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'Los renglones torcidos de Dios' no están tan torcidos

Torcuato Luca de Tena (Madrid, 1923-1999), nieto del famoso fundador del ABC y director él mismo del diario por un tiempo, tenía el don de crear thrillers psicológicos con personajes que parecían sacados de los casos clínicos más extremos de cualquier psiquiátrico.

Lo hizo en Pepa Niebla (1970, Premio Ateneo de Sevilla), en donde el protagonista, el hispanobritánico Jaime Gades Dartmoore, se instala en la isla ficticia de Los Mosquitos, supuestamente situada en Las Bahamas, y allí conoce y se enamora de una mujer negra claramente demente, pero cuya locura a veces resulta más racional y cuerda que muchos de los personajes que los rodean. Y lo volvió a hacer en Los renglones torcidos de Dios (1979), probablemente su obra cumbre o, cuando menos, la más conocida junto con Edad prohibida, en donde no sabemos si la protagonista es una paranoica o no hasta el final del libro.

En esta novela, Luca de Tena nos presentó a Alice Gould, una mujer que aparentemente lo tiene todo, belleza, inteligencia y una más que acomodada posición social. Tiene un «aspecto intelectual y superior» y es «extraordinariamente lúcida», según nos explica el autor. También nos dice que es una detective consumada y que, para solucionar un grave caso, de un asesinato sin resolver hace tiempo, decide ingresar en un psiquiátrico y hacerse pasar por una enferma porque está convencida de que el asesino está allí interno.

O no. ¿Y si es todo producto de su imaginación? En el principio de la novela sabemos que, en realidad, Alice está allí porque su marido, Heliodoro Almenara, un tipo que según ella se dedica a «perder mi dinero en el póquer y jugar al golf», ha decidido internarla harto de sus intentos de envenenarlo. «Diagnóstico provisional: Paranoia», reza su informe. Y, para que quede claro a lo que nos enfrentamos, el autor se encarga de explicarnos a través de un médico del centro donde internan a la protagonista: «en la esquizofrenia las transformaciones de la verdad son con frecuencia disparatadas, incomprensibles, y radicalmente absurdas; en las paranoias, por el contrario, suelen estar tan teñidas de lógica que forman un conjunto armónico, perfectamente sistematizado». Es decir, que parecen verdad.

¿Quién tiene razón? ¿Es Alice Gould una mujer atrapada en una trama perversa de asesinatos y corrupción? ¿O es una mujer enferma cuya cabeza ha fabricado un mundo paralelo? La trama se complica cuando prácticamente todos los médicos se convencen de que Alice Gould está perfectamente cuerda y que habría que darle el alta, pero el director del centro se opone vehementemente. ¿Qué pasó para que el director se oponga a todos los consejos profesionales de sus subordinados? He ahí el quid de Los renglones torcidos Dios.

Ahora en cine

Sorprende que a estas alturas nadie se hubiera animado a llevar semejante novelón al cine. La obra, desde luego, tiene todos los elementos para triunfar en taquilla: una trama rocambolesca, giros de guion vertiginosos y, sobre todo, un personaje que no sabes si es una asesina demente o una lúcida señora que ingresa voluntariamente en un psiquiátrico para solucionar un caso misterioso. Es increíble que, hasta ahora, ningún director le hubiera echado el diente. Menos mal que Oriol Paulo decidió solucionarlo.

Paulo, director de El cuerpo y Contratiempo, tiene pasión por las tramas complejas donde nada es lo que es. O sí que lo es. En Los renglones torcidos de Dios ha conseguido mantener la tensión hasta el final y reproducir un ambiente claustrofóbico donde la protagonista (Barbara Lénnie en estado de gracia) es capaz de engañarnos y engatusarnos y manipularnos hasta que llega un momento en que ya no sabes qué pensar.

Dónde acaba la locura y comienza la verdad

Eso era precisamente lo que quería Torcuato Luca de Tena cuando escribió el libro: que te planteases dónde acaba la locura y empieza la cordura, o al revés. No deja de ser significativo que la novela llevara al principio una cita de Heinrich Heine en donde se establecía que «la verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca». O, dicho de otra manera: que, a veces, la única manera de mantenerse lúcido es volviéndose loco. Algo que, por cierto, ya nos enseñó El Quijote.

Torcuato Luca de Tena quiso adentrarse en todos los vericuetos y meandros de la mente, explorar la locura –o la cordura– en todos sus matices. Para ello no solo echó mano de su talento como escritor, sino que se documentó hasta la médula leyendo sesudos tratados médicos que le facilitaba su amigo Juan Antonio Vallejo-Nájera.

Incluso llegó a internarse en un psiquiátrico como enfermo para conocer cómo era en verdad una institución de estas características por dentro. El propio escritor reconoció que todos los protagonistas de la novela están inspirados en personajes que conoció en su internamiento, aunque él mismo desveló que había distorsionado sus historias para que encuadraran mejor en la trama.

Ellos son los «renglones torcidos de Dios», esas personas que durante años se les consideró que rompían la armonía de la creación divina. Aunque, como el propio Luca de Tena se encargó de recordarnos, muchos de esos renglones torcidos en realidad no lo estaban tanto.

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