«La caridad existe para sustentar a aquellos hambrientos de la tierra a los que algún día alguien dejó de amamantar, los excluidos», explica Angélica Lidell (Figueres, Girona, 1966) en la presentación de Caridad, una aproximación a la pena de muerte dividida en 9 capítulos, la obra que se estrena este fin de semana en el festival Temporada Alta en Girona.

Dramaturga, poeta, directora de escena y actriz, Lidell aborda de esta manera la inmoralidad y complejidad de una fábula romana cuyo significado ha ido mutando con el tiempo, marcando el desarrollo de la sociedad occidental. «El perdón mide el grado de madurez de una civilización, implica la aceptación total de la naturaleza humana, incluida la maldad, que no es más que una gran concentración de sufrimiento», argumenta la catalana.

La caridad romana, por Peter Paul Rubens.
La caridad romana, por Peter Paul Rubens.

«Su historia no solo me ha conmovido sino que me ha obsesionado durante mucho tiempo. La mujer inmoral que alimenta al homicida, aceptando la naturaleza humana en su totalidad. Siempre hay algo en su representación que nos convulsiona, que nos pone a prueba, aunando el Eros y el Tánatos. Esa mujer que con el acto de amamantar a su padre condenado a muerte es capaz de neutralizar la ley. Esa es la conmoción que también busco, llegar hasta el punto de deponer la ley con la expresión estética».

En esos pantanosos terrenos que bordean los límites de la conducta humana vuelve a sumergirse la ganadora del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2012. Siendo una de las mentes más creativas y prolíficas de la escena teatral internacional, Lidell destaca por el exquisito cuidado estético con el que envuelve obras que arañan las entrañas del ser humano, abordando temas como el sexo, la violencia, el poder, la muerte o la locura.

Imagen promocional de 'Caridad', de Angélica Lidell.
Imagen promocional de ‘Caridad’, de Angélica Lidell.

«El artista se parece mucho más a un criminal que a un juez», defiende la escritora, reclamando la importancia de sentirse libre de las convenciones sociales que bloquean el proceso creativo. «Como ciudadana soy resistente a la barbarie, pero como poeta soy capaz de intentar ponerme en la piel de un criminal».

Para conformar su Caridad, la escritora se ha inspirado en la filosofía de Bataille, especialmente en El proceso de Gille de Rais, y también en El desprecio de Godard, de quien asegura, ha sido una influencia fundamental en su vida. En este «monstruo» en el que participan unas 22 personas, el papel del texto, al contrario de otras obras como Liebestod, vuelve a ser primordial: «La palabra tiene que estar a la altura de las emociones y en este caso es el vehículo fundamental para llegar a las ideas».

Nueve capítulos se reparten en un escenario donde la guillotina francesa y las continuas referencias al siglo XVIII atraviesan toda la obra. Con la intención de «situar al publico frente a su máxima capacidad de perdón», el conflicto de la obra abarca temas como la libertad, la muerte y la naturaleza esencial del hombre.

Lidell se revuelve con su poesía, defendiendo a capa y espada aquello «del arte por el arte», arremetiendo con dureza contra la «legión de obras con grandes mensajes pero estéticamente mediocres, que empobrecen el arte». «Desgraciadamente -argumenta- conforme va muriendo el siglo XX nos encaminamos hacia una época cada vez más puritana, más higiénica y reivindicativa, y se va olvidando el conflicto del hombre consigo mismo, el alma humana».

Cualquiera que se atreva a llamar a una obra estética fascista no tiene ni idea de lo que está diciendo»

Sobre ese hartazgo contra el puritanismo de una sociedad de denuncias y buenas intenciones, Lidell asegura apartar cualquier tipo de interpretación política de sus puestas en escena, en las que considera reivindicar una «apuesta por el terrorismo de la belleza». Por eso, cuando habla de Caridad, incide en el planteamiento de cuestionar qué cantidad de perdón puede soportar el público, desde un punto de vista inmoralmente estético. «Estéticamente, solo lo inmoral nos eleva intelectualmente por encima de la masa indiferenciada».

Angélica Lidell separa radicalmente la ley de la poesía de la ley del estado. Por eso, se guarda de cualquier afirmación que pueda juzgar el arte desde un punto de vista partidista. «Cualquiera que se atreva a llamar a una obra estética fascista no tiene ni idea de lo que está diciendo». No soporta que pueda haber una revisan del arte desde una perspectiva política, que se cuestione a Nabokov, a Balthus o a Godard. «La politización de la estética solo nos va a llevar a un Fahrenheit, el Me Too nos va a llevar a un Fahrenheit«.

La dramaturga catalana aboga por admirar «la imprudencia del loco y utilizar la inimputable libertad del niño para la expresión artística» para ir «en contra de las responsabilidades democráticas que empobrecen el arte hasta lo mediocre».

Autorretrato de Angélica Lidell
Autorretrato de Angélica Lidell.

A pesar de todo este alegato antisocial, resulta complicado poner en duda el compromiso de Lidell con los temas humanos y su desarrollo colectivo cuando afirma que «la sociedad moderna es aquella que evoluciona hacia la piedad y el perdón». La elección y tratamiento que da a una idea como la de su último proyecto es buena prueba de ello.

Habrá que esperar a las primeras impresiones del estreno la Caridad de Angélica Lidell, para comprobar si el público es capaz de aguantar el perdón de los excluidos. Este fin de semana El Canal-Centre d’Arts Escèniques (Girona) acoge sus primeras funciones, luego girará por otras ciudades europeas como Bolonia y Orléans, y, aunque aún no hay fechas confirmadas, se la esperará también en Madrid y Barcelona.