nada por miedo a romper a llorar. Isabel estaba también emocionada, pero fiel a su temperamento, mantuvo la calma y simplemente murmuró:

— Es una vuelta a casa muy trágica.

Regreso a casa

El coche oficial la llevó directamente a Clarence House, el palacio en Londres que había ocupado después de su boda. Su abuela paterna, la reina María, ya estaba esperándola en uno de los salones, vestida de un luto riguroso y con un tupido velo cubriéndole el rostro. Guardiana de las esencias de la monarquía y apegada como nadie a las tradiciones y al protocolo, quería ser la primera en besar la mano de su nueva soberana. Al verla, no pronunció una sola palabra, sólo le tomó la mano, la besó y luego le dirigió una solemne reverencia, con la rodilla izquierda prácticamente tocando el suelo, a pesar de sus ochenta y cuatro años. 

Al día siguiente, ocho de febrero de 1952, la nueva Reina se trasladó al Palacio de Saint James para su proclamación formal como soberana, una ceremonia breve y privada en que los principales consejeros del Reino ratifican el cambio en el trono. El denominado Garter King of Arms leyó solemnemente el texto que la nombraba Reina de Inglaterra y luego Isabel se dirigió al Accession Council, el Consejo de Acceso al trono, para jurar su Declaración de Soberanía. 

Después de la ceremonia, ya en el coche, rompió a llorar desconsolada. Minutos más tarde, puso rumbo a Sandringham para dar el último adiós al cuerpo embalsamado de su padre. 

 

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